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Ocurrió en el supermercado. Una niña de tres años se tumbó en el suelo entre las estanterías de yogures y comenzó a gritar tan fuerte que todos los clientes en un radio de diez metros se giraron a mirar. La mamá estaba de pie sobre ella, con las manos apretadas alrededor del carrito de la compra y las mejillas rojas de vergüenza. Sentía cómo las miradas de los transeúntes se dirigían hacia ella, cómo alguien se encogía de hombros en silencio, cómo una señora mayor negaba con la cabeza. En ese momento, el problema no era la rabieta del niño en sí, sino la sensación de haber fallado como madre, y encima delante de todo el mundo.

Este escenario lo conoce por experiencia propia casi cualquier padre o madre. Las rabietas de los niños pequeños en público son una de las situaciones más exigentes que trae consigo la crianza. Y no se trata solo de manejar al propio niño, sino también de gestionar la vergüenza, la ansiedad y la presión del entorno. Y precisamente esa batalla interior suele ser mucho más difícil que la exterior.


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¿Por qué los niños pierden el control precisamente en público?

Para poder manejar la situación, resulta útil comprender primero qué está pasando realmente en la cabeza del niño. Los niños pequeños, especialmente entre uno y cuatro años, no tienen suficientemente desarrollada la corteza prefrontal del cerebro, la parte responsable de la regulación emocional, el autocontrol y la capacidad de aplazar la gratificación. En otras palabras, su cerebro todavía no está equipado con las herramientas que los adultos damos por sentadas. Cuando un niño quiere un caramelo y no se lo dan, no es un capricho ni una rebeldía: es una auténtica tormenta emocional que no puede detener por sí solo.

Los entornos públicos empeoran aún más esta situación. Las tiendas, los centros comerciales o los restaurantes son lugares sensorialmente saturados para los niños pequeños: ruido, luces, desconocidos, olores, nuevos estímulos por todas partes. A esto se suma el cansancio de la salida, el hambre o el sueño alterado. La combinación de estos factores crea las condiciones perfectas para una explosión que quizás en casa no se habría producido en absoluto. Como señala la American Academy of Pediatrics, las rabietas son una parte completamente normal del desarrollo de los bebés y los niños en edad preescolar, y son una señal de que el niño está aprendiendo a trabajar con sus emociones, no de que esté mal educado.

Esta es la comprensión clave a la que muchos padres llegan solo después de años. Una rabieta no es prueba de un fracaso parental. Es una fase del desarrollo, una realidad biológica que simplemente a veces llega en el peor momento y en el peor lugar.

Sin embargo, saber esto racionalmente y sentirlo de verdad son dos cosas muy distintas. Y es precisamente aquí donde entra en juego la vergüenza.

La vergüenza de los padres como verdadero enemigo de una gestión tranquila de la situación

La vergüenza es una de las emociones humanas más poderosas y difíciles de manejar. A diferencia de la culpa, que dice «hice algo mal», la vergüenza dice «soy malo». Cuando un niño grita en medio de una tienda y los transeúntes se giran, el cerebro del padre o la madre pasa muy rápidamente de «cómo le ayudo» a «qué pensarán de mí» y «soy un mal padre/madre». Este desplazamiento de la atención es natural, pero al mismo tiempo perjudicial, porque justo en el momento en que el padre o la madre más necesita estar presente para el niño, sus propias emociones lo arrastran a otro lugar.

Las investigaciones en el campo de la psicología del desarrollo muestran que la reacción de los padres ante una rabieta tiene una influencia decisiva en la rapidez con que se calma la situación. Los padres que logran mantenerse tranquilos, empáticos y firmes al mismo tiempo ayudan al niño a calmarse más rápido. Por el contrario, los padres que están ellos mismos desbordados por las emociones, ya sea por la ira, la ansiedad o precisamente la vergüenza, escalan la situación sin darse cuenta. La vergüenza, por tanto, no es solo un sentimiento desagradable: es un factor que influye directamente en la calidad del cuidado del niño en ese momento.

¿De dónde viene esa vergüenza? Las expectativas sociales juegan un papel importante. Vivimos en una cultura que exige muchísimo a los padres: el niño siempre debe estar arreglado, tranquilo, obediente y bien educado. El espacio público se convierte entonces en una especie de escenario en el que se juzga la crianza. La mirada de un desconocido en ese momento no actúa como una observación neutral, sino como un juicio. Y una condena. Aunque quizás el padre o la madre se la haya inventado por completo.

Es importante darse cuenta de que la mayoría de los transeúntes que se giran al escuchar a un niño llorar lo hacen por reflejo, no para juzgar. Muchos de ellos son padres y madres que recuerdan sus propias situaciones similares. Algunos incluso son capaces de empatía, solo que no la muestran. Como dice la investigadora y autora estadounidense Brené Brown: «La vergüenza se alimenta del secreto, el silencio y el juicio. La empatía es su antídoto.» Y precisamente la empatía, hacia el niño y hacia uno mismo, es la clave para superar situaciones así sin cicatrices emocionales innecesarias.

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Enfoques concretos que realmente ayudan

Gestionar una rabieta en público no consiste en tener un guion perfecto que siempre funcione. Es más bien un conjunto de enfoques que aumentan la probabilidad de que la situación transcurra mejor, tanto para el niño como para los padres.

El primer paso es reducir la propia activación antes de intentar calmar al niño. Suena paradójico, pero funciona. Unas pocas respiraciones lentas, relajar conscientemente los hombros, recordarse internamente «esto es normal, esto lo podemos superar»: todo ello ayuda al cerebro a pasar del modo reactivo al modo en que se puede actuar de forma deliberada. Solo desde ese lugar es posible ayudar realmente al niño.

El segundo principio importante es no intentar detener la rabieta de inmediato, sino primero reconocer al niño. Frases como «veo que estás enfadado», «entiendo que querías ese caramelo y te da pena no tenerlo» o simplemente nombrar la emoción con calma y sin juzgar son herramientas que ayudan al niño a sentirse comprendido. Y un niño que se siente comprendido se calma más rápido. No es un permiso para la rabieta, es un puente hacia la calma.

El tercer enfoque es cambiar el entorno físico, si es posible. Trasladarse a un lugar menos estimulante, salir de la tienda, ir a una parte más tranquila del restaurante, sentarse en un banco, puede acortar significativamente la duración de la rabieta. Tanto el niño como el padre o la madre salen del entorno que empeora la situación y tienen más posibilidades de sintonizar el uno con el otro.

En cuanto a la propia vergüenza, ayuda recordarse conscientemente varias cosas en ese momento. Por un lado, que una rabieta no es el resultado de una mala educación, sino una norma del desarrollo. Por otro, que las demás personas prestan mucha menos atención a la situación de lo que parece: el fenómeno conocido como «efecto foco» está bien descrito en la literatura psicológica y demuestra que las personas sobreestiman sistemáticamente el grado en que son el centro de atención de los demás. Y por último, que la calma y la presencia de los padres son en ese momento mucho más importantes que lo que piense un desconocido en el supermercado.

Los padres que pasan repetidamente por estas situaciones describen a menudo un punto de inflexión, el momento en que dejaron de actuar para el público y empezaron a actuar únicamente para su hijo. Y paradójicamente, fue precisamente entonces cuando las rabietas se volvieron más cortas y menos intensas. Porque el niño siente cuándo el padre o la madre está realmente presente y cuándo solo está interpretando un papel.

En términos prácticos, puede ser muy útil tener pensado de antemano un «plan B» para las salidas en público con niños pequeños. Esto incluye, por ejemplo, programar las salidas fuera de las horas de sueño o de comida, llevar un juguete favorito o un tentempié, establecer reglas claras y comunicadas de antemano antes de entrar a la tienda o al restaurante. La prevención no siempre es posible, pero reduce la probabilidad de que la situación se intensifique. Las investigaciones publicadas en el Journal of Child Psychology and Psychiatry confirman repetidamente que la previsibilidad y la rutina son factores clave para la estabilidad emocional de los niños pequeños.

Hay otra dimensión de la que se habla menos, y es el cuidado de uno mismo después de una situación así. Una rabieta de un niño en público es un acontecimiento estresante para los padres que deja huella. Ignorar los propios sentimientos y simplemente «seguir adelante» no es sostenible a largo plazo. Por el contrario, un breve momento para procesar lo ocurrido, ya sea una conversación con la pareja, escribir algo en un diario o simplemente sentarse en silencio con una taza de té al llegar a casa, ayuda a que las emociones se disipen y prepara a los padres para la próxima situación similar. Cuidar la propia salud mental no es un lujo, es parte de una buena crianza.

La crianza en público se parece en muchos aspectos a una obra de teatro que nadie quería interpretar, pero en la que al final todos acaban participando. Las rabietas son una parte inevitable de esa obra: caóticas, ruidosas, a veces literalmente llenas de lágrimas. Pero también son prueba de que el niño crece, aprende y procesa un mundo que para él todavía es enorme e incomprensible. Y el padre o la madre que en ese momento logra mantenerse presente, tranquilo y cariñoso, a pesar de su propia vergüenza y de las miradas del entorno, está haciendo exactamente lo que debe hacer por su hijo. Independientemente de lo que piense alguien en el estante de yogures de al lado.

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