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# Proč odkládáme příjemné věci, i když se na ně těšíme Možná jste si všimli paradoxního jevu: máte

Procrastinación. Una palabra que la mayoría de nosotros conoce muy bien, y probablemente demasiado íntimamente. Solemos asociarla con posponer obligaciones desagradables: la declaración de la renta, la visita al dentista, una conversación difícil con el jefe o limpiar el armario lleno de cosas que llevan años ahí. Sin embargo, la psicología nos sorprende en los últimos años con un hallazgo inquietante: posponemos con igual disposición las cosas que nos ilusionan. Las vacaciones para las que llevamos años ahorrando. El curso de yoga que queremos empezar. El libro que tenemos en la mesita de noche. Un nuevo ritual de autocuidado. ¿Por qué lo hacemos?

La respuesta no es sencilla, pero sí fascinante. Y comprender este mecanismo puede transformar radicalmente la manera en que nos relacionamos con nuestra propia vida.


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La procrastinación no es solo pereza

La imagen popular del procrastinador como alguien que simplemente no quiere trabajar es una simplificación burda. Las investigaciones demuestran repetidamente que detrás del aplazamiento hay principalmente una regulación emocional, no una falta de voluntad o de capacidad organizativa. La procrastinación es, en esencia, una forma de evitar una sensación desagradable, y esa sensación desagradable puede desencadenarse, paradójicamente, incluso ante algo que nos ilusiona.

El psicólogo Timothy Pychyl de la Universidad de Carleton, uno de los principales expertos mundiales en procrastinación, lo explica así: las personas no procrastinan por la tarea en sí, sino por las emociones que asocian a ella. Y esas emociones pueden ser sorprendentemente complejas incluso cuando hablamos de actividades aparentemente placenteras.

Tomemos un ejemplo concreto: Jana, una diseñadora gráfica de treinta y cuatro años de Brno, se dice cada enero que por fin va a empezar a ir a un curso de cerámica. Siempre ha sido su sueño: trabajar con las manos, crear, descansar de la pantalla. El curso existe, está disponible, el precio es razonable. Y, sin embargo, cada año llegan febrero, marzo, abril... y Jana sigue pensando en ello. ¿Qué la detiene? Ella misma dice que «todavía no es el momento adecuado». Pero el momento adecuado no llega solo.

Cuando la alegría se convierte en carga

El fenómeno de posponer cosas placenteras tiene varios nombres y causas en psicología. Una de las más interesantes es el llamado efecto de recompensa diferida: nuestros cerebros están programados evolutivamente para priorizar la satisfacción inmediata sobre la más lejana. Esto funciona también a la inversa: algo placentero que requiere planificación, preparación o toma de decisiones, el cerebro lo clasifica automáticamente en la categoría de «más adelante», porque exige cierto esfuerzo en el presente.

A esto se suma otro fenómeno psicológico que los investigadores denominan «anticipated pleasure gap», es decir, la brecha entre cómo imaginamos algo placentero y cómo será en realidad. Cuanto más tiempo posponemos e idealizamos algo, mayor es el riesgo de decepción. Y el cerebro percibe esta amenaza de decepción como una razón para seguir aplazando. Es una trampa circular de la que resulta difícil salir sin un esfuerzo consciente.

Existe también un factor menos debatido pero muy real: el miedo al propio placer. Muchas personas, especialmente aquellas que crecieron en entornos donde cuidarse a uno mismo se consideraba egoísta o innecesario, inconscientemente no se creen merecedoras de cosas agradables. ¿Vacaciones? «Todavía tengo que terminar el proyecto.» ¿Un masaje? «Eso es un lujo que no me puedo permitir.» ¿Un nuevo cuidado con ingredientes naturales? «Esperaré a que se acabe esa crema vieja que me quedaba.» El resultado es que las cosas placenteras se posponen indefinidamente, no porque no estén disponibles, sino porque la persona siente que no tiene derecho a ellas.

La psicóloga Kristin Neff, pionera en la investigación sobre la autocompasión, demuestra repetidamente en sus estudios que las personas con menor nivel de autocompasión tienen una tendencia significativamente mayor a aplazar las actividades relacionadas con su propio bienestar. No se trata de una autoestima excesiva, sino de la capacidad básica de tratarse a uno mismo con la misma amabilidad con la que trataríamos a un buen amigo.

Qué se esconde detrás del «todavía no es el momento adecuado»

La frase «todavía no es el momento adecuado» es una de las formas más extendidas de racionalización de la procrastinación. Es peligrosa precisamente porque suena razonable. ¿Quién querría empezar algo en un mal momento? Sin embargo, el momento adecuado es, en la mayoría de los casos, una ficción, un constructo que nuestro cerebro crea para aplazar la incomodidad asociada a una decisión o un cambio.

Esta incomodidad puede adoptar muchas formas. En el caso de las cosas placenteras, suele tratarse del miedo a las expectativas: si planifico algo, también tengo que prepararme para la posibilidad de que salga mal o no cumpla mis expectativas. Si no lo hago, permanece en el espacio seguro de las posibilidades. Los psicólogos llaman a esto «keeping options open», mantener las opciones abiertas, lo que nos da la ilusión de control y libertad, pero en realidad nos paraliza.

Otro factor es la identidad. Las cosas placenteras que posponemos están a menudo vinculadas a quiénes queremos ser, a nuestra versión ideal de nosotros mismos. La persona que compra productos ecológicos, material deportivo o un curso de meditación, pero nunca los usa, mantiene la sensación de ser «ese tipo de persona» sin tener que someterse a un cambio real. Los sociólogos hablan del llamado consumismo simbólico: la compra como sustituto de la acción real.

No es casualidad que las investigaciones sobre el comportamiento del consumidor muestren que, en promedio, las personas leen menos de un tercio de los libros que compran, completan menos de la mitad de los cursos online en los que se matriculan y usan menos del 60% de los productos de autocuidado que adquieren. La compra en sí misma genera un breve pico de dopamina, y a veces eso es suficiente para sentirnos como si ya hubiéramos «hecho» la cosa.

Estantería con productos de estilo de vida saludable sin abrir esperando ser usados

Cómo salir de esto

Comprender el mecanismo es el primer paso, pero por sí solo no es suficiente. ¿Qué ayuda realmente entonces?

Uno de los enfoques más eficaces es la llamada intención de implementación: un plan concreto con el formato «cuando ocurra X, haré Y». Las investigaciones del psicólogo Peter Gollwitzer de la Universidad de Nueva York muestran que las personas que establecen un momento, un lugar y un desencadenante concretos para una actividad planificada tienen una probabilidad significativamente mayor de llevarla a cabo realmente. No basta con decir «voy a practicar yoga». Hay que decir «el martes a las siete de la tarde, después del trabajo, extenderé la esterilla en el salón».

Igual de importante es reducir el primer paso al mínimo. ¿Quieres empezar con la meditación matutina? No empiezas con veinte minutos, empiezas con dos. ¿Quieres establecer un ritual de cuidado de la piel con productos naturales? No empiezas con una rutina completa de nueve pasos, empiezas con un producto, un minuto. El cerebro está mucho más dispuesto a comenzar si la barrera de entrada es baja.

También ayuda trabajar conscientemente con lo que los psicólogos llaman «future self connection», la conexión con el yo futuro. Las personas que se imaginan vívidamente cómo se sentirán después de haber experimentado realmente algo placentero tienen mayor motivación para superar la resistencia inicial. No se trata de visualización en el sentido del pensamiento mágico, sino de una representación concreta y sensorial del resultado. ¿Cómo tendrás la piel después de un mes de cuidados? ¿Cómo te sentirás después del primer curso de cerámica? ¿Cómo habrás cambiado después de dos semanas de las vacaciones que llevas años esperando?

Como dijo en una ocasión la autora y coach estadounidense Martha Beck: «Posponer las cosas placenteras no es solo perder alegría. Es perderse a uno mismo.» Esta frase encierra más verdad de lo que parece a primera vista. Cuando posponemos sistemáticamente lo que nos llena, perdemos poco a poco el contacto con quiénes somos realmente y con lo que tiene sentido para nosotros.

Naturalmente, aquí también entra en juego la cuestión del entorno. Posponemos las cosas placenteras también porque nada nos recuerda su importancia. Las obligaciones desagradables tienen plazos, facturas, recordatorios. Las cosas placenteras son silenciosas: esperan pacientemente hasta que les damos espacio. Por eso, una de las estrategias prácticas consiste en crear deliberadamente recordatorios y entornos que hagan visibles las cosas placenteras. La esterilla de yoga visible en un rincón de la habitación. El libro en la mesita de noche en lugar de en la estantería. La cosmética natural sobre el mueble del baño, no escondida en un cajón.

La comunidad y el hecho de compartir también juegan su papel. Las investigaciones muestran repetidamente que el compromiso con otra persona aumenta la probabilidad de que realmente iniciemos una actividad. No tiene que ser un compañero de responsabilidad formal: basta con decirle a un amigo «la semana que viene voy a ese curso» o apuntarse a una actividad junto a alguien cercano. El compromiso social es un poderoso motivador que funciona incluso cuando la motivación interna fluctúa.

Hay otra dimensión de la que se habla menos: el aplazamiento de las cosas placenteras como patrón cultural. En muchas culturas de Europa central, incluida la checa, persiste un profundo arraigo del trabajo como valor primario. «Primero el trabajo, luego la diversión»: esta frase, que prácticamente cada generación ha escuchado de sus padres, tiene su lugar, pero en su extremo lleva a que el «luego» nunca llegue. El trabajo siempre va primero. Las obligaciones siempre son más urgentes. Y las cosas placenteras esperan: años, décadas, a veces toda una vida.

No es casualidad que la Organización Mundial de la Salud haya incluido el síndrome de burnout en la Clasificación Internacional de Enfermedades como un fenómeno laboral legítimo. Uno de sus síntomas clave es precisamente la incapacidad de permitirse el descanso y la alegría, no porque la persona no quiera, sino porque no sabe cómo, o no se lo permite. El autocuidado no es un lujo. Es una condición para el funcionamiento a largo plazo, la creatividad y una vida con sentido.

Así que la próxima vez que te digas «todavía no, esperaré al momento adecuado», detente un instante y pregúntate: ¿qué estoy esperando exactamente? ¿Y qué perderé si sigo esperando? Las cosas placenteras no son una recompensa por las obligaciones completadas. Son parte de la vida misma, y esta no espera al momento oportuno. Se vive ahora.

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