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Cada uno de nosotros conoce esa sensación. Llega enero, uno se propone empezar a hacer ejercicio, se compra unas zapatillas nuevas, quizás incluso una suscripción al gimnasio, y a las tres semanas todo vuelve a ser como antes. El gimnasio parece aburrido, el jogging duele las rodillas y las clases grupales de aeróbic parecen un castigo. Pero entonces vemos a otras personas que disfrutan de su entrenamiento, que salen a correr bajo la lluvia y encima sonríen. ¿Qué hacen diferente? La respuesta no está en su mayor fuerza de voluntad ni en su mejor disciplina, sino en que han encontrado el movimiento que realmente les encaja.

El problema con la forma en que la sociedad moderna presenta el ejercicio es fundamental. La industria del fitness lleva décadas convenciéndonos de que el ejercicio debe ser intenso, regular y con resultados visibles. O vas al gimnasio cinco veces a la semana, o estás haciendo algo mal. Sin embargo, este enfoque ignora por completo la diversidad humana: distintas personalidades, distintos cuerpos, distintos ritmos de vida. El movimiento que no se adapta a nuestra naturaleza nunca se convertirá en parte de la vida cotidiana, por mucho que lo intentemos.


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Por qué el ejercicio no nos gusta

Antes de buscar soluciones, es útil entender por qué surge la resistencia al movimiento. Los psicólogos distinguen entre motivación extrínseca e intrínseca. La motivación extrínseca —adelgazar para el verano, impresionar a los demás, cumplir la recomendación del médico— funciona a corto plazo, pero se desvanece rápidamente. La motivación intrínseca, es decir, moverse porque nos gusta, nos aporta alegría o sensación de libertad, es en cambio sostenible a largo plazo. Las investigaciones en el campo de la psicología positiva, como el trabajo del profesor Edward Deci de la Universidad de Rochester en el ámbito de la teoría de la autodeterminación, confirman repetidamente que las actividades realizadas por interés propio generan resultados más duraderos que las realizadas bajo presión.

El segundo motivo es una mala experiencia del pasado. Muchos adultos arrastran el trauma de la educación física en la escuela primaria: las carreras de campo a través obligatorias, las competiciones en las que siempre había alguien que perdía, o las burlas de los compañeros. Estas vivencias quedan grabadas profundamente en la memoria y el cerebro crea una asociación automática: movimiento equivale a experiencia desagradable. Superar esta barrera no es una cuestión de voluntad, sino de una nueva experiencia que reescriba el antiguo patrón.

El tercer factor es simplemente una elección inadecuada de la actividad. Imaginemos a un introvertido que se obliga a asistir a clases grupales de spinning, donde la música retumba a todo volumen y el instructor no para de animar a dar más. O, al contrario, a alguien que adora el contacto social y prueba el yoga meditativo en un estudio silencioso. Ninguno de los dos será feliz, independientemente de lo saludable que sea objetivamente dicha actividad.

También influyen la biología y la predisposición genética. Algunas personas están naturalmente dotadas de una mayor proporción de fibras musculares rápidas y rinden mejor en esfuerzos explosivos y breves, como el sprint o el levantamiento de pesas. Otras tienen fibras lentas predominantes y destacan en las disciplinas de resistencia. Obligar al cuerpo a realizar un esfuerzo para el que no está diseñado genera frustración y agotamiento en lugar de satisfacción.

El entorno cotidiano y el círculo social también tienen una influencia nada desdeñable. Si vivimos en un entorno donde ninguno de nuestros conocidos hace deporte, o al contrario, donde todos practican un deporte concreto, es difícil encontrar el propio camino. El movimiento es en gran medida una actividad social: lo que vemos a nuestro alrededor moldea de forma natural nuestros propios hábitos y creencias sobre lo que es posible para nosotros.

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Cómo encontrar el movimiento que te conviene

La clave para encontrar el tipo de movimiento propio es abordar la búsqueda como un experimento, no como un compromiso. En lugar de decirse «a partir de ahora voy a correr», prueba el enfoque de «el próximo mes voy a probar tres actividades distintas y veré cómo me siento con ellas». Este cambio de mentalidad reduce la presión y abre espacio para un descubrimiento genuino.

Un buen punto de partida es reflexionar sobre qué tipo de persona eres en otros ámbitos de tu vida. ¿Amas la naturaleza y el silencio? El senderismo, el trail running o el ciclismo por el bosque pueden ser una extensión natural de lo que ya te llena. ¿Eres del tipo social que necesita el contacto con la gente? Los deportes de equipo, los cursos de baile o los entrenamientos grupales pueden convertir el ejercicio en un agradable encuentro. ¿Eres una persona analítica que adora los datos y los retos? Los deportes con progreso medible —nadar contra el reloj, escalar en un rocódromo de búlder, el entrenamiento de fuerza con sobrecarga progresiva— pueden ofrecerte exactamente el tipo de retroalimentación que te motivará.

Como dijo en cierta ocasión el escritor y ultramaratonista Christopher McDougall: «Estamos hechos para movernos; el problema no es que el movimiento no nos guste, sino que hemos olvidado cómo movernos de forma natural.» Este pensamiento encierra una verdad importante: el movimiento no es un constructo artificial de la industria del fitness, sino una parte natural de la existencia humana. Lo hemos perdido bajo capas de obligaciones, pantallas y un estilo de vida sedentario.

Una herramienta práctica para encontrar la actividad adecuada es prestar atención a cuándo te sientes «en flow» durante el movimiento, es decir, en ese estado especial en el que el tiempo transcurre de otra manera y la actividad fluye sin esfuerzo. El psicólogo Mihaly Csikszentmihalyi, que introdujo este concepto, describe el flow como un estado en el que el desafío está equilibrado de forma adecuada con nuestras capacidades. Si la actividad es demasiado fácil, nos aburrimos. Si es demasiado difícil, sentimos ansiedad. Encontrar el movimiento en flow significa encontrar una actividad que nos supere ligeramente, pero que no nos desborde.

Tomemos como ejemplo a Lucía, de cuarenta y tres años, que toda su vida odió el deporte. Probó el gimnasio, el jogging y el yoga; nada le convenía. Al final, una amiga la llevó a una clase de salsa. Hoy baila cuatro veces a la semana y ni se le ocurre llamarlo ejercicio. El movimiento se convirtió para ella en un evento social, una fuente de alegría y una forma de expresarse. Su cuerpo, entretanto, se transformó por sí solo, sin dieta, sin contar calorías, sin una determinación dolorosa.

La experiencia de Lucía no es una excepción, es la regla. Las personas que encuentran el movimiento que realmente les encaja dejan de preocuparse por la motivación. La actividad se convierte en parte de su identidad, no en un elemento de la lista de obligaciones.

A la hora de buscar el movimiento adecuado, también merece la pena considerar los aspectos prácticos. La accesibilidad juega un papel enorme: si tienes que desplazarte una hora para entrenar, siempre habrá una excusa para no ir hoy. Las actividades que se pueden practicar cerca de casa o en casa tienen muchas más posibilidades de sobrevivir en la vida cotidiana. Igualmente importante es el aspecto económico: el equipamiento caro o las suscripciones pueden generar una presión que vuelva a convertir el movimiento en una obligación.

La tecnología moderna ofrece en este sentido posibilidades interesantes. Aplicaciones como Nike Training Club, Strava o diversas plataformas de yoga y pilates online permiten probar decenas de estilos de ejercicio distintos sin necesidad de salir de casa ni invertir mucho dinero. La Organización Mundial de la Salud recomienda a los adultos al menos 150 minutos de actividad física de intensidad moderada a la semana, y subraya que la forma del movimiento depende completamente de cada individuo.

Un aspecto importante que a menudo se pasa por alto al buscar el movimiento adecuado es el ritmo del día y el cronotipo personal. Un madrugador puede obtener excelentes resultados con una carrera matutina, mientras que un noctámbulo sufrirá. Obligarse a hacer ejercicio en un momento en que el cuerpo está naturalmente cansado es una lucha innecesaria. Moverse en el momento adecuado —aunque sea solo un paseo de veinte minutos después de comer— produce resultados mucho mejores que un entrenamiento heroico a una hora inadecuada.

Vale la pena mencionar también que el movimiento no tiene por qué adoptar la forma de deporte organizado. La jardinería, bailar en el salón, jugar con los niños o ir al trabajo en bicicleta son formas de movimiento plenamente válidas que pueden satisfacer las dosis semanales recomendadas de actividad física y, al mismo tiempo, aportar alegría sin dar un solo paso en el gimnasio. Las investigaciones en el campo de las ciencias del comportamiento muestran que el llamado «movimiento no estructurado» es igual de valioso para la salud a largo plazo que el entrenamiento formal, y para muchas personas resulta además considerablemente más sostenible.

Si las limitaciones de salud complican la búsqueda del movimiento adecuado, es recomendable consultar las opciones con un fisioterapeuta o un especialista en movimiento. Estos profesionales pueden proponer actividades adaptadas a las necesidades concretas del cuerpo y, al mismo tiempo, ayudar a superar el miedo al movimiento que puede estar asociado al dolor o a lesiones del pasado.

Por último, quizás lo más importante es permitirse dejar de buscar la actividad «correcta» y empezar a buscar «tu» actividad. Estas dos cosas no son lo mismo. La actividad correcta existe en los libros de texto de medicina deportiva. Tu actividad existe en algún lugar en la intersección de tu personalidad, tu cuerpo, tu tiempo y tus valores. Y cuando la encuentres, no necesitarás ninguna aplicación de recordatorios, ningún entrenador que te empuje, ningún propósito de Año Nuevo. Simplemente irás, porque te gustará.

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