# Co se děje s očima a zrakem po 40 letech ## Qué le pasa a los ojos y a la visión después de los 4
Llega de forma silenciosa. Primero uno nota que tiene que alejar un poco el teléfono para leer un mensaje. Luego viene esa noche con un libro cuando las letras parecen fundirse. Y finalmente ese incómodo momento en el restaurante cuando se sostiene el menú lo más lejos posible de los ojos y aun así no es suficiente. La mayoría de las personas alrededor de los cuarenta viven exactamente este momento: una toma de conciencia silenciosa pero inconfundible de que su vista ya no es lo que era. No es una catástrofe, es biología. Pero eso no significa que no se pueda hacer nada al respecto.
La vista es uno de esos sentidos que uno aprecia solo cuando comienza a fallar. Hasta entonces, los ojos funcionan como una herramienta fiable que no requiere atención. Sin embargo, después de los cuarenta la situación cambia, y comprender por qué se producen estos cambios es el primer paso para afrontarlos de manera razonable.
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Qué cambia realmente en el ojo
El ojo humano es un fascinante sistema óptico cuyo componente clave es el cristalino: una estructura flexible y transparente capaz de cambiar su forma para enfocar objetos a distintas distancias. Este proceso se llama acomodación y durante toda la juventud ocurre de forma automática y sin esfuerzo. El problema surge con la edad, porque el cristalino va perdiendo progresivamente su flexibilidad. Las células del interior del cristalino se multiplican continuamente y se añaden a las capas existentes, de modo que con los años el cristalino se vuelve más grueso y rígido. El músculo que lo controla —el cuerpo ciliar— deja de tener algo que controlar, porque el cristalino simplemente deja de responder a sus movimientos como antes.
El resultado es una condición que los médicos denominan presbicia, conocida coloquialmente como vista cansada. No es una enfermedad en el sentido estricto de la palabra, sino una parte natural del envejecimiento que prácticamente nadie puede evitar. Según la Organización Mundial de la Salud, más de 1.800 millones de personas en el mundo padecen presbicia, y la gran mayoría se da cuenta de ello precisamente entre los cuarenta y los cuarenta y cinco años.
Pero la presbicia no es el único cambio que se produce después de los cuarenta. Los ojos comienzan a estar más secos porque las glándulas lagrimales producen menos lágrimas o lágrimas de menor calidad. Las pupilas se contraen y responden menos a los cambios de iluminación, por lo que la transición de un entorno luminoso a uno oscuro tarda más y la visión nocturna empeora. La percepción del contraste y del color cambia sutilmente, aunque la mayoría de las personas no lo nota conscientemente. Y, por si fuera poco, aumenta el riesgo de enfermedades oculares más graves, como el glaucoma, la degeneración macular o la catarata.
Pensemos, por ejemplo, en Pedro, un diseñador gráfico de cuarenta y cuatro años que trabaja ocho horas diarias frente al ordenador. Hace apenas un año no tenía ningún problema de visión. Luego comenzó a quejarse de fatiga ocular por las tardes, dolores de cabeza y la sensación de que la pantalla «flotaba». El oftalmólogo le explicó que se trataba de una combinación de presbicia incipiente y síndrome de ojo seco: dos fenómenos que al trabajar de cerca se potencian de forma molesta. Un caso de manual que las consultas oftalmológicas encuentran cada vez con mayor frecuencia.
El estilo de vida moderno además acelera todo este proceso. Las pantallas, que emiten luz azul, obligan a los ojos a trabajar continuamente de cerca y al mismo tiempo alteran la producción de lágrimas al reducir la frecuencia del parpadeo. Según las investigaciones, frente a una pantalla una persona parpadea aproximadamente tres veces menos de lo habitual: en lugar del ritmo natural de quince a veinte parpadeos por minuto, la cifra cae a apenas cinco. Eso supone una carga significativa para la superficie ocular que se manifiesta con ardor, enrojecimiento y sensación de arenilla en los ojos.
Por qué llega justo después de los cuarenta
Los cuarenta no son una frontera mágica, pero sí son la edad en que los cambios en el cristalino y otras estructuras del ojo llegan a un punto en que uno comienza a percibirlos realmente en la vida cotidiana. El proceso comienza mucho antes: algunos expertos afirman que el cristalino empieza a endurecerse ya a los veinte años, solo que entonces los mecanismos compensatorios del organismo son todavía suficientemente potentes. Sin embargo, a medida que pasan los años, las reservas se reducen.
A esto contribuye también la transformación hormonal general del organismo. En las mujeres alrededor de los cuarenta, los niveles de estrógeno comienzan a fluctuar, y el estrógeno influye, entre otras cosas, en la producción de lágrimas y en la calidad de la película lagrimal. Por eso las mujeres en perimenopausia y menopausia padecen el síndrome de ojo seco con mucha mayor frecuencia que los hombres de la misma edad. Las hormonas y la salud ocular están mucho más estrechamente ligadas de lo que la mayoría de las personas imagina.
También influye la exposición acumulada a lo largo de toda la vida a la radiación ultravioleta. Los rayos UV dañan las proteínas del cristalino y contribuyen al desarrollo de cataratas, pero sus efectos se acumulan lentamente y se manifiestan décadas después. Quien llevó gafas de sol con protección UV toda su vida invirtió en su visión futura mejor de lo que quizás entonces era consciente.
El estrés oxidativo es otro factor del que se habla cada vez más en los últimos años. Los radicales libres dañan las células de la retina, especialmente las responsables de la visión central nítida: los fotorreceptores de la zona macular. La degeneración macular asociada a la edad (DMAE) es hoy en día en los países desarrollados la causa más frecuente de pérdida de visión en personas mayores de sesenta años, pero sus raíces se remontan a la mediana edad. Como resume con acierto el oftalmólogo estadounidense y divulgador científico Dr. Rishi Singh: «Los ojos son los únicos órganos donde podemos observar directamente los vasos sanguíneos y las células nerviosas sin cirugía, y precisamente por eso nos dicen tanto sobre la salud general del cuerpo.»
¿Se puede frenar el deterioro de la vista?
Aquí llega la parte que más interesa a la mayoría de las personas. La presbicia como tal no se puede prevenir: eso hay que decirlo abiertamente. Pero existe toda una serie de cosas que pueden ralentizar la progresión de otros cambios, reducir los síntomas molestos y apoyar la salud ocular de cara al futuro.
La nutrición desempeña un papel sorprendentemente fundamental. La retina es un tejido metabólicamente muy activo y necesita nutrientes específicos. La luteína y la zeaxantina, dos carotenoides presentes principalmente en verduras de hoja verde oscura como la col rizada, las espinacas o la acelga, se depositan de forma natural en la mácula y actúan como una especie de filtro biológico de la luz azul. El estudio AREDS2 financiado por el Instituto Nacional del Ojo de Estados Unidos demostró que la ingesta regular de luteína y zeaxantina reduce el riesgo de progresión de la degeneración macular hasta en una cuarta parte. Los ácidos grasos omega-3, especialmente el DHA, son a su vez fundamentales para la estructura de las membranas celulares de la retina y también favorecen la calidad de la película lagrimal, lo que es una buena noticia para quienes padecen sequedad ocular.
La vitamina C, la vitamina E y el zinc son antioxidantes que protegen los tejidos oculares del daño oxidativo. Los arándanos, que en el imaginario popular se han ganado la reputación de «fruta para los ojos», contienen antocianinas con efectos antiinflamatorios y antioxidantes demostrados. No es un remedio milagroso, pero como parte de una dieta variada tiene todo el sentido.
Además de la alimentación, es importante la protección frente a la radiación UV, y eso durante todo el año, no solo en verano. Unas gafas de sol de calidad con protección UV400 certificada deberían ser algo natural para cualquier persona que pase tiempo al aire libre. Un sombrero de ala ancha como complemento a las gafas puede bloquear hasta la mitad de la radiación UV que de otro modo llegaría a los ojos desde arriba.
Para quienes trabajan frente a pantallas, es fundamental seguir la llamada regla 20-20-20: cada veinte minutos mirar a un punto lejano a al menos veinte pies (unos seis metros) de distancia durante veinte segundos. Este sencillo hábito da a los ojos la oportunidad de relajar el músculo acomodador y reduce la fatiga visual. También ayuda aumentar conscientemente la frecuencia del parpadeo o utilizar gotas oculares humectantes sin conservantes.
El estilo de vida general repercute en la salud ocular más de lo que cabría esperar. Fumar es uno de los factores de riesgo más importantes de la degeneración macular y las cataratas: los fumadores tienen hasta cuatro veces más riesgo de DMAE que los no fumadores. La diabetes no controlada o la hipertensión arterial dañan los pequeños vasos que irrigan la retina de una manera que al principio no presenta ningún síntoma, pero que se acumula de forma tanto más insidiosa. El ejercicio regular, el peso saludable y el sueño suficiente son, por tanto, una inversión no solo en la salud cardiovascular, sino también en la salud ocular.
Y luego están las revisiones preventivas. Después de los cuarenta, todo el mundo debería visitar al oftalmólogo al menos una vez cada dos años, aunque no tenga ninguna molestia. El glaucoma, causado por el aumento de la presión intraocular y que destruye progresivamente el nervio óptico, no presenta síntomas en las fases iniciales: uno no se da cuenta de la pérdida del campo visual hasta que el daño ya es considerable. La medición periódica de la presión intraocular y el examen del fondo de ojo son, por tanto, uno de los pasos más importantes que una persona puede dar por su visión.
La tecnología moderna ofrece posibilidades de corrección cada vez más sofisticadas, desde lentes progresivas hasta lentes de contacto multifocales, pasando por cirugía láser o el intercambio de cristalino. Cada una de estas opciones tiene sus ventajas e inconvenientes, y depende de la situación individual, el estilo de vida y las preferencias de cada persona. La decisión siempre debería surgir de una consulta detallada con un especialista, no de la publicidad ni de las recomendaciones de amigos.
Los cuarenta son la edad en que el cuerpo empieza a pedir atención más insistentemente, y los ojos no son una excepción. En lugar de que este cambio genere ansiedad, puede servir como un recordatorio natural de que cuidar la salud no es un sprint, sino un maratón. Y en este maratón, cada paso cuenta: ya sea un puñado de espinacas en el almuerzo, unas gafas de sol para una excursión o una visita al oftalmólogo.