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El herpes zóster es una de esas enfermedades de las que la mayoría de las personas ha oído hablar, pero a la que pocos prestan atención hasta que aparece en ellos mismos o en su entorno. Sin embargo, se trata de una enfermedad que puede ser muy dolorosa y que, en algunos casos, deja secuelas permanentes. La clave para protegerse es comprender cuándo existe riesgo de contraer herpes zóster, quiénes son los más vulnerables y qué se puede hacer para prevenirlo.

El herpes zóster está causado por el virus varicela-zóster, el mismo virus responsable de la varicela. Tras pasar la varicela, el virus no desaparece del organismo. En su lugar, se oculta en las células nerviosas y puede permanecer allí durante décadas sin causar ningún tipo de molestia. El problema surge cuando se reactiva. Y es precisamente entonces cuando aparece el herpes zóster: una erupción dolorosa que típicamente se extiende en una banda a lo largo de los nervios en un lado del cuerpo. Según la Organización Mundial de la Salud, el herpes zóster afecta aproximadamente a uno de cada tres personas a lo largo de su vida.


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Por qué se reactiva el virus y quiénes son los más vulnerables

Para que quede claro: el herpes zóster no puede contraerlo alguien que nunca haya tenido varicela ni haya recibido la vacuna correspondiente; en ese caso, la persona se infectaría con varicela, no con herpes zóster. La reactivación del virus depende del estado del sistema inmunitario. Un sistema inmunitario sano es capaz de mantener el virus en estado latente. Sin embargo, en cuanto la inmunidad se debilita por distintas razones, el virus tiene la oportunidad de despertar.

La edad es uno de los factores de riesgo más significativos. Con el paso de los años, la respuesta inmunitaria natural del organismo se debilita, por lo que el herpes zóster es notablemente más frecuente en personas mayores de cincuenta años. Según datos de la Sociedad Checa de Vacunología, el riesgo de enfermar aumenta considerablemente a partir de los sesenta años y es aún mayor después de los setenta. Aproximadamente la mitad de todos los casos de herpes zóster se producen precisamente en personas mayores de sesenta años.

Sin embargo, la edad no es el único factor. El estrés crónico, bien conocido en la sociedad moderna, es uno de los desencadenantes que contribuye al debilitamiento del sistema inmunitario. No es casualidad que muchas personas noten los primeros síntomas del herpes zóster precisamente en períodos de intensa carga laboral, crisis familiares o tras una enfermedad grave. El estrés eleva los niveles de cortisol, que a largo plazo suprime las funciones inmunitarias. Pensemos, por ejemplo, en un hombre de cuarenta años que está pasando por un divorcio complicado, trabaja horas extra y de repente se despierta con un extraño dolor ardiente en un lado del pecho: exactamente ese escenario puede conducir a un diagnóstico de herpes zóster.

Otro factor de riesgo son las enfermedades crónicas, especialmente aquellas que afectan directamente al funcionamiento del sistema inmunitario. Las personas con VIH/SIDA, los pacientes oncológicos sometidos a quimioterapia o radioterapia, los pacientes trasplantados que toman medicamentos inmunosupresores: todos ellos son significativamente más vulnerables al herpes zóster. Del mismo modo, también corren mayor riesgo las personas con diabetes, enfermedades renales o inflamaciones crónicas. Como escribió el médico y escritor estadounidense Atul Gawande: «La enfermedad no es solo un acontecimiento biológico: es la intersección del cuerpo, la mente y las circunstancias.»

Síntomas, complicaciones y cuándo la situación es grave

El herpes zóster no se manifiesta de inmediato con una erupción visible. Típicamente, le preceden varios días de síntomas molestos: ardor, picazón, hormigueo o dolor punzante en una determinada zona del cuerpo. Esta fase suele ser engañosa, ya que puede confundirse fácilmente con otra enfermedad, como una neuritis o un dolor muscular. Solo después aparecen las características ampollas, que se agrupan en una banda, de ahí precisamente el nombre de herpes «zóster» (cinturón).

La erupción aparece con mayor frecuencia en el tronco, concretamente en el pecho o el abdomen, pero también puede afectar al rostro, el cuello o las extremidades. Si el herpes aparece en la zona del ojo, se trata de una situación grave que puede comprometer la visión y requiere atención médica inmediata. La forma ocular del herpes zóster, denominada herpes zóster oftálmico, afecta aproximadamente al 10-25 % de todos los casos de herpes en la zona de la cabeza y, sin tratamiento oportuno, puede causar daño permanente a la córnea.

Una de las complicaciones más temidas es la neuralgia postherpética: un dolor nervioso persistente que puede durar meses, e incluso años, después de que la erupción haya desaparecido. Este dolor suele describirse como ardiente, eléctrico o punzante, y puede ser tan intenso que reduce considerablemente la calidad de vida. La incidencia de la neuralgia postherpética aumenta con la edad: mientras que en personas más jóvenes solo un pequeño porcentaje de pacientes la desarrolla, en personas mayores de setenta años es una complicación que se presenta en hasta un tercio de ellas.

En casos más graves, el herpes zóster también puede causar neumonía, encefalitis (inflamación del cerebro) o síndrome de Ramsay Hunt, en el que se ve afectado el nervio facial y puede producirse parálisis muscular parcial del rostro, pérdida de audición o vértigos. Estas complicaciones son menos frecuentes, pero no por ello menos graves, y nuevamente son los pacientes de mayor edad y las personas con el sistema inmunitario debilitado quienes corren mayor riesgo.

La pregunta natural que surge es: ¿se puede prevenir el herpes zóster de alguna manera? Afortunadamente, la respuesta es afirmativa, y en varios niveles.

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Prevención, tratamiento y el papel del estilo de vida

La prevención más eficaz es la vacunación. En la República Checa está disponible una vacuna contra el herpes zóster, recomendada especialmente a personas mayores de cincuenta años. Las vacunas modernas son muy eficaces: según datos publicados en la revista New England Journal of Medicine, la vacuna recombinante Shingrix reduce el riesgo de enfermar en más del 90 %. Incluso en el caso de que una persona vacunada contraiga la enfermedad, los síntomas suelen ser más leves y el riesgo de complicaciones considerablemente menor. Aunque la vacunación no es obligatoria ni está totalmente financiada por las aseguradoras sanitarias en la República Checa, cada vez más médicos la recomiendan activamente a sus pacientes.

Además de la vacunación, el estado general del sistema inmunitario desempeña un papel fundamental, y es precisamente aquí donde las decisiones cotidianas sobre el estilo de vida tienen un impacto importante. El sueño de calidad, una dieta equilibrada rica en vitaminas y minerales, el ejercicio regular y la gestión del estrés son los pilares sobre los que se sustenta una inmunidad sólida. La investigación científica confirma repetidamente que la falta crónica de sueño debilita la respuesta inmunitaria, mientras que la actividad física regular tiene un efecto positivo demostrado sobre las funciones inmunitarias. Estudios de la Universidad de California en San Diego mostraron que incluso una actividad aeróbica moderada, como caminar a paso ligero durante treinta minutos al día, puede mejorar significativamente la resistencia del organismo frente a las infecciones.

En el contexto de un estilo de vida saludable, también merece mención la nutrición. Una dieta rica en antioxidantes, vitamina C, vitamina D y zinc refuerza el sistema inmunitario y ayuda a mantener el virus en estado latente. Los alimentos fermentados, las verduras, las frutas y las proteínas de calidad son la base de una alimentación que protege al organismo. Por el contrario, el consumo excesivo de alcohol, el tabaquismo y los alimentos ultraprocesados debilitan el sistema inmunitario y pueden contribuir a la reactivación del virus.

Si la enfermedad se produce de todas formas, es fundamental iniciar el tratamiento antiviral lo antes posible, idealmente dentro de las 72 horas desde la aparición de los primeros síntomas. Los antivirales como el aciclovir, el valaciclovir o el famciclovir no eliminan el virus por completo, pero acortan significativamente el curso de la enfermedad, reducen la intensidad del dolor y disminuyen el riesgo de complicaciones. El dolor puede controlarse con una combinación de analgésicos; en casos más graves, se recurre a medicamentos específicos para el dolor neuropático. El tratamiento de la neuralgia postherpética es más complejo y puede incluir diferentes clases de medicamentos, fisioterapia o incluso apoyo psicológico.

Una parte importante del cuidado es también el descanso y la reducción del estrés durante la enfermedad. El organismo necesita energía para combatir el virus, por lo que sobrecargarlo resulta contraproducente. Las personas que durante el herpes zóster se permiten un descanso real y no descuidan el tratamiento generalmente se recuperan más rápidamente y tienen un menor riesgo de complicaciones a largo plazo.

El herpes zóster no es una enfermedad que pueda subestimarse. Aunque la mayoría de los casos transcurren sin complicaciones graves, el dolor y el malestar que provoca pueden ser considerables, y en algunos pacientes dejan una huella duradera en forma de neuralgia postherpética. Saber cuándo existe riesgo de herpes zóster, quiénes son los más vulnerables y qué medidas pueden reducir ese riesgo es la primera y más importante línea de defensa. El cuidado del sistema inmunitario mediante un estilo de vida saludable, la vacunación en el momento adecuado y una respuesta temprana ante los primeros síntomas son herramientas que, en gran medida, están en manos de cada uno de nosotros.

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