# Proč nám kručí v břiše i když jsme najedení Kručení v břiše (odborně nazývané **borborygmus**) je
La mayoría de las personas ha vivido esa incómoda situación: estás sentado en una reunión silenciosa, en medio de una presentación importante o en un tren abarrotado, y de repente tu estómago emite un sonoro gruñido. Lo peor de todo es que comiste hace una hora y no sientes hambre en absoluto. ¿Por qué ocurre esto? ¿Y qué nos quiere decir nuestro cuerpo con ello?
La respuesta a esta pregunta aparentemente sencilla es sorprendentemente compleja y fascinante a la vez. Los gruñidos estomacales —denominados técnicamente borborigmos— son la manifestación sonora de la actividad natural del tracto digestivo, que tiene lugar prácticamente de forma continua, independientemente de si acabamos de comer un abundante almuerzo o llevamos toda la mañana en ayunas. Nuestro sistema digestivo nunca descansa del todo. Trabaja, limpia, desplaza y se prepara —y precisamente este trabajo incesante produce los sonidos que a veces nos resultan embarazosos.
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Qué ocurre realmente en el interior
Para comprender por qué el estómago gruñe sin que haya hambre, es necesario observar cómo funciona la digestión. Todo el tracto digestivo está revestido de tejido muscular que se contrae y relaja rítmicamente en movimientos denominados peristaltismo. Estos movimientos ondulantes desplazan los alimentos, los líquidos y los jugos digestivos a través del estómago y los intestinos. Al mismo tiempo, mueven el aire y los gases que siempre están presentes en el tracto digestivo. Precisamente la combinación de líquidos, gases y contracciones musculares genera esos característicos sonidos.
Lo interesante es que los sonidos son más intensos y audibles cuando el estómago y el intestino delgado están vacíos. Cuando el tracto digestivo está lleno de alimentos, estos actúan como amortiguadores: absorben parte del sonido y las vibraciones. En cambio, en un espacio vacío o casi vacío, los sonidos se propagan con mucha más libertad, de forma similar al eco en una habitación vacía. Por eso escuchamos menos gruñidos justo después de una comida abundante, mientras que una o dos horas después —cuando el estómago ya está en gran parte vacío pero los intestinos siguen trabajando— los gruñidos pueden ser más intensos que en cualquier otro momento.
También merece mención el llamado complejo motor migratorio. Se trata de ondas de actividad muscular que se activan aproximadamente cada 90 minutos cuando el tracto digestivo no está procesando activamente alimentos. Su función es limpiar los restos de comida, bacterias y desechos celulares del estómago y el intestino delgado; funcionan como una especie de limpieza biológica. Precisamente estas ondas de limpieza son con mucha frecuencia la causa de los gruñidos que se producen incluso cuando hemos comido y no sentimos hambre en absoluto. El cuerpo simplemente se está poniendo en orden.
Tal como señala la Mayo Clinic, los sonidos del tracto digestivo son una parte completamente normal de la fisiología y por sí solos no son motivo de preocupación. La inquietud está justificada únicamente cuando van acompañados de dolor, distensión abdominal, diarrea u otros síntomas.
Cuándo hay algo más detrás de los gruñidos
La actividad natural del tracto digestivo puede considerarse, por tanto, una de las razones más frecuentes por las que el estómago gruñe sin hambre. Sin embargo, existen otros factores que pueden intensificar esta producción sonora o provocarla. Uno de ellos es el estrés y los nervios. El sistema digestivo y el cerebro están conectados a través del llamado eje intestino-cerebro, una compleja red de fibras nerviosas, hormonas y señales inmunológicas que permite la comunicación bidireccional. Cuando estamos nerviosos o bajo presión, el cerebro envía señales al sistema digestivo que alteran su actividad —y el resultado puede ser precisamente un mayor número de gruñidos, calambres o náuseas.
No es casualidad que muchas personas sientan una mayor actividad abdominal antes de un examen importante o una entrevista de trabajo. El cuerpo se prepara físicamente para el estrés, y el tracto digestivo es uno de los primeros en reaccionar a esa preparación. Como dice la gastroenteróloga y autora de libros sobre salud intestinal Giulia Enders: «El intestino es el segundo cerebro, y al igual que el primero, hace lo que quiere.»
Otro factor es la composición de la dieta y la hidratación. Los alimentos ricos en fibra, las legumbres, las cebollas, la col o las bebidas carbonatadas contribuyen a la formación de gases en el tracto digestivo. Si después de un almuerzo rico en estos ingredientes notas un mayor número de gruñidos, probablemente se trate de una consecuencia natural de la fermentación de la fibra por parte de las bacterias intestinales. Del mismo modo, una ingesta insuficiente de líquidos puede afectar a la consistencia del contenido intestinal y, con ello, a los sonidos que emite el tracto digestivo.
Un ejemplo ilustrativo de la vida cotidiana: imaginemos a una mujer de mediana edad que se pasó a una dieta vegetal rica en legumbres y verduras. Al principio le molestaban los gruñidos intensos y la distensión abdominal, incluso cuando no sentía hambre. Con el tiempo, a medida que su microbioma intestinal se fue adaptando a la nueva composición de la dieta, estas manifestaciones remitieron considerablemente. Las bacterias intestinales simplemente necesitaban tiempo para aprender a procesar de forma más eficiente los nuevos tipos de fibra.
No hay que olvidar tampoco las intolerancias alimentarias, especialmente la intolerancia a la lactosa o la intolerancia a la fructosa. En personas cuyo sistema digestivo no es capaz de descomponer completamente ciertos componentes de los alimentos, estos se fermentan en el intestino, lo que provoca una producción excesiva de gases y —de nuevo— gruñidos. Si observas que los gruñidos aparecen regularmente después de consumir determinados alimentos, puede ser una señal de que tu cuerpo no mantiene una relación del todo amistosa con ellos.

Cuándo prestar atención y cuándo no preocuparse
La mayoría de los casos de gruñidos estomacales sin sensación de hambre son completamente inocuos y no requieren atención médica. Es simplemente el cuerpo trabajando: limpiando, desplazando, preparándose. Sin embargo, existen situaciones en las que conviene prestar mayor atención a los sonidos digestivos.
Si los gruñidos van acompañados de dolores abdominales recurrentes, distensión abdominal significativa, cambios en las deposiciones, pérdida de peso sin causa aparente o la sensación de que la comida «se queda en el estómago» demasiado tiempo, es recomendable consultar a un médico. Estos síntomas pueden indicar la presencia del síndrome del intestino irritable, celiaquía, inflamación intestinal u otras enfermedades del tracto digestivo. La Sociedad Checa de Gastroenterología recomienda no demorar la visita a un especialista ante molestias digestivas persistentes.
El síndrome del intestino irritable, abreviado SII, es una de las enfermedades funcionales del tracto digestivo más frecuentes. Afecta aproximadamente al 10-15 % de la población mundial, y uno de sus síntomas típicos es precisamente el aumento del ruido intestinal, que no está vinculado a la ingesta de alimentos. Las personas con SII describen a menudo que su estómago «habla» prácticamente de forma continua, y la intensidad de los síntomas varía en función del estrés, la dieta y otros factores.
En el otro extremo del espectro se encuentra la situación en la que los gruñidos cesan por completo o se reducen notablemente. Esto también puede ser una señal de alerta en determinados contextos; por ejemplo, tras una operación o ante un dolor abdominal intenso, la ausencia de sonidos intestinales puede indicar un problema grave de peristaltismo. Por eso los médicos, durante la exploración física, escuchan de forma rutinaria los sonidos intestinales con un estetoscopio.
¿Qué hacer entonces si los gruñidos estomacales resultan molestos o causan vergüenza social? Existen varios pasos prácticos que pueden ayudar a reducir su intensidad. Comer despacio y con regularidad reduce la cantidad de aire que se traga, que es una de las fuentes de sonido. Limitar los alimentos ricos en carbohidratos fermentables —por ejemplo, según los principios de la llamada dieta baja en FODMAP, que ha demostrado ser especialmente eficaz en personas con SII— puede reducir significativamente la producción de gases intestinales. Una ingesta adecuada de agua y el ejercicio regular favorecen un peristaltismo saludable y, con ello, una digestión más fluida y silenciosa.
El cuidado del microbioma intestinal también desempeña un papel importante. Una dieta variada y equilibrada rica en alimentos fermentados —como el kéfir, el yogur, el kimchi o el chucrut— favorece el equilibrio saludable de las bacterias intestinales. Y un microbioma sano trabaja de forma más eficiente, con menos efectos sonoros secundarios. Investigaciones publicadas, por ejemplo, en la revista Nature Reviews Gastroenterology & Hepatology confirman repetidamente que la composición del microbioma intestinal tiene una influencia fundamental en la salud digestiva general, incluida la producción de gases y la motilidad intestinal.
Los gruñidos estomacales son, por tanto, mucho más que un sonido embarazoso en el momento equivocado. Son la voz de un cuerpo que trabaja sin descanso, mantiene el orden y reacciona a todo lo que le introducimos —y no solo eso. También reacciona a lo que vivimos, a cómo dormimos, a cuánto estrés tenemos y a cómo nos cuidamos. Escuchar estas señales, comprenderlas y responder a ellas de forma adecuada es una de las formas más naturales de cuidar la propia salud. Y si la próxima vez tu estómago te falla en el momento más inoportuno, recuérdalo: es simplemente tu sistema digestivo haciendo diligentemente su trabajo.