facebook
¡Descuento APP5 ahora mismo! APP5 Abrir app
Los pedidos realizados antes de las 12:00 horas se envían inmediatamente | Envío gratis en pedidos superiores a 95 EUR | Cambios y devoluciones gratuitos dentro de los 90 días

Mudanza, cambio de trabajo, fin de una relación, una enfermedad inesperada en la familia – y todo ello en el transcurso de pocas semanas. Cualquiera que haya pasado por esto sabe cómo el mundo puede parecer en ese momento un lugar que ha dejado de tener sentido. Y sin embargo, esta situación no es excepcional ni aislada. Al contrario, los grandes cambios vitales llegan con frecuencia juntos, como si se hubieran confabulado y acordado hacer su entrada en nuestra vida de forma simultánea. Los psicólogos tienen incluso una explicación para este fenómeno – y la buena noticia es que existen formas de atravesar esos períodos sin que nos quiebren.

Las personas tienen una tendencia natural a suponer que los cambios llegan gradualmente, uno tras otro, en un orden manejable y comprensible. Sin embargo, la realidad es distinta. Las investigaciones en el campo de la psicología del estrés llevan décadas mostrando que los grandes acontecimientos vitales tienden a agruparse en el tiempo, entre otras razones porque un cambio desencadena otro. Un nuevo trabajo trae consigo una mudanza, la mudanza deteriora una relación, la relación deteriorada afecta a la salud. Es un efecto dominó que resulta más fácil de describir en retrospectiva que de vivir en el momento.


Pruebe nuestros productos naturales

Por qué nos afecta tan intensamente la coincidencia de cambios

Para entender por qué gestionar varios cambios simultáneos es tan exigente, resulta útil saber qué ocurre realmente en el cerebro en esos momentos. El psiquiatra estadounidense Thomas Holmes, junto con el psicólogo Richard Rahe, elaboraron en los años sesenta del siglo pasado la denominada escala de eventos vitales, que asigna valores en puntos a distintos cambios vitales según el grado de estrés que generan. Lo sorprendente es que en la escala no figuran únicamente eventos negativos – una boda, un ascenso o la llegada de un hijo también se valoran como altamente estresantes. Si una persona acumula más de 300 puntos en un año, aumenta el riesgo estadístico de enfermedad física y psíquica. Y precisamente en los períodos en que todo cambia a la vez, estos puntos se acumulan a una velocidad vertiginosa.

El cerebro está acostumbrado a funcionar basándose en la previsibilidad. Las rutinas, los hábitos y los patrones de conducta establecidos le permiten ahorrar energía y dedicar atención a lo que realmente importa. Sin embargo, cuando cambian demasiadas variables a la vez, el cerebro entra en un estado de alerta crónica – evalúa amenazas constantemente, busca una estabilidad que no encuentra en ningún lugar y agota las capacidades que de otro modo servirían para la concentración, la creatividad o el procesamiento emocional. El resultado es fatiga, irritabilidad, sensación de pérdida de control y, a veces, parálisis, en la que la persona deja de ser capaz de tomar incluso decisiones aparentemente sencillas.

Tomemos un ejemplo de la vida cotidiana: Jana, una profesora de treinta y seis años de Brno, se divorció el verano pasado, al mismo tiempo aceptó una oferta de trabajo en otra ciudad y su madre pasó por una operación grave. Cada una de estas situaciones habría sido exigente por sí sola. Juntas formaban un cóctel que, según sus propias palabras, la «dejó temporalmente fuera de combate». Dejó de dormir, dejó de cocinar, dejó de ver a sus amigos. Solo cuando se dio cuenta de que no podía con todo a la vez – y dejó de intentarlo – comenzó a encontrar el camino de regreso.

La historia de Jana ilustra algo fundamental: el intento de gestionar todo al mismo tiempo es una de las mayores trampas en las que caemos durante estos períodos. La sociedad nos lleva a creer que la resiliencia significa manejarlo todo sin titubear. En realidad, la resiliencia – la capacidad de recuperación – es la habilidad de adaptarse, desacelerar y aceptar que no todo tiene que resolverse de inmediato.

Flat-lay of wellness items including herbal tea, journal, lavender and natural oil evoking calm daily rituals

Anclas prácticas en tiempos de caos

El psicólogo y autor Viktor Frankl, quien sobrevivió a los campos de concentración nazis y cuyas experiencias constituyen la base de la logoterapia, escribió: «Cuando ya no podemos cambiar una situación, nos enfrentamos al desafío de cambiarnos a nosotros mismos.» Este pensamiento no es una invitación a la pasividad – es un recordatorio de que incluso en una situación en la que las circunstancias externas escapan al control, permanece el espacio para la elección interior sobre cómo las afrontamos.

Uno de los primeros y más eficaces pasos en un período de cambios simultáneos es la introducción deliberada de pequeños rituales estables. No tiene por qué ser nada grande – el café de la mañana preparado siempre del mismo modo, un breve paseo antes de dormir, una llamada telefónica regular con alguien cercano. Estas pequeñas anclas señalan al cerebro que una parte del mundo sigue siendo predecible y ayudan a regular la respuesta al estrés. Investigaciones publicadas, por ejemplo, en el Journal of Experimental Psychology muestran que el comportamiento ritual reduce la ansiedad y aumenta la sensación de control incluso en situaciones donde el control objetivo está ausente.

Otro elemento clave es la limitación consciente de las decisiones. En tiempos en que muchas cosas cambian a la vez, cada decisión – incluso las aparentemente triviales – conlleva un mayor esfuerzo cognitivo. Por ello tiene sentido simplificar deliberadamente las áreas que lo permitan: comer alimentos similares, llevar ropa parecida, reducir la elección en asuntos que en ese momento no importan demasiado. Así se libera capacidad mental para las decisiones que realmente son importantes. Este principio, conocido como decision fatigue, está bien documentado y lo utilizan, entre otros, directivos de alto nivel y deportistas de élite en la preparación para rendimientos exigentes.

El cuerpo también desempeña un papel fundamental. En períodos de sobrecarga psíquica, el cuidado de la salud física suele ser lo primero que queda de lado – y sin embargo, es precisamente lo que más influye en la capacidad de gestionar el estrés. El sueño, el ejercicio y la alimentación no son un lujo, son la infraestructura básica de la resiliencia psíquica. No es casualidad que en los últimos años se hable cada vez más de la conexión entre el microbioma intestinal y la salud mental – el llamado eje intestino-cerebro, sobre el que informa, por ejemplo, la Harvard Medical School, sugiere que lo que comemos influye directamente en cómo nos sentimos y en qué medida somos capaces de gestionar el estrés. La elección de alimentos de calidad y naturales en períodos difíciles no es, por tanto, solo una cuestión de salud corporal, sino también mental.

Tan importante como el autocuidado es el establecimiento consciente de límites frente al entorno. Los períodos de grandes cambios atraen consejos bienintencionados, expectativas y comentarios de amigos, familiares y compañeros. Todo el mundo sabe qué debería haberse hecho de otro modo, qué fue un error, qué podría ayudar. La capacidad de decir de forma cortés pero firme «ahora no tengo capacidad para esto» o «esta decisión debo tomarla yo» resulta inestimable en esos momentos. No se trata de encerrarse en el aislamiento – al contrario, el apoyo social de calidad es uno de los factores protectores más potentes de la salud mental. Se trata de distinguir entre el apoyo que ayuda y el que agota.

Vale la pena mencionar también el papel del entorno en el que vivimos y trabajamos. El entorno doméstico tiene sobre nuestra psique una influencia mayor de la que solemos percibir. Los espacios abarrotados, desordenados o cargados de productos químicos aumentan la carga mental y contribuyen a la sensación de caos. Por el contrario, un entorno sencillo, limpio y natural – ya sea el orden en el escritorio, los aromas naturales en la habitación o la ausencia de objetos innecesarios – ayuda al cerebro a calmarse y a concentrarse. No se trata de un capricho estético, sino de un principio psicológico bien fundamentado que subyace al fenómeno del minimalismo y el consumo consciente.

Los materiales naturales, los productos sin productos químicos innecesarios y un entorno que no sobrecarga los sentidos ni el cuerpo se revelan como una elección sensata precisamente en aquellos períodos en que la capacidad interior está al mínimo. Cuando una persona no tiene energía para resolver situaciones complejas, ayuda que al menos su entorno inmediato funcione de forma sencilla y sin complicaciones innecesarias. Este enfoque, además, trasciende el beneficio individual – la elección de productos sostenibles y ecológicos reduce también la huella medioambiental, lo que en sí mismo contribuye a la sensación de sentido y coherencia con los propios valores.

¿Cómo es, entonces, el camino a través de un período en que todo cambia a la vez? No es una línea recta, sino más bien una espiral – a veces parece que uno regresa al lugar donde ya estuvo, pero en realidad cada vez está un poco más arriba. La clave no es la ausencia de caídas, sino la capacidad de levantarse – no necesariamente de inmediato, sino poco a poco, apoyándose en pequeñas certezas, en las personas cercanas y en el cuidado consciente de uno mismo.

El cambio en sí no es el enemigo. Con frecuencia es precisamente la coincidencia de varios cambios a la vez lo que – aunque doloroso – abre el espacio para una transformación profunda. Nos obliga a replantear prioridades, a desprendernos de lo que nos carga innecesariamente y a encontrar una nueva forma de vivir. Muchas personas que han atravesado períodos así describen retrospectivamente que fue uno de los momentos más importantes de su vida – no a pesar de lo difícil que fue, sino precisamente por ello.

Compartir
Categoría Buscar Cesta