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Cada cultura del mundo ha desarrollado a lo largo de los siglos su propio enfoque del movimiento, el cuerpo y la actividad física. Mientras que en Occidente nos hemos acostumbrado a los gimnasios, las cintas de correr y los entrenamientos deportivos estructurados, muchas otras tradiciones abordan el movimiento de manera completamente diferente: más natural, más lúdica y con una conexión más profunda entre el cuerpo, la mente y la vida cotidiana. Los hábitos de movimiento inspirados en otras culturas han cobrado protagonismo en los últimos años no solo entre los entusiastas del estilo de vida saludable, sino también entre científicos y médicos que buscan alternativas sostenibles al ejercicio convencional.

No es de extrañar. Las estadísticas mundiales son alarmantes: según la Organización Mundial de la Salud, aproximadamente 1.800 millones de adultos en todo el mundo sufren de falta de movimiento. Y sin embargo, la solución quizás está justo ante nosotros, oculta en las tradiciones de pueblos que nunca consideraron el movimiento una obligación, sino una parte natural del ser.

El concepto japonés que transforma la manera de ver los paseos es uno de los ejemplos más conocidos. Shinrin-yoku, que en español se traduce aproximadamente como «baño de bosque», no es simplemente un paseo por la naturaleza. Se trata de una inmersión consciente en el entorno forestal a través de todos los sentidos: percibir el aroma de la resina, escuchar el susurro de las hojas, observar el juego de la luz entre las ramas. El Instituto Nacional Japonés de Medicina Forestal ha documentado que la práctica regular del shinrin-yoku reduce los niveles de cortisol, la presión arterial y la frecuencia cardíaca, al tiempo que fortalece el sistema inmunológico gracias a los fitoncidas, sustancias volátiles que los árboles liberan de forma natural. Esta práctica se extiende hoy por todo el mundo y se está integrando en la medicina preventiva en Corea, Finlandia y algunas partes de Alemania.

Si nos trasladamos al otro extremo del mundo, encontramos la capoeira brasileña: un arte del movimiento que difumina la frontera entre la danza, el arte marcial y el juego. Surgió como forma de resistencia de los africanos esclavizados en Brasil durante los siglos XVI y XVII, y aún hoy conserva su espíritu revolucionario. La capoeira no requiere ningún equipamiento, desarrolla la coordinación, la fuerza, la flexibilidad y el sentido del ritmo, y al mismo tiempo construye fuertes lazos comunitarios. Quien alguna vez ha visto a un grupo de practicantes de capoeira en acción sabe de qué se trata: los cuerpos se mueven con gracia y fuerza a la vez, acompañados por la música en vivo del berimbau. Precisamente esta dimensión social y musical convierte a la capoeira en algo más que un simple ejercicio: es una forma de estar en el mundo.


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El movimiento como ritual cotidiano, no como acontecimiento excepcional

Uno de los aprendizajes más importantes que se pueden tomar de otras culturas es la propia actitud hacia el movimiento. En muchos países asiáticos, especialmente en China, Japón o Vietnam, el ejercicio no está separado de la vida cotidiana. Las personas mayores se reúnen en espacios públicos al amanecer para practicar juntos tai chi o qi gong. Los movimientos lentos y fluidos de estas disciplinas no son solo ejercicio físico: son meditación en movimiento, una forma de equilibrar el cuerpo y la mente antes de comenzar el día.

Las investigaciones confirman su eficacia. Un estudio publicado en la revista The British Journal of Sports Medicine demostró que la práctica regular del tai chi mejora significativamente el equilibrio, reduce el riesgo de caídas en personas mayores y alivia los síntomas del dolor crónico. Y lo importante es que se trata de una actividad accesible prácticamente para cualquier persona, independientemente de su edad, condición física o posibilidades económicas.

Igualmente fascinante es el enfoque de los escandinavos, concretamente el de noruegos y finlandeses, hacia el concepto de friluftsliv: la permanencia en la naturaleza durante el tiempo libre como filosofía de vida fundamental. El friluftsliv no es un deporte ni una actividad con un objetivo concreto. Es una forma de pensar que sostiene que el tiempo pasado al aire libre, ya sea recogiendo setas, esquiando, nadando en un lago o simplemente sentado junto a una hoguera, tiene su propio valor independiente del rendimiento o las calorías quemadas. Este enfoque se refleja también en la alta calidad de vida y el bienestar psicológico de los habitantes de los países nórdicos, que regularmente ocupan los primeros puestos en los índices internacionales de satisfacción vital.

Tomemos como ejemplo a Lucía, una mujer de treinta años de Praga que, tras años en el gimnasio, dejó de sentirse motivada. Se apuntó a un curso de capoeira y comenzó a practicar shinrin-yoku los fines de semana en los bosques cercanos. «Dejé de hacer ejercicio para tener un aspecto determinado. Empecé a moverme porque me divierte y me llena», describió su transformación. Hoy el movimiento es para ella una parte natural del día, no un elemento más en su lista de obligaciones.

El continente africano ofrece otra perspectiva que en Occidente sigue siendo subestimada. En muchas culturas subsaharianas, la danza es una parte inseparable de la vida cotidiana y comunitaria: de las celebraciones, los rituales, el duelo y la alegría. El afro dance o la danza mbaqanga no son una actuación para el público, sino una expresión corporal colectiva en la que participa toda la comunidad. El ritmo y el movimiento colectivo tienen beneficios psicológicos demostrados: una investigación de la Universidad de Oxford descubrió que el movimiento grupal sincronizado aumenta los niveles de endorfinas de forma más significativa que el movimiento individual. En otras palabras, moverse juntos es sencillamente mejor.

India ha contribuido al mundo con el yoga: un sistema de ejercicios físicos y mentales con más de 5.000 años de antigüedad, cuya popularidad en Occidente no deja de crecer. Sin embargo, es importante distinguir entre la versión adaptada comercialmente y sus raíces tradicionales. El sistema original no estaba orientado al rendimiento físico ni a la estética corporal, sino a la armonización de la respiración, el movimiento y la conciencia. La tradición ayurvédica, de la que surge el yoga, aborda el movimiento de forma individualizada: los diferentes tipos de cuerpo y temperamento necesitan diferentes tipos de actividad. Este enfoque personalizado es precisamente lo que la ciencia deportiva moderna está empezando a descubrir apenas ahora.

Flat-lay of yoga mat, meditation bowl, forest herbs, stone and herbal tea representing global mindful movement traditions

Qué tomar de estas tradiciones para la propia vida

Los hábitos de movimiento de las distintas culturas del mundo tienen algo en común a pesar de su diversidad: el movimiento no está separado de la vida, sino que es una parte natural de ella. No está reservado a una hora concreta en el gimnasio, sino que impregna todo el día: el ritual matutino, el paseo al trabajo, el baile después de cenar, el juego con los niños.

¿Cómo trasladar entonces estas enseñanzas al contexto de Europa Central? No se trata de copiar culturas ajenas hasta el último detalle. Se trata de adoptar su filosofía fundamental y adaptarla a la propia vida. Algunas inspiraciones concretas:

  • Integrar el movimiento como parte de los rituales cotidianos: un breve ejercicio por la mañana al despertar o por la noche antes de dormir, inspirado en el tai chi o el qi gong
  • Pasar tiempo en la naturaleza de forma consciente: en lugar de un paseo rápido con auriculares, intentar caminar despacio, sin teléfono, y percibir el entorno con todos los sentidos
  • Incorporar la dimensión social: buscar actividades de movimiento que puedan compartirse con otros, ya sea danza grupal, capoeira o excursiones en compañía
  • Liberarse del pensamiento orientado al rendimiento: el movimiento no tiene que ser siempre medible, optimizado ni registrado en una aplicación

Como dijo el fundador de la kinantropología moderna y pionero de la investigación del movimiento Johan Huizinga: «El juego es más antiguo que la cultura.» Y precisamente esa actitud lúdica, ese movimiento natural y alegre sin meta ni rendimiento, es quizás lo que más nos falta en nuestra cultura excesivamente optimizada.

También es importante señalar que estos enfoques no contradicen a la ciencia moderna, sino que la complementan. Las investigaciones epigenéticas muestran que el movimiento regular y natural, especialmente al aire libre y en terrenos variados, activa mecanismos genéticos diferentes a los que activa el movimiento en el entorno controlado de un gimnasio. El cuerpo evolucionó durante millones de años en un entorno natural y sigue respondiendo a sus estímulos de maneras que el entorno artificial simplemente no puede reemplazar por completo.

Un estilo de vida sostenible no consiste únicamente en lo que comemos o cómo compramos. También tiene que ver con cómo nos movemos: si percibimos el movimiento como una obligación o como un regalo, como un rendimiento o como una alegría, como una actividad individual o como una forma de conectar con los demás y con la naturaleza. Las tradiciones de movimiento del mundo nos ofrecen a este respecto una fuente inagotable de inspiración: basta con abrirse y escuchar. Y quizás dar el primer paso, literalmente.

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