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Cada mañana, cuando se abren las ventanas y el aire se llena con el canto de los mirlos, los herrerillos o los gorriones, nos damos cuenta de cuánto nos aportan estos pequeños seres a nuestra calidad de vida. Sin embargo, son precisamente ellos quienes en los tiempos modernos enfrentan desafíos cada vez mayores. La pérdida de hábitats naturales, los pesticidas agrícolas, la desaparición de árboles viejos con oquedades y los inviernos cada vez más cálidos: todo esto cambia las condiciones en las que las aves intentan sobrevivir. La buena noticia es que cada uno de nosotros puede cambiar la situación al menos un poco, incluso desde un pequeño balcón en el tercer piso de un bloque de pisos.

El interés por la protección de las aves ha crecido notablemente en los últimos años. Según los datos de la Sociedad Ornitológica Checa, la República Checa se encuentra entre los países donde las poblaciones de muchas especies comunes de aves —como las alondras, las avefríasas o las golondrinas— han caído drásticamente en los últimos treinta años. Y no se trata solo de especies raras que los expertos observan con prismáticos. También tienen problemas los herrerillos carboneros, los gorriones domésticos o los aviones comunes, es decir, aves que vemos cada día.

La naturaleza nos pide ayuda directamente. Y responder a esta llamada no es ni costoso ni complicado.


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Lo que las aves realmente necesitan en el jardín y en el balcón

Antes de ponerse a construir un paraíso para las aves, conviene entender qué buscan a lo largo del año. Sus necesidades básicas pueden resumirse en tres áreas: alimento, agua y refugio. Sin embargo, la forma de satisfacer estas necesidades varía según la época del año, la especie de ave y el entorno concreto: el enfoque para cuidar a las aves en un jardín rural con árboles frutales es diferente al de una ciudad densamente edificada.

La alimentación de las aves en invierno es un tema que casi todo el mundo conoce. Comederos para pájaros, bolas de sebo, semillas de girasol: son cosas que muchos recuerdan desde la infancia. Lo que se sabe menos es que alimentar a las aves también tiene sentido en primavera y otoño, cuando buscan energía para la migración o se recuperan tras el exigente período de cría. En cambio, en verano es recomendable reducir la alimentación, o al menos ofrecer solo alimentos naturales como bayas, semillas o insectos, para que los polluelos no aprendan a depender de fuentes de alimento artificiales.

La calidad del alimento ofrecido también desempeña un papel importante. El pan mohoso, los frutos secos salados o los dulces pueden perjudicar a las aves más que ayudarlas. Los ornitólogos recomiendan principalmente semillas de girasol, mijo, semillas de cáñamo, sebo y, en invierno, también bayas secas. Para los zorzales y los mirlos, las manzanas son un manjar bienvenido: basta con cortarlas en rodajas y colocarlas en el comedero o directamente en el suelo.

El agua es igual de importante que el alimento, quizás incluso más. Las aves la necesitan no solo para beber, sino también para limpiar su plumaje, lo que para ellas es literalmente una cuestión de supervivencia: un plumaje bien mantenido aísla el cuerpo del frío. Un baño para pájaros, es decir, un recipiente poco profundo con agua limpia, debería estar en el jardín o en el balcón durante todo el año. En invierno hay que descongelarlo regularmente; en verano, rellenarlo, ya que se evapora rápidamente.

Consejos prácticos para el jardín y el balcón

La diferencia entre un jardín y un balcón es, por supuesto, grande, pero quienes viven en un piso sin jardín tampoco tienen que ser espectadores pasivos. En el balcón se puede colocar un comedero colgante, una caja nido o un recipiente poco profundo con agua, incluso en la barandilla o fuera de la ventana. La clave es la regularidad y la limpieza: un comedero sucio o alimento en descomposición son peligrosos para las aves y pueden propagar enfermedades.

Para quienes tienen jardín, las posibilidades se amplían considerablemente. Uno de los pasos más valiosos es dejar una parte del jardín en un estado más natural: no podar cada arbusto hasta darle una forma geométrica, dejar madera vieja en pie —que sirve de refugio para los insectos y, por tanto, de despensa para las aves— y permitir que un montón de hojas en un rincón del jardín, que parece un desorden, sea en realidad un lugar de invernada para distintos animales y una fuente de alimento para las aves que buscan larvas y gusanos.

La elección de las plantas es otra herramienta poderosa. A las aves les encantan los frutos del serbal, el majuelo, el saúco negro, el cornejo o el escaramujo. Estos arbustos y árboles no solo son hermosos, sino que en invierno proporcionan una auténtica despensa de alimento. Plantarlos es, por tanto, una de las inversiones más duraderas en favor de las aves en el jardín. Además, es una inversión que se revaloriza con el tiempo: cuanto más viejo y frondoso es el arbusto, más ofrece.

Un ejemplo práctico interesante es la experiencia de una familia de la Bohemia del Sur que hace tres años decidió transformar parte de su césped en un llamado rincón para pájaros. Plantaron arbustos de majuelo y saúco, instalaron tres cajas nido de distintos tamaños y añadieron un recipiente de piedra con agua. ¿El resultado? En el primer año registraron la nidificación de una pareja de herrerillos carboneros. En el segundo año se sumaron gorriones y un petirrojo. En el tercer año empezaron a observar también al pico menor, que hasta entonces no había visitado su jardín en absoluto.

Una historia como esta demuestra que los cambios llegan poco a poco, pero llegan. Las aves son criaturas de costumbres que primero exploran con cautela los nuevos lugares. Sin embargo, una vez que descubren que el entorno es seguro y ofrece lo que necesitan, regresan, y traen a otros consigo.

En cuanto a las cajas nido, es importante tener en cuenta que diferentes especies de aves prefieren diferentes tipos. Los herrerillos, los gorriones o los colirrojos domésticos buscan cajas con una entrada circular de aproximadamente 28 a 32 milímetros de diámetro. Los papamoscas, en cambio, prefieren cajas con una entrada más grande pero más plana. Información detallada sobre las dimensiones correctas de las cajas para cada especie ofrece la Sociedad Ornitológica Checa, cuyas recomendaciones están respaldadas por años de práctica e investigación.

La ubicación de la caja nido desempeña el mismo papel que su tipo. Debería estar colgada a una altura de al menos dos metros, con la entrada orientada hacia el noreste o el este, es decir, no directamente al sol ni en dirección al viento dominante. Cerca de la caja no debería haber ramas por las que pueda trepar un gato o una marta. Y cada otoño conviene limpiar la caja para que no queden nidos viejos que puedan transmitir parásitos.

Los gatos son un tema del que se habla poco en el contexto de la protección de las aves, a pesar de ser uno de los factores más significativos de mortalidad aviar en las zonas urbanizadas. Un estudio publicado en la revista Nature Communications estima que solo en Estados Unidos, los gatos asilvestrados y callejeros matan miles de millones de aves al año. En Europa las cifras son menores, pero siguen siendo alarmantes. Los dueños de gatos pueden mejorar la situación no dejando salir al animal en los momentos en que las aves son más activas, es decir, a primera hora de la mañana y al atardecer. Un cascabel en el collar ayudará a las aves a detectar a tiempo el peligro que se aproxima.

Bodegón plano con una caja nido para pájaros, un cascabel, un baño para pájaros y semillas

Cuándo y cómo empezar, independientemente de dónde se viva

No hace falta esperar las condiciones ideales. Un comedero para pájaros se puede construir con tablas de madera en una tarde, una caja nido se puede comprar por unos pocos euros, y un recipiente con agua no cuesta prácticamente nada. Lo importante es la constancia: las aves se acostumbran al lugar donde encuentran alimento y agua, y volverán. Interrumpir los cuidados en pleno invierno puede ser crítico para ellas, ya que en ese tiempo no habrán podido crear reservas en otro lugar.

El ornitólogo británico Peter Scott lo expresó como un sabio principio: «La naturaleza no nos debe nada. Pero nosotros le debemos mucho.» Esta frase es doblemente válida en una época en que la actividad humana transforma el paisaje de tal manera que muchas especies de aves se quedan sin hogar prácticamente de la noche a la mañana.

Para quienes quieran ir más lejos, diversas organizaciones ofrecen la posibilidad de participar en el seguimiento de las aves, por ejemplo en el Censo Invernal de Aves en Comederos, que organiza la Sociedad Ornitológica Checa. Basta con observar durante una hora las aves en el comedero y registrar cuántos individuos de cada especie han llegado al mismo tiempo. Esta sencilla actividad proporciona a los científicos datos valiosos sobre el estado de las poblaciones de aves y, al mismo tiempo, brinda al observador una experiencia sorprendentemente intensa: la observación concentrada de la naturaleza tiene, en efecto, un impacto positivo demostrado sobre el bienestar psicológico.

Los jardineros con conciencia ecológica pueden dar un paso más decisivo en favor de las aves: reducir o eliminar por completo los pesticidas químicos y los fertilizantes sintéticos. Los insectos que la química elimina son una fuente clave de proteínas para las aves, especialmente durante el período de cría, cuando los padres alimentan a los polluelos. Un jardín sin química puede parecer menos «perfecto», pero desde el punto de vista de la biodiversidad es incomparablemente más rico.

Apoyar a las aves en el jardín o en el balcón no es solo una cuestión de sentimentalismo o amor por la naturaleza. Es una contribución concreta y medible a la preservación de la diversidad biológica en el lugar donde vivimos. Y es también una forma de retomar el contacto con el ritmo de la naturaleza: observar quién ha llegado volando, quién ha construido un nido, quién ha traído a sus crías. Tales observaciones cotidianas tienen su propio valor, que no es fácil de describir, pero todo aquel que lo ha vivido sabe bien de qué se trata.

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