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Todo el mundo la conoce. Llega de forma inesperada, generalmente en el momento en que uno menos la necesita: en medio de una reunión importante, durante una cena romántica o justo antes de hablar ante el público. El hipo es uno de esos pequeños fenómenos corporales que pueden resultar sorprendentemente molestos, aunque duren solo unos minutos. Pero ¿qué ocurre exactamente en el cuerpo cuando tenemos hipo? ¿Y por qué a veces ni los tradicionales remedios caseros son suficientes?

Las respuestas son sorprendentemente interesantes y se adentran profundamente en la anatomía y la fisiología del cuerpo humano. Comprender por qué surge el hipo es el primer paso para saber cómo detenerlo eficazmente.


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Qué ocurre en el cuerpo durante el hipo

El hipo surge gracias a contracciones espasmódicas involuntarias del diafragma, el músculo plano que separa la cavidad torácica de la cavidad abdominal y desempeña un papel fundamental en la respiración. Cuando el diafragma se contrae de forma repentina e incontrolada, provoca una inspiración rápida que se interrumpe inmediatamente al cerrarse las cuerdas vocales. Precisamente este brusco cierre de la glotis produce el característico sonido «hip» que todos conocemos tan bien.

Todo el proceso está controlado por el sistema nervioso autónomo, en el que desempeñan un papel clave el nervio vago (nervus vagus) y el nervio frénico (nervus phrenicus). Estos nervios conectan el cerebro con el diafragma, y su irritación desencadena toda la cadena de eventos que conduce al hipo. Es interesante destacar que, desde el punto de vista evolutivo, el hipo no tiene ninguna función aparente en el ser humano adulto; algunos científicos creen que se trata de un vestigio de un reflejo que fue útil en los ancestros de los vertebrados durante la transición del medio acuático a la tierra firme, cuando ayudaba a expulsar el agua de las branquias.

Los desencadenantes más frecuentes son comer o beber demasiado rápido, tragar grandes cantidades de aire, consumir alimentos demasiado calientes o fríos, así como el alcohol, la excitación repentina o el estrés. El estómago, que se encuentra justo debajo del diafragma, al llenarse en exceso o distenderse irrita los nervios circundantes, los cuales envían señales que provocan el espasmo. Por eso el hipo aparece con tanta frecuencia después de una comida abundante o tras beber agua con gas a grandes tragos.

La mayoría de los episodios de hipo desaparecen por sí solos en cuestión de minutos. Sin embargo, si persiste más de 48 horas, se habla de hipo persistente, y si dura más de un mes, se denomina hipo crónico. Este último puede ser síntoma de una enfermedad más grave, como inflamación del esófago, un tumor, un trastorno metabólico o una alteración del sistema nervioso central, y merece sin duda una evaluación médica.

Por qué los remedios tradicionales a veces funcionan y otras no

«Aguanta la respiración, bebe un vaso de agua al revés, deja que alguien te asuste.» ¿Quién no conoce estos clásicos consejos transmitidos de generación en generación? Sorprendentemente, algunos de ellos tienen una base fisiológica real, aunque no siempre por las razones que la gente cree.

Aguantar la respiración funciona mediante el aumento del nivel de dióxido de carbono en la sangre. Una mayor concentración de CO₂ actúa de forma calmante sobre el sistema nervioso y puede interrumpir el ciclo de contracciones involuntarias del diafragma. De manera similar funciona respirar en una bolsa de papel, consejo estándar durante décadas; aunque hoy en día los médicos no lo recomiendan demasiado por razones de seguridad (existe riesgo de hipoxia con un uso prolongado), el principio que hay detrás sigue siendo válido.

Beber agua, especialmente a pequeños sorbos o con los oídos tapados, puede estimular el nervio vago e interrumpir el bucle reflejo. El acto de tragar activa los movimientos musculares del esófago, que pueden «anular» el ritmo de los espasmos del diafragma. Un efecto similar tienen chupar hielo o tragar una cucharadita de azúcar: la estimulación física de la faringe y el esófago interrumpe la señal nerviosa repetitiva.

El susto funciona según un principio diferente: una sorpresa repentina activa el sistema nervioso simpático y provoca un estrés breve que puede interrumpir el patrón automático de comportamiento del diafragma. Es algo así como reiniciar un ordenador: una sobrecarga rápida del sistema que elimina el proceso problemático. Sin embargo, el efecto es poco fiable y depende de la intensidad de la sorpresa y de cada persona en particular.

Existen también enfoques menos tradicionales pero con respaldo científico. Uno de ellos es la llamada maniobra de Valsalva, que consiste en intentar exhalar con la boca y la nariz cerradas, lo que aumenta la presión intratorácica y puede estimular el nervio vago. Otro es el masaje directo del seno carotídeo en el cuello, que ralentiza el ritmo cardíaco y calma el sistema nervioso; sin embargo, este procedimiento solo debe realizarlo un médico.

La organización estadounidense Cleveland Clinic señala que para el hipo de corta duración los métodos caseros suelen ser suficientes, siendo los más eficaces aquellos que influyen directamente en la función del nervio vago o aumentan el nivel de CO₂ en sangre.

Remedios caseros contra el hipo: vaso de agua, azúcar, bolsa de papel y hielo

Cuándo el hipo es algo más que una simple molestia

Para la mayoría de las personas, el hipo no es más que una incomodidad pasajera. Pero existen situaciones en las que este fenómeno banal se convierte en un verdadero problema. Por ejemplo, el estadounidense Charles Osborne, de noventa y tres años, entró en el Libro Guinness de los Récords como la persona que tuvo hipo de forma ininterrumpida durante 68 años, desde 1922 hasta 1990. Su caso es una excepción extrema, pero demuestra que el hipo puede tener formas muy graves.

El hipo crónico reduce significativamente la calidad de vida: altera el sueño, dificulta comer y beber, complica la comunicación y puede provocar agotamiento y problemas psicológicos. En tales casos, los médicos recurren al tratamiento farmacológico. El medicamento más utilizado es la clorpromazina (un antipsicótico), aprobado en algunos países específicamente para el tratamiento del hipo. Otras opciones son la metoclopramida, el baclofeno o la gabapentina, y la elección depende de la causa y del estado de salud general del paciente.

En casos extremos de hipo persistente causado por irritación del nervio frénico, se recurre incluso a intervenciones quirúrgicas, como el bloqueo o la sección del nervio frénico. Sin embargo, estas son situaciones verdaderamente excepcionales que afectan solo a una pequeña fracción de los pacientes.

Es interesante señalar que el hipo aparece con mayor frecuencia en hombres que en mujeres, especialmente en su forma persistente o crónica. Los científicos aún no saben con exactitud por qué, pero se cree que influyen las diferencias hormonales y las variaciones anatómicas en la organización del sistema nervioso.

El hipo también puede ser un efecto secundario de algunos medicamentos, como los corticosteroides, las benzodiacepinas o los quimioterápicos. Los pacientes sometidos a tratamiento oncológico se quejan de él con bastante frecuencia, por lo que la investigación en este ámbito se centra intensamente en encontrar formas eficaces y seguras de aliviar el hipo en estos grupos específicos de pacientes.

Vale la pena mencionar también que el hipo aparece incluso en bebés no nacidos dentro del útero: los registros ecográficos muestran claramente cómo el feto tiene hipo ya desde el segundo trimestre del embarazo. En este caso, probablemente se trata de un entrenamiento de los músculos respiratorios y los reflejos que prepara al bebé para la vida fuera del útero. Es una de las pruebas de que el hipo es un reflejo fisiológico profundamente arraigado con una larga historia evolutiva.

¿Cómo afrontar entonces el hipo en la vida cotidiana? Imaginemos una situación que muchas personas conocen bien: estás en una reunión de trabajo, tienes una presentación ante veinte compañeros y, justo en ese momento, empiezas a tener hipo. El pánico empeora la situación, porque el estrés es en sí mismo un desencadenante. La mejor estrategia es mantener la calma, respirar profundamente de forma discreta, aguantar la respiración un momento y luego exhalar despacio. Este sencillo procedimiento aumenta el nivel de CO₂ y al mismo tiempo activa el sistema nervioso parasimpático, que calma el organismo. Si hay un vaso de agua a mano, unos pocos sorbos lentos con los oídos tapados puede ayudar a resolverlo más rápidamente.

La prevención es, por supuesto, mejor que el tratamiento. Quien sufre hipo de forma repetida y sabe qué lo desencadena puede reducir el riesgo comiendo despacio y con tranquilidad, evitando bebidas demasiado calientes o frías consumidas rápidamente una tras otra, limitando el alcohol y las bebidas carbonatadas, y no comiendo justo antes de situaciones estresantes. No se trata de ninguna revolución en el estilo de vida: basta con prestar un poco más de atención a cómo y qué comemos.

El hipo es uno de esos fascinantes recordatorios de lo complejo y, a la vez, sorprendentemente vulnerable que es el cuerpo humano. Los nervios, los músculos, los reflejos y el sistema nervioso trabajan en constante armonía, y en ocasiones esa armonía se desajusta por un momento. Por lo general, no es nada grave. Pero comprender lo que ocurre bajo la superficie no solo nos proporciona mejores herramientas para deshacernos del hipo, sino también un respeto más profundo por el extraordinario funcionamiento de nuestro organismo.

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