Por qué la naturaleza nos calma y cómo aprovecharlo
Pocos estarían en desacuerdo: bastan unos minutos entre los árboles, en un prado o junto a un río y uno se siente diferente. Los hombros se relajan, la respiración se profundiza, los pensamientos se ralentizan. No se trata solo de una imagen romántica ni de un efecto placebo. Detrás de la razón por la que la naturaleza nos calma de forma tan fiable hay décadas de investigación científica, que abarca desde los laboratorios forestales japoneses hasta las clínicas universitarias europeas. Y lo más interesante es que los principios de esta calma pueden trasladarse también al entorno de las grandes ciudades, donde la mayoría de nosotros pasa la inmensa mayoría de su tiempo.
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Qué es el forest bathing y de dónde proviene
El concepto de shinrin-yoku, es decir, literalmente "baño de bosque", fue introducido por el Ministerio de Agricultura, Silvicultura y Pesca de Japón en 1982. No se trataba de ningún concepto esotérico, sino de una estrategia sanitaria bien pensada. Japón enfrentaba entonces una epidemia de estrés asociado al exceso de trabajo y la urbanización, y las instituciones gubernamentales buscaban formas de apoyar la salud mental de la población mediante medios económicos y accesibles. El bosque resultó ser el "medicamento" ideal.
El forest bathing no implica un esfuerzo deportivo ni una excursión con mochila a la espalda. Se trata de una estancia lenta y consciente en el entorno forestal, durante la cual la persona involucra todos los sentidos: percibe el aroma de la resina y la tierra húmeda, escucha el canto de los pájaros y el susurro del viento en las copas, toca la corteza de los árboles, observa el juego de luces y sombras. No es meditación en el sentido clásico de la palabra, pero comparte con ella un elemento fundamental: la plena presencia en el momento dado. Y es precisamente esta combinación de experiencia sensorial y desaceleración la que desencadena en el cuerpo una cascada de cambios fisiológicos que la ciencia puede medir y describir.
El investigador japonés Qing Li, profesor en la Nippon Medical School de Tokio y autor del libro Shinrin-yoku: El arte japonés de la terapia forestal, dedicó más de dos décadas al estudio del impacto del entorno forestal en la salud humana. Sus trabajos publicados en revistas especializadas como Environmental Health and Preventive Medicine han demostrado repetidamente que la estancia en el bosque reduce los niveles de cortisol (la hormona del estrés), disminuye la presión arterial, ralentiza la frecuencia cardíaca y refuerza la actividad de las llamadas células NK —las asesinas naturales, que desempeñan un papel clave en el sistema inmunitario. Algunos de estos efectos persistían incluso una semana después de una única estancia de tres horas en el bosque. Son cifras que interesarían incluso al médico más escéptico.
Pero ¿qué es exactamente lo que provoca estos cambios en el entorno forestal? Uno de los factores clave son los fitoncidas —compuestos orgánicos volátiles que los árboles y las plantas liberan al aire como parte de su defensa natural contra plagas y patógenos. Las coníferas, especialmente los pinos, cedros y cipreses, producen fitoncidas en concentraciones particularmente altas. Cuando inhalamos estas sustancias, nuestro organismo responde fortaleciendo la respuesta inmunitaria. Li demostró en sus experimentos que la simple dispersión de aceites esenciales de ciprés hinoki en una habitación de hotel provocó un aumento de la actividad de las células NK en los sujetos de prueba; la naturaleza actúa, por tanto, en parte también a nivel bioquímico, a través de sustancias que ni siquiera percibimos conscientemente.
A esto se suman otros mecanismos. La teoría de la biofilia, desarrollada por el biólogo de Harvard Edward O. Wilson, supone que los seres humanos tienen una necesidad evolutivamente codificada de contacto con la naturaleza, ya que durante cientos de miles de años vivieron en un entorno natural y su cerebro sigue "configurado" para ello. El entorno urbano, con su flujo constante de estímulos —ruido del tráfico, pantallas parpadeantes, multitudes—, exige la llamada atención dirigida, que resulta agotadora. La naturaleza, en cambio, ofrece lo que los psicólogos Rachel y Stephen Kaplan, de la Universidad de Míchigan, denominaron "fascinación": estímulos suaves y no intrusivos (el movimiento de las hojas, el fluir del agua, el vuelo de una mariposa) que atraen la atención pero no la agotan. Así, el cerebro descansa sin "apagarse" y recupera su capacidad de concentración y toma de decisiones.
Existe también la teoría de la reducción del estrés, formulada por Roger Ulrich, investigador sueco-estadounidense en el campo de la psicología ambiental. Ulrich se hizo famoso, entre otras cosas, por un estudio de 1984 publicado en la prestigiosa revista Science, en el que demostró que los pacientes operados de vesícula biliar que tenían vistas a árboles desde la ventana del hospital se recuperaban más rápido, necesitaban menos analgésicos y recibían el alta antes que los pacientes con vistas a un muro de ladrillo. Este estudio se convirtió en una de las pruebas más citadas de que el contacto visual con la naturaleza tiene un impacto medible en la salud física.
Cuando se unen todos estos hallazgos, emerge una imagen bastante clara: la naturaleza no nos calma solo porque sea "bonita" o porque nos permita descansar del trabajo. Actúa sobre nosotros en múltiples niveles simultáneamente: químicamente a través de los fitoncidas, neurológicamente gracias al alivio de los sistemas de atención, psicológicamente mediante la sensación de seguridad y la afinidad evolutivamente arraigada hacia el entorno natural. Es un mecanismo complejo y multicapa que funciona incluso cuando no somos conscientes de él.
Pero la pregunta práctica es: ¿cómo aprovechar todo esto cuando uno vive en un bloque de pisos en las afueras de Praga, Brno u Ostrava y el bosque más cercano está a media hora en autobús?
Cómo trasladar el poder de la naturaleza a la vida urbana
La buena noticia es que no es necesario vivir aislado en medio de la Šumava para beneficiarse del contacto con la naturaleza. Las investigaciones muestran que incluso formas relativamente breves y poco exigentes de contacto con el verde aportan beneficios demostrables. Un estudio publicado en 2019 en la revista Scientific Reports descubrió que las personas que pasaban al menos 120 minutos semanales en un entorno natural mostraban niveles significativamente más altos de salud subjetiva y bienestar que quienes no pasaban ningún tiempo en la naturaleza. Además, no importaba si se trataba de una visita larga o de varias más cortas: lo importante era el volumen total de tiempo.
Ciento veinte minutos semanales son menos de veinte minutos al día. Ese tiempo puede encontrarlo prácticamente cualquier persona, incluso en un entorno urbano densamente edificado. Basta con mirar un poco alrededor y empezar a percibir la naturaleza allí donde ya está, solo que quizá la pasamos por alto.
Los parques urbanos son el lugar más evidente por donde empezar. No se trata de atravesar el parque de camino al trabajo, sino de permanecer conscientemente en él: sentarse en un banco, cerrar los ojos un momento y escuchar qué sonidos ofrece el entorno. Incluso un parque relativamente pequeño con varios árboles adultos puede crear un microislote climático donde el aire es más limpio, la temperatura más baja y el nivel de ruido está reducido. Además, muchas ciudades checas han invertido en los últimos años en la revitalización de espacios verdes; como ejemplo pueden servir el parque praguense de Stromovka, los jardines Lužánky de Brno o los jardines Smetanovy sady de Olomouc.
Pero la naturaleza en la ciudad no hay que buscarla solo en los parques. La jardinería y el cuidado de plantas de interior son otra forma de acercarse a la naturaleza. Estudios de Holanda y Japón han demostrado repetidamente que tan solo treinta minutos de trabajo en el jardín reducen los niveles de cortisol de manera más eficaz que treinta minutos de lectura en interior. ¿No tiene jardín? No importa: incluso la jardinería en el balcón o el cuidado de hierbas aromáticas en el alféizar de la ventana representan una forma de contacto con la naturaleza viva que recuerda al cerebro el entorno en el que se siente en casa.
Un concepto interesante que se ha ido abriendo camino en los últimos años tanto en el urbanismo como en el enfoque individual de la vivienda es el llamado diseño biofílico —es decir, la integración de elementos naturales en la arquitectura y el diseño de interiores. Puede tratarse de muros verdes, materiales naturales como la madera y la piedra, elementos de agua, abundante luz natural o incluso simples vistas al verde. Según investigaciones de la empresa Human Spaces, las oficinas diseñadas conforme a los principios del diseño biofílico muestran hasta un 15 % más de productividad de los empleados y un 6 % más de creatividad. Es un argumento convincente incluso para quienes perciben la naturaleza más como un telón de fondo que como una necesidad.
Otra estrategia práctica para estar más en contacto con la naturaleza incluso en plena ciudad consiste en replantearse las rutas y los hábitos cotidianos. En lugar del camino más corto al trabajo, probar el que pasa por el parque o a lo largo del río. En lugar de almorzar frente al ordenador, coger un sándwich y comerlo fuera, bajo un árbol. En lugar de hacer scroll en las redes sociales antes de dormir, salir a pasear al anochecer y escuchar los sonidos nocturnos. Estos pequeños cambios no requieren ningún equipamiento especial, ninguna entrada ni ningún desplazamiento, solo la decisión consciente de dar a la naturaleza un poco más de espacio en la vida cotidiana.
La señora Marcela, de Liberec, profesora de primaria, describió su experiencia con estas palabras: "Empecé a ir cada mañana antes del trabajo durante veinte minutos al parque junto a la escuela. Nada de senderismo, nada de ropa deportiva: simplemente iba y miraba los árboles. Después de tres semanas me di cuenta de que había dejado de sentir ese nudo en el estómago al levantarme por las mañanas." Su historia no es un caso aislado e ilustra lo que confirman las investigaciones: la regularidad y la presencia consciente son más importantes que la duración o la intensidad de la estancia en la naturaleza.
Como dijo el profesor japonés Qing Li: "El bosque es como un terapeuta que nunca cobra y siempre tiene hueco." En eso radica la belleza del forest bathing: es uno de los pocos métodos terapéuticos que es gratuito, no tiene efectos secundarios y está al alcance de prácticamente todo el mundo.
Merece la pena señalar que el contacto con la naturaleza no es solo una cuestión de salud individual, sino también de una relación más amplia con el medio ambiente. Investigaciones en el campo de la psicología ambiental sugieren que las personas que pasan más tiempo en la naturaleza desarrollan un vínculo emocional más fuerte con ella y están más dispuestas a comportarse de manera ecológicamente responsable: reciclan, reducen su consumo, eligen productos sostenibles. Es lógico: difícilmente protegerás algo con lo que no tienes ninguna relación. En este sentido, el forest bathing no es solo una tendencia de bienestar, sino potencialmente también un camino hacia un modo de vida más sostenible.
Para quienes deseen invertir en el contacto con la naturaleza también a través de su hogar, puede ser inspiradora la elección de materiales naturales y productos ecológicos para el hogar —desde ropa de cama de algodón, pasando por complementos de madera, hasta cosmética natural. Cada uno de estos objetos es un pequeño recordatorio del mundo al otro lado de la ventana y puede funcionar como un ancla sensorial que recuerda al cerebro el entorno natural incluso en interiores.
La ciencia detrás del forest bathing es sólida y sigue creciendo. Cada año se suman nuevos estudios que confirman y amplían lo que intuitivamente intuimos desde tiempos inmemoriales: que los seres humanos necesitan la naturaleza tanto como la naturaleza nos necesita a nosotros. No hace falta convertirse en un ermitaño del bosque ni completar un curso certificado de shinrin-yoku. Basta con salir mañana diez minutos antes, detenerse bajo la copa de un tilo y simplemente respirar un momento. Ese árbol estará ahí esperándote.