# Regreso a una misma después de la baja maternal
Volver al trabajo después de la baja maternal, o simplemente regresar a la vida "normal", suele ser una experiencia difícil de describir para muchas mujeres. Uno esperaría alegría, alivio, quizás un poco de nostalgia, y en cambio llega una sensación como la de ponerse un abrigo que ha dejado de quedar bien. El mismo trabajo, los mismos amigos, la misma ciudad, pero algo fundamental ha cambiado por dentro. Esta desorientación no es debilidad ni sensibilidad exagerada. Es la consecuencia natural de una de las transformaciones más profundas que el cerebro y el cuerpo humanos pueden experimentar.
Los psicólogos y neurocientíficos hablan hoy de un fenómeno llamado matrescencia, término que la antropóloga Dana Raphael utilizó por primera vez en los años 70 y que en los últimos años regresa al debate especializado con nueva fuerza. Se trata de un período de transición durante el cual la mujer se convierte en madre, y su alcance es comparable al de la pubertad. Así como en la adolescencia cambian el cuerpo, el cerebro, la identidad y las relaciones con los demás, lo mismo ocurre en la transición a la maternidad, solo que esta vez sin reconocimiento social, sin guía y generalmente en medio de una privación crónica de sueño.
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Qué ocurre en el cerebro y el cuerpo
Investigaciones publicadas en revistas especializadas como Nature Neuroscience han demostrado que el embarazo y el parto producen cambios medibles en la estructura cerebral de la mujer. La materia gris en las áreas relacionadas con la empatía, la percepción social y la capacidad de interpretar las necesidades de los demás se reorganiza, y estos cambios persisten durante años después del parto. El cerebro de la madre se reconfigura literalmente para estar mejor equipado para el cuidado del bebé. El efecto secundario, sin embargo, es que la mujer que regresa al mundo que la conocía "de antes" puede sentir que está en una piel ajena.
A esto se suman fluctuaciones hormonales de una magnitud sin precedentes en la vida adulta de la mujer. El estrógeno y la progesterona, que durante el embarazo se encuentran en niveles extremadamente altos, caen bruscamente tras el parto. La oxitocina, la hormona del vínculo y la confianza, fluctúa en función de la lactancia y el contacto físico con el bebé. El cortisol, la hormona del estrés, suele estar crónicamente elevado debido a la vigilancia constante y la falta de sueño. El resultado es un cóctel que influye en el estado de ánimo, la memoria, la capacidad de concentración y la percepción del propio valor. No es de extrañar que muchas mujeres describan el primer año después del parto como un período en el que se "pierden a sí mismas".
El aspecto físico es, sin embargo, solo una parte del cuadro. Igual de profunda, y quizás aún menos visible, es la transformación de la identidad. ¿Quién soy ahora? ¿Sigo siendo aquella ambiciosa directora de proyectos, o soy principalmente mamá? ¿Puedo ser ambas cosas? ¿Y qué pasa si este nuevo rol me gusta más de lo que esperaba, o por el contrario menos?
Estas preguntas no son un lujo filosófico. Son la realidad cotidiana de millones de mujeres que intentan reconciliar dos versiones de sí mismas: la que existía antes del bebé y la que surgió después.
El síndrome de "no soy yo" tiene nombre y causas
Uno de los sentimientos más frecuentes que las mujeres expresan después de la baja maternal es la sensación de haberse perdido a sí mismas. En inglés se ha acuñado la expresión identity loss, pérdida de identidad, y las investigaciones confirman repetidamente que se trata de un problema real, extendido y subestimado. Un estudio publicado en el Journal of Personality and Social Psychology reveló que la transición a la parentalidad es uno de los mayores "sacudones de identidad" en la vida adulta, y que en las mujeres este impacto suele ser más pronunciado que en los hombres, en parte porque ellas siguen cargando con una parte desproporcionadamente mayor del cuidado invisible del hogar y la familia.
Un ejemplo es Markéta, una diseñadora gráfica de treinta y tres años de Brno que volvió a trabajar a media jornada en su empleo anterior tras dos años de baja maternal. "Creía que tenía ganas de volver", dice. "Y las tenía. Pero el primer día en la oficina me senté ante el ordenador y no supe qué hacer conmigo misma. Como si me faltara alguien a quien no había conocido en años, y al mismo tiempo no podía esperar a ser de nuevo solo yo." Esta paradoja, el deseo de tiempo propio y al mismo tiempo la sensación de vacío o culpa cuando por fin se tiene, es absolutamente típica en muchas madres.
También juega un papel la llamada carga cognitiva de la maternidad, a la que se refiere, por ejemplo, la socióloga y escritora Gemma Hartley en su libro Fed Up. La planificación constante, la anticipación de necesidades, la organización de la vida familiar, todo ello transcurre en un segundo plano de cualquier otra actividad y agota la capacidad mental que antes se destinaba a otras cosas. Una mujer que antes del parto gestionaba sin problemas proyectos laborales complejos puede tener de repente la sensación de que "su pensamiento ha dejado de funcionar". En realidad, su cerebro simplemente está procesando una enorme cantidad de información diferente.
Esto lo expresa perfectamente la cita de la psicóloga australiana Oscar Serrallach, que lleva años dedicándose a la matrescencia: "Las madres no están agotadas porque sean débiles. Están agotadas porque cargan con demasiado, y lo hacen en su mayor parte de forma invisible."
Qué hacer: pasos concretos para encontrar el equilibrio
Ser consciente de que esta transformación es normal y tiene raíces biológicas y sociales ya es en sí mismo un alivio. Pero no es suficiente. ¿Qué ayuda realmente a las mujeres que después de la baja maternal se sienten extranjeras en su propia vida?
Lo fundamental es ante todo nombrar lo que está ocurriendo, y hacerlo sin autoinculpación. Muchas mujeres se avergüenzan de sus sentimientos porque se sienten ingratas: tienen un bebé sano, una relación que funciona, trabajo, y aun así se sienten perdidas. Pero precisamente este acto de nombrar, idealmente compartiéndolo con alguien cercano o con un profesional, abre el camino hacia un cambio real. Los enfoques terapéuticos centrados en los períodos de transición de identidad, como la terapia narrativa o los enfoques basados en la ACT (terapia de aceptación y compromiso), han demostrado buenos resultados en este contexto.
Igual de importante es dejar de buscar el "yo de antes" y permitirse explorar quién se es ahora. Esto no significa renunciar a las aficiones, los amigos o las ambiciones que se tenían antes del bebé. Significa aceptar que la nueva versión de una misma es una ampliación, no un reemplazo de la anterior. A veces en este proceso se descubre que las prioridades antiguas ya no resuenan, y eso está bien. Otras veces se comprueba que los deseos que se tenían siguen siendo propios, solo necesitan un tiempo o una forma diferente.
También juega un papel importante el cuidado del cuerpo, que suele descuidarse sistemáticamente después de la baja maternal. No se trata de planes dietéticos ni de ejercicio como rendimiento, sino de cosas básicas que el cerebro y el sistema hormonal necesitan para funcionar. Suficiente sueño (aunque sea fragmentado), movimiento al aire libre, una alimentación rica en nutrientes que apoyen el equilibrio hormonal y la microbiota intestinal. Las investigaciones muestran repetidamente que las bacterias intestinales tienen una influencia directa en el estado de ánimo y la salud mental a través del llamado eje intestino-cerebro, y precisamente después del parto la microbiota intestinal suele estar notablemente alterada. Incorporar alimentos fermentados, suficiente fibra o probióticos de calidad puede ser una herramienta sorprendentemente eficaz dentro del mosaico general del autocuidado.
Una parte importante del regreso a una misma es también construir comunidad. El aislamiento es uno de los mayores factores de riesgo tanto de la depresión posparto como de la pérdida prolongada de identidad. Ya sea a través de grupos de madres, amigos que te conocían "de antes" y te aceptan "de ahora", o comunidades en línea de mujeres que atraviesan un período similar, la conciencia de no estar sola tiene un efecto terapéutico demostrable. La Organización Mundial de la Salud, en sus recomendaciones sobre salud mental materna, subraya el apoyo social como uno de los factores de protección más importantes.
Y luego está el trabajo con la pareja o los seres queridos. La transformación de la identidad es, en efecto, un asunto que afecta a todo el sistema familiar. Las parejas, los padres, los amigos, todos tienden a esperar que la mujer "vuelva a la normalidad" sin darse cuenta de que esa normalidad ha cambiado de forma irreversible. Una conversación abierta sobre lo que ocurre por dentro puede ser incómoda, pero es imprescindible. La terapia de pareja o el asesoramiento familiar durante este período no son señal de fracaso, sino una expresión de cuidado hacia la relación.
Por último, merece la pena mencionar el papel de los rituales cotidianos y los pequeños momentos que son solo para una misma. El café de la mañana en silencio, leer antes de dormir, un paseo sin cochecito, una actividad creativa, la meditación, cualquier cosa que recuerde que se existe más allá del rol de madre. Estos momentos no son egoísmo. Son higiene básica de la salud mental y, a largo plazo, de ellos se beneficia toda la familia.
La maternidad transforma a la mujer de una manera que nuestra sociedad todavía no sabe apreciar ni nombrar plenamente. Y sin embargo, precisamente esta transformación, esa desorientación, esa sensación de extrañeza en la propia vida, es la prueba de la profundidad de lo que la mujer ha vivido. No es una crisis de identidad. Es su reconstrucción. Y como toda gran reforma, esta también necesita tiempo, paciencia y las herramientas adecuadas, no un resultado perfecto al primer intento.