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La noche llega después de un largo día y llega el momento en que tanto el cuerpo como la mente piden descanso. Sin embargo, precisamente entonces muchos de nosotros nos encontramos frente a la nevera abierta con una pregunta que no tiene una respuesta sencilla: ¿comer algo más o aguantar hasta la mañana? Y si la respuesta es sí, ¿qué elegir para que el tentempié nocturno no arruine el sueño ni mantenga el estómago trabajando toda la noche? La respuesta a esta pregunta aparentemente simple puede influir de manera decisiva en la calidad del descanso, el bienestar matutino y la salud en general.

La relación entre la alimentación y el sueño es más profunda de lo que parece a primera vista. Numerosas investigaciones demuestran que lo que comemos en las últimas horas del día influye directamente en la rapidez con que nos dormimos, la profundidad del sueño y cómo nos despertamos por la mañana. Según un estudio publicado en la revista especializada Journal of Clinical Sleep Medicine, una dieta rica en grasas saturadas y azúcares está asociada con un sueño más ligero y menos reparador, mientras que los alimentos que contienen ciertos aminoácidos y minerales pueden favorecer considerablemente el proceso de conciliar el sueño.


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Por qué la comida nocturna importa más de lo que creemos

El cuerpo no deja de trabajar por la noche. Mientras la conciencia descansa, el sistema digestivo, el corazón, el hígado y el cerebro continúan con su actividad, aunque a un ritmo más lento. Si al final del día les imponemos demasiado trabajo en forma de comidas pesadas, grasas o picantes, perturbamos el delicado ritmo nocturno del organismo. Las comidas pesadas justo antes de dormir prolongan el tiempo de digestión, elevan la temperatura corporal y pueden provocar ardor de estómago o una desagradable sensación de plenitud, que simplemente imposibilita un descanso eficaz.

Por otro lado, irse a dormir completamente hambriento tampoco es la solución ideal. El estómago vacío puede provocar inquietud, despertares a mitad de la noche o incluso hipoglucemia nocturna, una bajada del nivel de azúcar en sangre que el cerebro percibe como una señal de estrés. La clave, por tanto, no es la abstinencia, sino elegir los alimentos adecuados en el momento oportuno.

Tomemos como ejemplo a Markéta, una profesora de treinta años que llevaba tiempo lidiando con un sueño de mala calidad. Se dormía tarde, se despertaba por las noches y amanecía cansada. Tras visitar a un nutricionista, descubrió que su ritual nocturno —una gran ración de pasta con salsa de nata alrededor de las nueve de la noche— era el principal culpable. En cuanto pasó a cenar más ligero y más temprano, y resolvió el hambre antes de dormir con un puñado de frutos secos o un vaso de leche caliente, la calidad de su sueño mejoró notablemente en pocas semanas.

La experiencia de Markéta no es excepcional. Los expertos en nutrición y medicina del sueño coinciden en que el momento ideal para la última comida importante es de dos a tres horas antes de acostarse. Si aun así el hambre aparece justo antes de dormir, no hay motivo para alarmarse: basta con saber qué elegir.

Alimentos que ayudan a dormir y no molestan al estómago

Existen alimentos con la capacidad natural de favorecer el sueño. Su secreto reside con frecuencia en el contenido de triptófano, un aminoácido que es el precursor de la serotonina y la melatonina, dos hormonas clave que regulan el estado de ánimo y el ciclo del sueño. El triptófano se encuentra de forma natural en una amplia variedad de alimentos de fácil acceso, por lo que no es necesario recurrir a suplementos.

El plátano es una de las opciones más accesibles y prácticas. Contiene no solo triptófano, sino también magnesio y potasio, que relajan la tensión muscular y contribuyen a la calma general del organismo. Además, es fácilmente digerible y el estómago lo procesa sin dificultad incluso a horas tardías. De manera similar actúan las cerezas, que son una de las pocas fuentes naturales de melatonina. Un vaso de zumo de cereza sin diluir o un puñado de cerezas frescas puede, según algunos estudios, reducir el tiempo necesario para conciliar el sueño y prolongar su duración total.

Otro aliado probado es la leche caliente. Este remedio de toda la vida tiene una sólida base científica: la leche contiene triptófano y calcio, que ayuda al cerebro a utilizar el triptófano de manera más eficiente. Además, el propio ritual de tomar una bebida caliente antes de dormir tiene un efecto psicológico tranquilizador que no debe subestimarse. Para quienes no toleran la lactosa, las bebidas vegetales enriquecidas con calcio, como la de avena o la de almendra, son una excelente alternativa.

Sorprendentemente, los crackers integrales o los copos de avena también son una buena elección para la noche. Los carbohidratos complejos presentes en estos alimentos ayudan al triptófano a atravesar la barrera hematoencefálica hasta llegar al cerebro, donde puede realizar su función. Un pequeño bol de avena cocida en agua o leche vegetal puede ser, por tanto, un tentempié nocturno no solo sabroso, sino directamente beneficioso para el sueño.

Entre las fuentes proteicas destacan las almendras y las nueces. Las almendras son ricas en magnesio, que tiene un efecto demostrado sobre la calma del sistema nervioso y la mejora de la calidad del sueño, mientras que las nueces contienen melatonina de origen natural. Basta un pequeño puñado —unos veinte o treinta gramos— para que el cuerpo reciba lo que necesita sin sobrecargar la digestión.

El yogur, concretamente el natural sin azúcar, es otro candidato que combina un contenido favorable de triptófano con probióticos que favorecen la salud del microbioma intestinal. Y dado que las investigaciones apuntan cada vez más a que el microbioma intestinal y la calidad del sueño están interrelacionados, se trata de una elección que tiene sentido en varios niveles.

Merece una mención especial la infusión de manzanilla. Esta bebida herbal contiene apigenina, un antioxidante que se une a receptores específicos del cerebro e induce una sensación de calma y somnolencia. Una taza de manzanilla sin azúcar es una de las formas más sencillas y naturales de indicarle al cuerpo que ha llegado el momento del descanso.

Qué evitar si queremos dormir como un bebé

Igual de importante que saber qué comer es saber qué evitar antes de dormir. En primer lugar está la cafeína, y no solo en forma de café. El té, el chocolate negro, algunos refrescos y las bebidas energéticas contienen cafeína, cuya vida media en el organismo es de aproximadamente cinco a seis horas. Un refresco de cola a las ocho de la tarde puede seguir activo en el torrente sanguíneo a las dos de la madrugada e impedir el sueño natural.

El alcohol es otro gran mito. Mucha gente cree que una copa de vino antes de dormir ayuda a conciliar el sueño, y en parte tienen razón, ya que el alcohol efectivamente reduce el tiempo necesario para dormirse. Sin embargo, también altera la segunda mitad del ciclo del sueño, suprime la fase REM imprescindible para la consolidación de la memoria y el procesamiento emocional, y provoca despertares tempranos. El resultado es un sueño que llega rápido pero que no es reparador.

Las comidas picantes, los platos fritos y grasos y las grandes porciones de carne son procesados por el sistema digestivo de manera lenta y laboriosa. El cuerpo debe invertir una cantidad considerable de energía en digerirlos, lo que aumenta la actividad metabólica justo cuando debería estar disminuyendo. Además, los alimentos picantes pueden irritar el esófago y provocar reflujo, un ardor desagradable que se intensifica en posición horizontal.

También hay que tener cuidado con un consumo elevado de azúcares simples justo antes de acostarse. Los dulces, las galletas o las bebidas azucaradas provocan un rápido aumento del nivel de azúcar en sangre seguido de una caída igual de rápida. Esta fluctuación puede despertar a mitad de la noche y generar sensación de hambre o inquietud. Como señaló acertadamente el neurocientífico estadounidense Matthew Walker en su libro Por qué dormimos: «El sueño es lo más eficaz que podemos hacer por nuestra salud, y cada día lo saboteamos sistemáticamente».

No se trata solo de qué comemos, sino también de cuánto comemos. Incluso un alimento saludable y fácil de digerir, si se consume en grandes cantidades, puede provocar una desagradable sensación de estómago lleno que dificulta conciliar el sueño. El tentempié nocturno antes de dormir debería ser realmente ligero, idealmente entre 150 y 250 kilocalorías, y no una comida completa.

Una guía práctica puede ser también observar la propia reacción del cuerpo. Cada persona es diferente y lo que ayuda a una a dormir puede mantener a otra despierta. Un diario alimentario llevado durante dos o tres semanas, en el que se anote lo que se ha comido y cómo se ha dormido, puede revelar patrones personales muy concretos que ningún consejo general puede sustituir.

La elección del tentempié nocturno forma parte del concepto más amplio de la llamada higiene del sueño: un conjunto de hábitos que juntos crean las condiciones para un descanso nocturno de calidad. Esto incluye un horario regular para acostarse, la reducción de la luz azul de las pantallas, una temperatura adecuada en el dormitorio y, precisamente, la elección consciente de lo que el cuerpo recibe como último combustible antes del ciclo nocturno. Estas decisiones cotidianas aparentemente pequeñas se traducen, en conjunto, en energía, estado de ánimo, inmunidad y rendimiento cognitivo, es decir, en todo lo que importa.

La buena noticia es que el cambio no tiene que ser radical ni complicado. Un plátano en lugar de chocolate, una infusión de manzanilla en lugar de una copa de vino, un puñado de almendras en lugar de un puñado de patatas fritas saladas: estos pequeños ajustes son fácilmente realizables para la mayoría de las personas y, sin embargo, pueden traer una mejora sorprendentemente notable en la calidad del sueño. Y un sueño de calidad, como confirma cada vez más la ciencia, no es un lujo ni una pereza: es la base sobre la que se sostiene todo lo demás.

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