# El microbioma infantil y los antibióticos en los primeros años de vida
Todos los padres lo conocen. El niño llega a casa con mocos, fiebre o dolor de garganta y, a los pocos días, están sentados en la consulta del pediatra con la esperanza de obtener una receta de antibióticos que "por fin solucione el problema". Sin embargo, la situación es más compleja de lo que parece, y la decisión de administrar antibióticos o esperar puede influir no solo en la enfermedad actual, sino también en la salud del niño a lo largo de los años, quizás de toda su vida.
En las últimas dos décadas, la ciencia ha revelado algo fascinante: el microbioma intestinal del niño no es simplemente una parte pasiva del sistema digestivo, sino un ecosistema vivo que influye de manera determinante en la inmunidad, el estado de ánimo, el metabolismo y la resistencia a las enfermedades. Y los antibióticos intervienen en este ecosistema de una manera que la mayoría de los padres e incluso de los médicos no llegan a comprender plenamente.
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Qué es el microbioma infantil y por qué importa
El intestino humano alberga aproximadamente 38 billones de microorganismos —bacterias, virus, hongos y otros habitantes microbianos— cuyo número total se aproxima al de las células de todo el cuerpo humano. Este microbioma comienza a formarse ya en el momento del parto, cuando el recién nacido atraviesa el canal de parto y recibe las primeras bacterias de su madre. La lactancia materna desarrolla aún más este proceso: la leche materna contiene oligosacáridos especiales que sirven de alimento precisamente para las bacterias beneficiosas del intestino del bebé.
Los primeros mil días de vida —es decir, el período desde la concepción hasta el segundo cumpleaños del niño— son absolutamente cruciales para el desarrollo del microbioma. Durante este tiempo, la comunidad microbiana todavía se está formando, es inestable y extraordinariamente sensible a las influencias externas. El modo de parto, la alimentación, el entorno, el contacto con animales y también el uso de medicamentos: todo ello deja huellas en el microbioma que pueden perdurar años. Las investigaciones de la Organización Mundial de la Salud y numerosos estudios independientes confirman que la alteración del microbioma en la primera infancia está asociada con un mayor riesgo de desarrollar alergias, asma, obesidad, diabetes tipo 2 y algunas enfermedades autoinmunes.
Imaginemos el microbioma como una selva densa: cada especie de bacteria cumple su función, mantiene el equilibrio e impide la invasión de huéspedes no deseados. Cuando los antibióticos entran en esta selva, no cae un solo árbol. Puede producirse una calamidad a gran escala, tras la cual el paisaje tarda mucho en recuperarse y no siempre vuelve a su estado original.
Cómo actúan los antibióticos sobre el microbioma infantil
Los antibióticos son medicamentos que salvan vidas. Este es un hecho que hay que subrayar desde el principio. La meningitis bacteriana, la neumonía grave, la sepsis: son situaciones en las que los antibióticos no solo pueden administrarse, sino que deben administrarse. El problema surge cuando se prescriben de forma innecesaria, preventiva o ante enfermedades virales en las que no tienen ningún efecto terapéutico.
Los antibióticos no distinguen entre bacterias "buenas" y "malas". Actúan de manera indiscriminada y, en su intervención, eliminan también aquellos microorganismos que son esenciales para la salud del niño. Un estudio publicado en la revista científica Nature mostró que, tras un solo ciclo de antibióticos, el microbioma del niño puede tardar varios meses en recuperarse al estado previo al tratamiento, y en algunos casos la recuperación completa no llega a producirse. Con el uso repetido de antibióticos en la primera infancia, el riesgo de cambios permanentes en la composición del microbioma aumenta considerablemente.
Los primeros tres años de vida son especialmente vulnerables. Es precisamente entonces cuando el microbioma intestinal se construye y diversifica, y es también cuando los niños enferman con más frecuencia y los antibióticos se prescriben con mayor asiduidad. Según datos de la Sociedad Checa de Vacunología y estudios europeos, el niño promedio recibe entre tres y cuatro ciclos de antibióticos antes de los seis años. Algunos niños reciben bastantes más. Cada intervención puede dejar una huella.
Es importante conocer qué situaciones concretas requieren precaución:
- Infecciones virales de las vías respiratorias superiores: el resfriado común, el catarro habitual y la mayoría de los dolores de garganta están causados por virus, sobre los que los antibióticos no tienen ningún efecto
- Otitis media en niños mayores: las asociaciones pediátricas internacionales recomiendan, en los casos no complicados, esperar primero entre 48 y 72 horas y observar la evolución
- Enfermedades diarreicas: la mayoría son de origen viral o alimentario, y el tratamiento antibiótico no solo es innecesario, sino que puede empeorar el estado
- Bronquitis recurrente: si no va acompañada de complicaciones bacterianas, los antibióticos no resuelven la situación y pueden contribuir al desarrollo de resistencias
Cuándo administrar antibióticos sin dudarlo
Por otro lado, existen situaciones en las que la administración de antibióticos está completamente justificada y retrasar el tratamiento supondría arriesgar la salud del niño. La angina bacteriana causada por estreptococo del grupo A es el ejemplo clásico: correctamente diagnosticada y tratada con antibióticos, protege al niño de complicaciones como la fiebre reumática o el daño renal. Del mismo modo, la neumonía bacteriana, las infecciones del tracto urinario, la enfermedad de Lyme o las infecciones cutáneas graves son situaciones en las que los antibióticos no solo ayudan, sino que son imprescindibles.
La clave está en un diagnóstico correcto. Y aquí nos encontramos con uno de los mayores problemas de la pediatría actual: distinguir una infección bacteriana de una viral no siempre es sencillo. Fiebre, cansancio, dolor de garganta: pueden ser síntomas de ambas. Por eso existen pruebas diagnósticas rápidas, como el test de estreptococo o el test de PCR a partir de una gota de sangre, que ayudan al médico a decidir si realmente debe prescribir antibióticos. Los padres no deben dudar en preguntar por una de estas pruebas si el médico extiende la receta únicamente basándose en el cuadro clínico.
Como resume acertadamente el gastroenterólogo infantil y experto en microbioma Martin Blaser en su libro Missing Microbes: "Los antibióticos son como un arma nuclear en la lucha contra la infección: a veces necesarios, pero siempre con daños colaterales."
Cómo proteger el microbioma infantil durante un tratamiento antibiótico necesario
Si hay que administrar antibióticos —y a veces simplemente hay que hacerlo—, existen formas de reducir su impacto sobre el microbioma. El tema más frecuentemente mencionado es el de los probióticos. Las evidencias científicas sobre su beneficio durante el tratamiento antibiótico son cada vez más numerosas: una revisión Cochrane de estudios de 2019 confirmó que la administración de probióticos de forma simultánea con los antibióticos reduce en más del 50% el riesgo de diarrea asociada a antibióticos en niños.
Es importante elegir probióticos con cepas de eficacia demostrada, preferiblemente Lactobacillus rhamnosus GG o Saccharomyces boulardii, cuya efectividad está respaldada por estudios. Los probióticos deben administrarse con un intervalo de al menos dos horas respecto al antibiótico para evitar su destrucción inmediata.
Igual de importante es la alimentación. Los alimentos fermentados como el yogur natural, el kéfir o el chucrut apoyan de forma natural la recuperación del microbioma, incluso en niños pequeños. La fibra de frutas, verduras y cereales integrales sirve de alimento para las bacterias beneficiosas y contribuye a su multiplicación más rápida tras el tratamiento antibiótico. Por el contrario, el azúcar y los alimentos ultraprocesados debilitan el microbioma y ralentizan su recuperación.
El tiempo en la naturaleza, el contacto con la tierra y los animales y la actividad física al aire libre son factores que quizás parecen no guardar relación con los antibióticos, pero las investigaciones demuestran que la exposición natural a microorganismos diversos del entorno ayuda a enriquecer y fortalecer el microbioma del niño. Los niños que crecen en granjas o tienen animales en casa tienen estadísticamente un microbioma más rico y resistente que sus coetáneos de pisos urbanos, y al mismo tiempo presentan una menor incidencia de alergias y enfermedades autoinmunes, tal como demuestran, por ejemplo, las investigaciones de científicos finlandeses de la Universidad de Helsinki.
Los padres a veces se enfrentan a un dilema que conocen por propia experiencia: el niño lleva tres días enfermo, no duerme, llora, y la presión por encontrar una solución rápida es enorme. Petra, una madre de Brno, describe cómo fue al médico con su hija convencida de que "necesitaba antibióticos". Sin embargo, el médico la tranquilizó, realizó una prueba rápida y explicó que se trataba de una infección viral. Le recetó gotas nasales, ibuprofeno y reposo. A los cuatro días, el niño estaba sano, sin antibióticos y sin intervención sobre el microbioma. "Fue entonces cuando comprendí por primera vez que no toda fiebre requiere antibióticos", dice Petra.
Esta historia no es excepcional. Es exactamente el escenario hacia el que la pediatría moderna y la investigación sobre el microbioma avanzan conjuntamente: menos antibióticos innecesarios, más atención a la inmunidad natural y al equilibrio microbiano, y más confianza en que el organismo infantil puede hacer frente a muchas infecciones por sí solo, si le damos tiempo y el apoyo adecuado.
Un microbioma sano no es algo que se da por sentado, sino una inversión. Cada decisión que toman los padres y los médicos en los primeros años del niño —qué come, cómo vive, qué medicamentos recibe— queda registrada en este ecosistema. Y cuanto mejor se construya el microbioma en la infancia, más sólida será la base de salud que el niño llevará consigo al futuro. Los antibióticos desempeñan su papel en todo esto, pero únicamente cuando son realmente necesarios.