La placenta como órgano merece mayor atención
La placenta es uno de los órganos más extraordinarios que el cuerpo humano crea jamás, y sin embargo se habla de ella sorprendentemente poco. Surge junto con el embarazo, cumple una función insustituible durante los nueve meses completos y, tras el parto, generalmente se aparta en silencio, sin que la mayoría de las madres primerizas lleguen a ser conscientes de lo que abandona su cuerpo. Y sin embargo, se trata de un órgano que merece mucha más atención, no solo desde el punto de vista biológico.
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La placenta como órgano: ¿qué hace exactamente?
La placenta comienza a desarrollarse poco después de que el óvulo se implanta en el endometrio y, hacia el final del primer trimestre, asume un papel fundamental en el suministro al feto. Funciona como puente entre la madre y el bebé: transporta oxígeno, nutrientes, anticuerpos y hormonas, y al mismo tiempo elimina los productos de desecho y el dióxido de carbono de vuelta a la circulación materna. Es, en esencia, un filtro temporal pero extraordinariamente eficiente, un regulador y un centro de comunicación todo en uno.
Lo que resulta verdaderamente fascinante de la placenta es su papel inmunológico. La placenta protege activamente al feto del sistema inmunitario de la madre, que de otro modo podría reconocerlo como un cuerpo extraño y atacarlo. Crea una especie de tregua inmunológica, y al mismo tiempo produce por sí misma hormonas como la progesterona o la gonadotropina coriónica humana (hCG), que es la base de las pruebas de embarazo. Según información de la Organización Mundial de la Salud, el correcto funcionamiento de la placenta es fundamental para el desarrollo saludable del feto, y las complicaciones relacionadas con ella se encuentran entre las principales causas de mortalidad perinatal en todo el mundo.
La placenta alcanza en el parto un peso promedio de aproximadamente 500 gramos y tiene una forma característica que recuerda a un disco o a un pastel plano; de hecho, precisamente de ahí proviene su nombre, ya que la palabra latina placenta significa literalmente «pastel plano». Tras el nacimiento del bebé llega el llamado tercer período del parto, durante el cual se produce la expulsión de la placenta. Las matronas la examinan de forma rutinaria para asegurarse de que no queden restos de tejido en el útero que pudieran causar hemorragias o infecciones.
¿Qué ocurre con la placenta en los hospitales?
Aquí llega el momento que muchas mujeres no llegan a registrar, y sin embargo se trata de una decisión que les concierne directamente a ellas y a su cuerpo. En la mayoría de los hospitales checos, la placenta, tras el control rutinario, se considera residuo biológico y se elimina de acuerdo con la normativa higiénica correspondiente para la gestión de material biológico. Las mujeres raramente preguntan por ella, el personal raramente la ofrece para su examen, y así uno de los órganos más significativos del embarazo se convierte silenciosamente en parte de los residuos hospitalarios.
La situación, sin embargo, está cambiando poco a poco. Con el creciente interés por el parto natural, la maternidad consciente y los enfoques alternativos al parto, cada vez más mujeres empiezan a preguntar qué ocurre con la placenta y si tienen derecho a quedársela. La respuesta en la República Checa es clara: sí, tienen ese derecho. La placenta forma parte de su cuerpo y, si desean llevársela a casa, basta con solicitarlo, idealmente con antelación, preferiblemente ya en el plan de parto o en el momento del ingreso en la sala de partos. La mayoría de los hospitales atiende esta solicitud sin problemas, aunque las condiciones exactas (por ejemplo, el recipiente en el que se guardará la placenta) pueden variar.
Conviene saber que en el mundo existen culturas que tienen rituales profundamente arraigados en torno a la placenta. Los maoríes de Nueva Zelanda entierran tradicionalmente la placenta en la tierra como símbolo de la conexión del ser humano con la tierra de sus antepasados. En algunas culturas africanas, el entierro de la placenta es un acto ceremonial que simboliza la bienvenida a una nueva vida. Por el contrario, en la medicina occidental moderna durante largas décadas ha dominado un enfoque puramente pragmático: la placenta ha cumplido su función, el parto ha terminado, se va.
Qué puede hacer usted con la placenta
Si decide quedarse con la placenta, se abre ante usted un abanico de posibilidades sorprendentemente amplio, desde las profundamente simbólicas hasta las prácticas y científicamente estudiadas.
Una de las opciones más extendidas en los últimos años es la encapsulación de la placenta, es decir, su procesamiento en cápsulas que la madre toma posteriormente como suplemento dietético. Los defensores de esta práctica afirman que la placenta es rica en hierro, hormonas y factores de crecimiento que pueden ayudar en la recuperación posparto, aliviar los síntomas de la depresión posparto y favorecer la producción de leche materna. Se trata de una práctica con raíces en la medicina tradicional china, donde la placenta, denominada zǐhé chē, se utiliza desde hace siglos.
Sin embargo, hay que señalar que las evidencias científicas sobre la eficacia de la encapsulación de la placenta son aún limitadas y los resultados de los estudios son mixtos. El Colegio Americano de Obstetras y Ginecólogos (ACOG) indica en sus recomendaciones que no existen pruebas suficientes que respalden los beneficios para la salud del consumo de placenta y advierte sobre los posibles riesgos asociados a un procesamiento inadecuado. A pesar de ello, muchas mujeres valoran positivamente esta experiencia y la demanda de especialistas certificadas en encapsulación de placenta crece también en la República Checa. Si está considerando este camino, es fundamental asegurarse de que el procesamiento lo realice una persona con experiencia y certificación higiénica, bajo condiciones estrictamente controladas.
La segunda opción popular es enterrar la placenta, y en sentido literal. Muchas familias eligen el ritual de plantar un árbol o un arbusto sobre el lugar donde se entierra la placenta. Así surge un monumento vivo a la nueva vida, que el hijo o la hija podrá visitar algún día. Es un gesto con una profunda dimensión simbólica, y cada vez más familias lo perciben como un significativo cierre del círculo: del cuerpo surgió una nueva vida y parte de ese don regresa a la tierra. Como expresó en su momento la matrona Jana Kovářová: «La placenta no es un residuo. Es un órgano que alimentó, protegió y amó al bebé, y merece una despedida digna.»
Algunos padres encargan una impresión artística de la placenta: se coloca sobre papel o lienzo y crea una impresión natural que recuerda a un árbol o una flor. Esta impresión se cuelga luego en casa como recuerdo del embarazo. Es una forma hermosa y no invasiva de conservar la memoria de uno de los momentos más importantes en la vida de una familia.
También existe la posibilidad de donar la placenta con fines científicos. La placenta es un material extraordinariamente valioso para los investigadores: se estudia en el contexto de la preeclampsia, las enfermedades autoinmunes, la investigación oncológica y el desarrollo de nuevos medicamentos. Si los rituales personales no son de su agrado, pero desea que la placenta tenga un sentido también después del parto, infórmese en su hospital de si colabora con centros de investigación.
¿Cómo prepararse?
Si está pensando en qué hacer con su placenta, lo más importante es empezar a hablar de ello con tiempo. No olvide incluir el tema en su plan de parto y hablarlo con la matrona o el ginecólogo. La mayoría del personal sanitario está hoy acostumbrado a estas preguntas y no se sorprenderá.
Si planea la encapsulación, acuérdelo previamente con la especialista que realizará el procesamiento, y asegúrese de saber cómo conservar correctamente la placenta (habitualmente en un recipiente limpio con tapa, en frío) y cómo entregársela lo antes posible. El tiempo es importante: cuanto antes se procese la placenta, mejor se conservan sus componentes.
Para el entierro, puede traer la placenta a casa en un recipiente o bolsa sellada destinada a material biológico. Lo ideal es enterrarla a una profundidad de al menos 30-50 centímetros para evitar que los animales la desentierren. Sobre el lugar, plante luego el árbol, la hierba aromática o el arbusto de su elección: los favoritos son, por ejemplo, el manzano, la lila o la lavanda.
Todo el debate en torno a la placenta es en realidad mucho más amplio que la simple pregunta de qué hacer físicamente con ella. Es una invitación a que las mujeres asuman un mayor conocimiento y control sobre su propio parto y período posparto, a que pregunten, se informen y tomen decisiones basadas en sus propios valores. La placenta como órgano merece la misma atención que cualquier otra parte del cuerpo, y lo que haga con ella depende enteramente de usted.
Ya sea que opte por la encapsulación, el entierro, la impresión artística o la donación a la ciencia, una cosa es segura: una decisión consciente siempre es mejor que el silencioso pasar por alto. El embarazo y el parto son algunas de las experiencias físicas y emocionales más intensas de la vida, y la placenta es una parte inseparable de ellas, que merece ser vista.