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Cada padre de un bebé lo conoce: el niño se retuerce, empieza a llorar, aprieta los puñitos y nada consigue calmarlo. Este escenario se repite día tras día, a menudo a la misma hora de la tarde o la noche, y agota a toda la familia. Estamos hablando de los cólicos en bebés, uno de los problemas más frecuentes de la primera infancia, que sin embargo sigue rodeado de numerosas medias verdades, consejos anticuados y mitos modernos. Es hora, pues, de ver qué dicen realmente la ciencia y la práctica pediátrica sobre las causas y soluciones de esta condición.

Se estima que hasta un 20-30% de todos los recién nacidos sufren cólicos, y los problemas suelen comenzar alrededor de la segunda o tercera semana de vida, alcanzando su punto máximo aproximadamente en la sexta semana. La buena noticia es que en la mayoría de los casos todo remite espontáneamente hacia el tercer o cuarto mes de vida del bebé. Esto no significa, sin embargo, que los padres deban esperar pasivamente: existen formas de aliviar al bebé y, por el contrario, cosas que complican innecesariamente la situación o que no tienen ningún efecto.


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Qué entendemos por cólico y cómo reconocerlo

Los pediatras utilizan tradicionalmente la llamada regla de los tres: el bebé llora más de tres horas al día, más de tres días a la semana y el estado dura más de tres semanas. Este marco diagnóstico proviene de los trabajos del pediatra Morris Wessel de los años cincuenta del siglo pasado y sigue siendo hoy la orientación básica, aunque en la práctica los médicos tienen en cuenta el cuadro general del estado de salud del lactante. Es importante descartar otras causas de llanto: hambre, sobrecalentamiento, pañales mojados o una enfermedad real.

Los síntomas del cólico son bastante característicos: llanto intenso e inconsolable que no puede controlarse con los métodos habituales, piernecitas encogidas hacia la barriguita, cara enrojecida, abdomen tenso y gases notables. El bebé, no obstante, se desarrolla con normalidad, gana peso y parece contento fuera de los episodios de llanto. Precisamente esta combinación —un bebé sano que, sin embargo, llora de forma incontrolable— resulta psicológicamente muy exigente para los padres.

La causa exacta del cólico aún no está del todo esclarecida, y es precisamente en este vacío de conocimiento donde prolifera toda una serie de mitos. La revista científica BMJ ha publicado repetidamente revisiones de estudios que muestran cuán pocos de los populares «remedios infalibles» tienen una base de evidencia realmente sólida.

Qué ayuda realmente

Uno de los métodos de alivio mejor documentados es el movimiento rítmico y el contacto. Llevar al bebé en brazos o en un portabebés, mecerlo suavemente, pasear en el cochecito por una superficie irregular: todo ello activa el sistema vestibular del bebé y tiene un efecto calmante demostrado. El pediatra Harvey Karp, autor del concepto del «quinto trimestre», describe las llamadas cinco S: swaddling (envolver), side/stomach position (posición de lado o boca abajo al sostenerlo, nunca para dormir), shushing (sonido sibilante), swinging (mecerlo) y sucking (succionar). Este enfoque gana cada vez más adeptos entre especialistas y padres de todo el mundo.

La técnica de alimentación también desempeña un papel importante. Los bebés amamantados deben colocarse correctamente para no tragar demasiado aire. En el caso de los bebés alimentados con biberón, conviene elegir uno con flujo más lento y hacer eructar bien al bebé después de cada toma. Parece una obviedad, pero la práctica demuestra que muchos padres se olvidan de hacer eructar al bebé o lo hacen durante demasiado poco tiempo. Dedicar tiempo suficiente al eructo —tranquilamente diez o quince minutos después de la toma— puede reducir significativamente la cantidad de aire atrapado en el tracto digestivo.

Las investigaciones sugieren que en los bebés amamantados también puede influir la dieta de la madre lactante, aunque las evidencias no son del todo concluyentes. Algunos estudios han registrado mejoras tras eliminar de la dieta materna la leche de vaca, los huevos, los frutos secos y los cítricos. Si un padre decide probar este camino, se recomienda una dieta de eliminación de al menos dos a cuatro semanas bajo supervisión médica o de un especialista en nutrición, ya que períodos de prueba más cortos no dan tiempo suficiente para evaluar el efecto.

En los últimos años han atraído mucha atención los probióticos, concretamente la cepa Lactobacillus reuteri. Varios estudios aleatorizados, como el publicado en la revista Pediatrics, han demostrado una reducción del tiempo de llanto en bebés amamantados que recibieron esta cepa probiótica. Los resultados en bebés alimentados con leche de fórmula son menos convincentes, aunque la investigación en este ámbito continúa. Antes de administrar cualquier suplemento dietético a un recién nacido, es imprescindible consultar con el pediatra.

El calor y el masaje abdominal son otros métodos que muchos padres descubren de forma espontánea. Un masaje suave en el sentido de las agujas del reloj, un baño de agua caliente o aplicar una compresa tibia (no caliente) en la barriguita pueden ayudar a relajar la musculatura intestinal en espasmo. Tomemos un ejemplo de la práctica: Jana, mamá de Eva, de tres meses, describe cómo el simple hecho de darle un baño diario antes de dormir seguido de un suave masaje abdominal con aceite de oliva logró reducir los episodios de llanto vespertino de casi dos horas a unos veinte minutos. Miles de padres comparten experiencias similares y, aunque se trata de evidencia anecdótica, se corresponde con los conocimientos científicos disponibles sobre la liberación de tensión en el tracto digestivo.

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Mitos en los que ya es hora de dejar de creer

Y ahora llega la parte más difícil: desmontar los mitos que se transmiten de generación en generación y que estresan innecesariamente a los padres o los llevan a seguir prácticas ineficaces y, en ocasiones, incluso arriesgadas.

Mito primero: el cólico está causado por una mala lactancia o por una «leche mala». Esta creencia sigue circulando desafortunadamente y lleva a madres lactantes a pasarse innecesariamente a la leche de fórmula con la esperanza de resolver el cólico. Sin embargo, las evidencias científicas muestran que los bebés amamantados no tienen una mayor incidencia de cólicos que los alimentados con fórmula. La leche materna es el alimento ideal para el bebé y su «calidad» no provoca cólicos.

Mito segundo: el té de hinojo o de eneldo ayuda de forma fiable. Las infusiones de hierbas son un remedio casero muy popular en las familias y su tradición se remonta siglos atrás. Sin embargo, las evidencias científicas sobre su eficacia en los cólicos son muy débiles. Además, existe un riesgo: una cantidad excesiva de líquido puede alterar el equilibrio electrolítico en los recién nacidos y provocar hiponatremia, es decir, un nivel peligrosamente bajo de sodio en sangre. La Academia Americana de Pediatría (AAP) no recomienda por ello administrar a los recién nacidos otros líquidos que no sean leche materna o leche de fórmula adaptada.

Mito tercero: la simeticona (Espumisan) es la solución definitiva. La simeticona es una sustancia que ayuda a unir las burbujas de aire en los intestinos y se vende libremente en farmacias. Aunque es segura y los médicos la recomiendan en ocasiones, las revisiones sistemáticas de estudios no han demostrado que sea más eficaz que el placebo en el tratamiento del cólico. Esto no significa que sea perjudicial, sino simplemente que los padres no deben esperar milagros de ella.

Mito cuarto: los cólicos los sufren los hijos de padres nerviosos o ansiosos. Esta idea no solo carece de base científica, sino que además es cruelmente injusta con los padres, que ya están atravesando un período muy exigente. Las investigaciones han demostrado repetidamente que el cólico no está relacionado con la personalidad de los padres ni con la calidad de los cuidados. Como escribió acertadamente el pediatra y escritor T. Berry Brazelton: «El cólico es un desafío para toda la familia, no un fracaso de la crianza.»

Mito quinto: el bebé llora porque está mimado o quiere manipular. Un recién nacido no es capaz de comportamiento manipulador: su sistema nervioso simplemente no está suficientemente desarrollado para ello. El llanto es el único instrumento de comunicación del que dispone, y responder a él de forma rápida y amorosa no conduce a malcriarlo, sino que, al contrario, construye un vínculo seguro que es la base de un desarrollo psicológico saludable.

No debemos olvidar tampoco el mito de que lo «natural» garantiza la seguridad. Muchos padres recurren a preparados homeopáticos o a diversas gotas herbales con la convicción de que lo natural equivale a seguro. Sin embargo, esto no es automáticamente cierto. Algunos preparados contienen sustancias cuya seguridad en recién nacidos no ha sido probada, y en el pasado se han registrado casos de efectos adversos graves tras la administración de ciertos preparados homeopáticos destinados a lactantes. Antes de administrar cualquier cosa a un recién nacido, siempre es conveniente consultar con un médico.

El cólico es, pues, una condición que, aunque agotadora, es en la mayoría de los casos transitoria e inofensiva. Los padres que atraviesan este período tan exigente deben saber que lo mejor que pueden hacer por su hijo es mantener la calma, buscar apoyo en la pareja, la familia o los profesionales, y no fiarse ciegamente de cada consejo que les llegue. Cuidar el propio bienestar psicológico es tan importante como cuidar al bebé: un padre cansado y agotado no puede ser un apoyo para su hijo. Si el llanto del bebé supera los patrones habituales, va acompañado de fiebre, rechazo de la alimentación u otros síntomas alarmantes, visitar al pediatra es siempre la decisión correcta para descartar causas más graves.

El mundo de los cólicos está lleno de información contradictoria, y precisamente por eso es tan importante apoyarse en fuentes verificadas y comunicarse abiertamente con los especialistas. El bebé que esta noche ha llorado dos horas quizás en pocas semanas se duerma con una sonrisa en la cara, y esa es una promesa que vale la pena tener presente incluso en los momentos más difíciles.

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