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Existe un fenómeno del que en las familias checas se habla solo en susurros, o directamente no se habla. Generaciones de hombres que crecieron en una época en que ser padre significaba traer el sueldo a casa y llevar a los niños al fútbol los domingos, hoy se encuentran ante sus nietos y se preguntan a sí mismos: ¿Cómo se hace esto bien? Los abuelos en la crianza activa no son solo una tendencia de moda; son hombres que reciben una segunda oportunidad, y muchos de ellos la están aprovechando con una valentía sorprendente.

Sociólogos y psicólogos observan este fenómeno con creciente interés. La generación de hombres nacidos aproximadamente entre 1945 y 1965 —es decir, quienes hoy son abuelos— creció en un entorno donde la presencia emocional del padre no se consideraba una necesidad, sino un lujo. La crianza de los hijos era asunto de mujeres; los hombres proporcionaban el sustento material y los fines de semana se dedicaban al jardín o al garaje. A esta generación se la denomina a veces «la generación perdida de hombres», no porque haya fracasado, sino porque nunca recibió las herramientas para poder ser diferente.


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Por qué se habla de la generación perdida de hombres

El concepto de generación perdida de hombres no es nuevo. Psicólogos y científicos sociales lo utilizan para describir a hombres criados en una cultura de cierre emocional, donde regía una norma no escrita: los hombres no lloran, los hombres no hablan de sus sentimientos, los hombres no van al médico y desde luego no se ocupan de los pañales. El resultado fue una paradoja: hombres que amaban a sus hijos, pero que eran incapaces de expresar ese amor de otra forma que no fuera a través del trabajo y la seguridad material. Como señaló el psicólogo y terapeuta estadounidense Terry Real en su libro I Don't Want to Talk About It: «La depresión en los hombres no parece tristeza. Parece rabia, distanciamiento y obsesión por el trabajo.»

Este distanciamiento emocional tuvo repercusiones directas en familias enteras. Los hijos que crecieron con semejantes padres comprendieron de adultos lo que les había faltado: un progenitor presente, comprometido y emocionalmente disponible. Hoy esos hijos son padres a su vez, y se acercan a la crianza de manera conscientemente diferente. Y precisamente este cambio genera una tensión interesante, pero también una oportunidad: sus propios padres —los abuelos de hoy— observan cómo sus hijos hacen cosas que ellos nunca supieron hacer, y aprenden en silencio.

Además, no es algo exclusivamente checo. Investigaciones de toda Europa muestran que la implicación de los abuelos en el cuidado de los nietos está creciendo notablemente. Según datos de Eurostat, en las últimas dos décadas el porcentaje de abuelos que cuidan regularmente a sus nietos ha aumentado varias decenas de puntos porcentuales en la mayoría de los países de la UE. La República Checa no es una excepción, aunque sigue existiendo una diferencia entre el grado de implicación de las abuelas y el de los abuelos.

Las abuelas asumen el cuidado de forma natural, sin pensárselo demasiado. Los abuelos —especialmente los de la generación de la que hablamos— se incorporan a él más lentamente, a veces con inseguridad, pero con una intensidad tanto mayor. Un hombre que nunca se sentó en el suelo con sus hijos a construir con bloques descubre de repente que hace exactamente eso con su nieto. Y que eso le aporta algo que había echado de menos toda su vida.

La historia de Karel, un ingeniero mecánico de sesenta y siete años de Brno, es en este sentido paradigmática. Pasó el mínimo tiempo posible con sus tres hijos: trabajaba en turnos, los fines de semana arreglaba el coche y las vacaciones las pasaba la familia mayormente sin él. Hoy, cuando su hija le trae a la pequeña Anička de cuatro años cada viernes, dice que es la parte más importante de su semana. «Con mis hijos no sabía hacerlo. No sabía cómo. Pero ahora... ahora es diferente. No sé por qué, pero lo es», confesó en una entrevista para una revista familiar checa. No está solo. Historias similares se repiten en miles de familias por todo el país.

La segunda oportunidad: lo que los abuelos activos aportan a las familias

Los psicólogos señalan algo importante: la relación abuelo-nieto es por su propia naturaleza diferente a la relación padre-hijo, y precisamente esa diferencia puede resultar sanadora para ambas partes. Un padre cría bajo presión —laboral, económica, temporal. Un abuelo, idealmente, no tiene esa presión. Puede estar presente de una manera que no le fue posible en la paternidad.

Las investigaciones confirman repetidamente que la implicación de los abuelos en el cuidado de los nietos tiene un impacto positivo y medible en el desarrollo de los niños. Un estudio publicado en la revista especializada Journal of Family Psychology mostró que los nietos que tienen una relación cercana con su abuelo presentan mayor resiliencia emocional, mejor capacidad para resolver conflictos y un sentido de identidad más sólido. El abuelo como referente masculino —distinto al padre, sin la presión educativa cotidiana— desempeña un papel insustituible en el ecosistema familiar.

Al mismo tiempo, la implicación activa en el cuidado de los nietos reporta beneficios demostrables también para los propios abuelos. Una investigación de la Universidad Carolina centrada en la calidad de vida de las personas mayores mostró que los hombres que cuidan regularmente a sus nietos presentan menores índices de síntomas depresivos, mejores funciones cognitivas y una satisfacción vital general más elevada. La crianza activa en el rol de abuelo no es, por tanto, solo una cuestión sentimental: es una cuestión de salud y de sentido.

Surge aquí de forma natural la pregunta: ¿cómo desempeñar bien este papel cuando faltan el modelo y la experiencia? Los abuelos de la generación perdida de hombres afrontan este problema de distintas maneras. Algunos recurren a sus hijos adultos y se dejan guiar —lo que en sí mismo requiere una humildad que en su juventud no les habría sido propia. Otros leen, observan, aprenden. Muchos simplemente hacen lo que sienten, y descubren que el instinto de cuidar estuvo siempre en ellos, solo que no había tenido espacio para manifestarse.

El entorno físico y las actividades a través de las cuales se construye la relación también desempeñan un papel importante. Los abuelos de la generación activa de hoy cocinan con sus nietos, salen a la naturaleza, arreglan cosas, leen cuentos, van en bicicleta. Comparten el ritmo cotidiano de la vida de una manera que sus propios padres nunca compartieron con sus hijos. Y precisamente esa cotidianidad —no los grandes gestos, sino los pequeños momentos de presencia— es la base de una relación verdadera.

El estilo de vida ecológico y saludable, que hoy forma parte del universo de valores de muchas familias jóvenes, entra de forma natural en este encuentro intergeneracional. Un abuelo que cultiva tomates en el balcón con su nieto, fabrica juguetes de madera o enseña a reparar en lugar de tirar, transmite valores de raíces profundas que, al mismo tiempo, resuenan con lo que las familias jóvenes de hoy buscan. La sostenibilidad, el respeto por la naturaleza, el cuidado de las cosas: todos estos son temas en los que las generaciones pueden encontrarse por encima del abismo de los mundos tan distintos en los que crecieron.

Pero no se trata solo de actividades. Se trata de la transmisión de experiencias e historias. Los niños que conocen las historias de sus abuelos —sus dificultades, sus errores, sus alegrías— tienen un sentido de identidad familiar y de arraigo personal notablemente más sólido. El Search Institute, dedicado desde hace años a la investigación del desarrollo de niños y adolescentes, ha identificado las relaciones intergeneracionales como uno de los «activos de desarrollo» clave que protegen a los niños de conductas de riesgo y refuerzan su resiliencia.

La generación perdida de hombres, por tanto, no está definitivamente perdida. Es una generación que llega tarde, pero que llega. Y quizás precisamente por llegar tarde, llega con una conciencia que antes no tenía. Con la conciencia de lo que se perdió y con el deseo de compensarlo al menos en parte —no desde la autocompasión, sino desde un amor que esperó su momento.

Este cambio tiene repercusiones que van mucho más allá de las familias individuales. Una sociedad capaz de integrar a los hombres mayores en una vida intergeneracional activa es más sana en todos los sentidos. Los abuelos que están presentes, comprometidos y emocionalmente disponibles contribuyen a romper el patrón de cierre emocional que, de otro modo, se transmite de generación en generación. Muestran a sus hijos y nietos que ser hombre y ser sensible, estar presente, ser cuidador, no son contradicciones. Son las dos caras de la misma moneda.

El cambio que se está produciendo en las familias checas de hoy es silencioso y discreto. No ocurre en conferencias ni en los medios de comunicación. Ocurre en salones, jardines y parques, donde un hombre de sesenta y siete años con un niño de cuatro años en el regazo lee un libro sobre dinosaurios y ambos están —por fin, inesperadamente, sencillamente— en casa.

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