# Lo que pensábamos sobre el embarazo y la maternidad y lo que nos sorprendió
Cada mujer que alguna vez se encuentra con una prueba de embarazo en la mano llega con todo un equipaje de expectativas. Algunas provienen de las películas, otras de sus madres y amigas, y otras las inventa ella misma en esos momentos tranquilos en los que pinta el futuro con los colores más bonitos. Y entonces llega la realidad: no necesariamente cruel, pero definitivamente diferente a lo que cualquiera imaginaba. El embarazo y la maternidad se encuentran entre las experiencias vitales más intensas que una mujer puede vivir, y sin embargo persiste a su alrededor toda una serie de mitos, medias verdades y cosas de las que simplemente no se habla en voz alta.
Este artículo no trata de idealizar la maternidad ni de asustar con ella. Trata de lo que las mujeres pensaban antes del embarazo, lo que esperaban, y lo que finalmente las sorprendió de verdad.
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Las expectativas con las que las mujeres entran en el embarazo
La imagen cultural de la mujer embarazada es sorprendentemente uniforme. Tez radiante, barriga redonda, sonrisa dichosa. Una mujer que por fin "resplandece". Esta imagen está tan extendida que las propias futuras mamás la aceptan como una especie de estándar al que deberían aspirar. Pero la realidad del primer trimestre tiene un aspecto completamente diferente para muchas mujeres: náuseas, agotamiento, irritabilidad y la sensación de que el cuerpo ha dejado de obedecer.
Las náuseas en el embarazo no son ninguna excepción. Según datos publicados en la revista especializada American Journal of Obstetrics and Gynecology, hasta el 80% de las mujeres embarazadas sufren alguna forma de náuseas durante la gestación. Sin embargo, se habla de ellas como algo marginal que "se pasa". Para muchas mujeres, este es el primer gran choque entre lo que pensaban y lo que realmente experimentan, y al mismo tiempo la primera señal de que el embarazo será diferente a lo que esperaban.
Junto a las expectativas físicas, existen también las emocionales. Muchas mujeres dan por sentado que el embarazo traerá felicidad inmediata, euforia, sensación de plenitud. Y a veces la trae, pero no siempre de inmediato, no siempre de forma duradera y no siempre sin la sombra de la duda. Es completamente normal sentir también ansiedad, miedo o ambivalencia durante el embarazo. La psicóloga y autora de libros sobre salud perinatal Aurélie Athan lleva tiempo advirtiendo que la sociedad no sabe gestionar bien el hecho de que el embarazo puede ser alegre y al mismo tiempo exigente, y que ambas cosas pueden coexistir.
Muchas mujeres también pensaban que el embarazo sería un momento en el que por fin "tendrían tranquilidad": tranquilidad del trabajo, de las obligaciones, de la presión. La baja maternal se les presentaba como una especie de recompensa, una larga pausa llena de lectura y paseos vespertinos. Esta imagen es comprensible, pero raramente se corresponde con lo que viene después.
Lo que las mujeres realmente no esperaban
Una de las sorpresas más frecuentemente mencionadas es el cambio radical en la percepción del propio cuerpo. Mujeres que toda su vida habían intentado controlar su peso, su alimentación, su aspecto, se encuentran de repente en una situación en la que el cuerpo toma las riendas por sí solo. La barriga crece, los pechos cambian, la piel reacciona de otra manera. Y mientras algunas lo viven como algo liberador, para otras resulta profundamente desestabilizador. La relación con el propio cuerpo durante el embarazo atraviesa una transformación para la que no es posible prepararse del todo.
La segunda gran sorpresa suele ser el cansancio, y no solo en el primer trimestre. Las mujeres sabían que estarían cansadas, pero no contaban con lo total que puede llegar a ser ese agotamiento. No se trata de somnolencia que se disipa con una taza de café. Es un agotamiento físico profundo que afecta a la capacidad de trabajar, pensar y comunicarse. Y después del parto es cuando realmente empieza: el recién nacido duerme en intervalos cortos, y la privación de sueño de las primeras semanas de maternidad es para la mayoría de las mujeres una de las cosas más duras que han vivido jamás.
Imaginemos a Markéta, una joven diseñadora gráfica de Brno que antes del parto preparó cuidadosamente su plan para los primeros meses con el bebé. Leyó varios libros, hizo un curso preparto, compró pañales ecológicos y ropita de bambú. Aun así, dice que los primeros tres meses después del parto la sorprendieron por completo. "Pensaba que estaría cansada, pero que podría con ello. Pero nadie me dijo hasta qué punto uno deja de ser uno mismo. Dejé de saber qué quería, qué sentía, qué necesitaba. Era como si mi identidad se hubiera puesto en modo de espera por un tiempo." El testimonio de Markéta no es excepcional: es típico.
Precisamente esa pérdida de identidad, o su radical reconstrucción, es otro fenómeno del que solo en los últimos años se empieza a hablar más. Los expertos han dado nombre a este proceso: matrescence, la transformación psicológica y física de la mujer en madre, que en intensidad es comparable a la pubertad. Sin embargo, en la sociedad apenas se habla de ello, y así las mujeres viven esta transformación sin nombre, sin contexto y sin apoyo. Investigaciones publicadas en la revista Trends in Cognitive Sciences muestran que el cerebro de la mujer en el período perinatal experimenta cambios estructurales demostrables, y que estos cambios persisten durante años.
Otro tema que las mujeres no esperaban es el de la relación de pareja. Antes de tener un hijo, muchas parejas pensaban que el bebé consolidaría su relación, la profundizaría, le daría un nuevo sentido. Y sí, puede hacerlo. Pero al mismo tiempo es uno de los períodos más exigentes para una relación de pareja. Las responsabilidades aumentan, el tiempo para estar juntos disminuye, la comunicación se reduce a la logística y el sueño se convierte en un bien escaso. Los miembros de la pareja pueden sentirse como compañeros de piso con un contrato laboral, y es importante saber que esto también es una fase normal, no un fracaso.

La maternidad como práctica cotidiana: lejos de las imágenes de Instagram
Las redes sociales han hecho mucho por la imagen de la maternidad, y no siempre para bien. Un Instagram lleno de mamás perfectamente arregladas con un café en la mano y un bebé sonriente en brazos ha creado un nuevo tipo de presión: la presión de parecer una madre feliz. Así, las mujeres se enfrentan no solo a la exigencia real de la maternidad, sino también a la sensación de que lo están haciendo mal porque su día a día tiene un aspecto diferente.
Y es que la maternidad cotidiana es, ante todo, repetición. Cambiar pañales, dar el pecho, dormir al bebé, dar el pecho, cambiar pañales de nuevo. Buscar el equilibrio entre las necesidades del bebé y las propias, aprender a no suprimirlas es en sí mismo un trabajo de toda la vida. La maternidad no es un estado, es una práctica, y como toda práctica se compone de buenos días y de días en los que una simplemente sobrevive.
Como dijo la pediatra y autora Perri Klass: "Ser una buena madre no significa ser una madre perfecta. Significa ser una madre suficientemente buena, y con eso basta." Este pensamiento, aunque sencillo, resulta verdaderamente liberador para muchas mujeres.
Una de las cosas que las mujeres tampoco esperaban es la intensidad con la que la maternidad despierta su propia infancia. Recuerdos, patrones de comportamiento, asuntos no resueltos del pasado: todo ello emerge de repente con una fuerza sorprendente. Los psicoterapeutas señalan que la llegada de un hijo es uno de los detonantes más poderosos tanto del crecimiento personal como de la crisis personal. No es casualidad que precisamente en el período de la maternidad muchas mujeres busquen terapia por primera vez o empiecen a trabajar conscientemente en sí mismas.
Con esto está estrechamente relacionado el tema de la depresión posparto y la ansiedad, de las que todavía se habla demasiado poco. Según la Organización Mundial de la Salud, hasta el 13% de las mujeres en todo el mundo sufren depresión posparto, y esos son solo los casos diagnosticados. Muchas mujeres sufren en silencio porque sienten vergüenza de admitir que la maternidad no es la felicidad que imaginaban. Reconocer que estoy pasándolo mal no es una debilidad. Es el comienzo del camino de regreso a una misma.
También resulta interesante cómo la maternidad transforma la relación de las mujeres con su propio cuerpo a largo plazo. Muchas mujeres que toda su vida habían luchado con la imagen corporal describieron que después del parto, paradójicamente, empezaron a percibir su cuerpo con mayor gratitud. Un cuerpo capaz de dar vida de repente se ve de otra manera. No necesariamente más "bonito" en el sentido convencional, sino más fuerte, más valioso, más digno de respeto. Esta transformación llega despacio y no en todas las mujeres, pero es real y está documentada.
¿Y el cuidado personal? Antes de la maternidad, las mujeres pensaban que encontrarían tiempo para sí mismas. Que conservarían sus rituales: el café matutino tranquilo, el ejercicio, la lectura, el cuidado de la piel. La realidad de los primeros meses es que para una misma no queda casi nada. Y es precisamente aquí donde entra en juego una decisión consciente: la decisión de que cuidarse no es un lujo, sino una necesidad. Ya sea a través de productos ecológicos para el cuidado del cuerpo después del parto, ropa cómoda y a la vez fabricada de forma sostenible para la lactancia, o simplemente cinco minutos al día en los que la mujer se recuerda a sí misma que existe más allá del rol de madre.
El embarazo y la maternidad son experiencias que no pueden describirse ni transmitirse del todo. Solo pueden vivirse, con apertura, paciencia y disposición para soltar las viejas expectativas. Las mujeres que entran en este período con expectativas realistas y el apoyo suficiente, ya sea de la pareja, la familia, las amistades o los profesionales, tienen condiciones significativamente mejores para atravesar esta transformación de manera sana e íntegra. No se trata de tenerlo todo bajo control. Se trata de estar presente, incluso en los momentos difíciles.