# Naučte se jak snížit plýtvání jídlem u dětí, co nedojídají --- # Aprenda cómo reducir el desperd
Todo padre lo conoce. La comida cuidadosamente preparada acaba a medias en la basura, mientras el niño declara que está lleno o que no le gusta. El desperdicio de alimentos en las familias con hijos es un problema mucho más extendido de lo que podría parecer a primera vista. Según datos de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), a nivel global se desperdicia aproximadamente un tercio de todos los alimentos producidos, y los hogares con niños contribuyen de manera considerable a esta cifra. La solución no está tanto en convencer a los niños de que terminen su plato a toda costa, sino en un enfoque inteligente para la preparación, el servicio y el almacenamiento de los alimentos.
Los padres a menudo se encuentran en un círculo vicioso: cocinan una gran porción, el niño come solo un tercio, el resto se tira. Al día siguiente, el intento se repite con un resultado similar. La frustración crece en ambos lados de la mesa y la comida, entretanto, acaba en la basura. Sin embargo, basta con cambiar algunos hábitos para que toda la dinámica pueda transformarse significativamente, sin presionar a los niños y sin reproches innecesarios.
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Por qué los niños no terminan su comida y qué hacer al respecto
Antes de entrar en consejos concretos, es importante entender por qué los niños dejan tan frecuentemente comida en el plato. Las razones son diversas y dependen de la edad, la personalidad y el estado actual del niño. Los niños pequeños tienen naturalmente un apetito variable: un día comen una cantidad enorme, al día siguiente casi nada. Este fenómeno, que los expertos denominan neofobia (miedo a los nuevos alimentos), es completamente normal en niños en edad preescolar. El niño simplemente rechaza comer algo que no conoce o que tiene un aspecto diferente al habitual.
Los niños mayores, por su parte, pueden estar distraídos por el juego, la pantalla o la conversación y simplemente olvidan comer, aunque en realidad tengan hambre. O al contrario, llegaron de la escuela y de camino a casa tomaron un tentempié, por lo que en el almuerzo o la cena no tienen hambre. Y luego están las situaciones en las que el niño simplemente no tiene hambre, lo cual es completamente normal. El problema surge cuando este fenómeno natural conduce a tirar comida a diario.
La pediatra y autora de libros sobre nutrición infantil Ellyn Satter formuló el llamado modelo de división de responsabilidades: los padres deciden qué, cuándo y dónde se come; el niño decide si come y cuánto. Este enfoque reduce la presión en la mesa y, paradójicamente, hace que los niños coman mejor, y los padres estimen mejor cuánta comida preparar realmente.
La clave para reducir el desperdicio de alimentos no es obligar al niño a terminar el plato, sino aprender a estimar mejor las cantidades necesarias y trabajar creativamente con las sobras. Todo comienza con el tamaño de las porciones. Muchos padres sirven a los niños porciones igual de grandes que las de los adultos, o se guían por cuánto comió el niño la última vez, pero el apetito de los niños cambia de un día para otro. Las porciones pequeñas con posibilidad de repetir son la regla de oro que reduce significativamente la cantidad de comida desperdiciada. El niño come lo que recibe y, si quiere más, puede pedirlo. Lo que no alcanza a comer queda en la olla y no en el plato.
Otro paso práctico es involucrar a los niños en la planificación de las comidas. Cuando el niño siente que alguien le pregunta sus preferencias y que tiene influencia en el resultado, está mucho más dispuesto a comer lo que se prepare. No se trata de convertir cada día en un restaurante con deseos individuales, sino de dejar que el niño elija una comida de entre dos o tres opciones una vez a la semana. Las investigaciones confirman que los niños que participan en la preparación de la comida o en su elección tienden a comer más y con mayor apetito, y las sobras suelen ser menores.

Manejo inteligente de las sobras que el niño no comió
Incluso con el mejor esfuerzo, las sobras simplemente ocurren. Ya sea porque el niño tenía menos apetito ese día o porque la comida no cumplió sus expectativas. En esos momentos entra en juego la segunda línea de defensa: el trabajo creativo con las sobras.
Las sobras del plato del niño son, por supuesto, una categoría diferente a las sobras de la olla: desde el punto de vista higiénico, es conveniente guardarlas inmediatamente en la nevera y consumirlas antes del día siguiente, o utilizarlas de otra manera. La comida que al niño no le gustó en su forma original puede parecer completamente diferente tras una pequeña modificación. Las verduras cocidas sobrantes se pueden triturar en una sopa o en una salsa para pasta. El arroz del día anterior es perfecto para hacer arroz frito con huevo. La patata sobrante se convierte en unas excelentes tortitas o en un acompañamiento para el desayuno.
Muchas familias se han aficionado a las llamadas cenas "fridge raid", es decir, cenas elaboradas exclusivamente con las sobras de la nevera. Es una actividad divertida en la que también se pueden involucrar los niños: ¿qué hay en la nevera, qué se podría combinar, cómo lo presentamos? Esa cena suele resultar sorprendentemente sabrosa y, al mismo tiempo, enseña a los niños creatividad y respeto por la comida.
Tomemos como ejemplo una situación concreta: Jana, madre de dos hijos de cuatro y siete años, estuvo mucho tiempo preocupada porque su hija mayor rechazaba comer verduras de cualquier forma. La zanahoria cocida siempre acababa en el borde del plato. Jana empezó a triturar la zanahoria en la salsa de tomate para la pasta; su hija nunca se dio cuenta y adoraba la salsa. Jana congelaba las sobras de salsa en pequeñas porciones y las usaba como base para cenas rápidas entre semana. ¿El resultado? Desperdicio casi nulo, un niño contento y tiempo y dinero ahorrados.
La congelación es, en general, una de las armas más poderosas contra el desperdicio de alimentos en el hogar. Los platos preparados, las salsas, las sopas e incluso la repostería se pueden congelar sin problemas y usar cuando no hay tiempo para cocinar. Además, si cocinas en mayor cantidad y congelas una parte de inmediato, evitas que la comida se "pierda" en la nevera y acabe en la basura. El congelador es un aliado que merece más atención de la que la mayoría de los hogares le presta.
El modo de conservación de los alimentos también juega un papel importante. Invertir en recipientes herméticos de calidad o en alternativas ecológicas, como las bolsas de silicona o la cera de abeja, prolonga significativamente la vida útil de los alimentos y reduce el riesgo de que la comida en la nevera se seque o se estropee antes de que alguien la consuma. Los recipientes transparentes tienen además la ventaja de que el contenido se ve de inmediato, y lo que se ve, no se olvida.
Otra herramienta práctica es el sistema "primero en entrar, primero en salir", es decir, el principio por el que los alimentos más antiguos se colocan al frente de la nevera o la despensa y los más nuevos al fondo. Este sencillo hábito, que también utilizan las cocinas profesionales, puede reducir significativamente en el hogar la cantidad de alimentos que se estropean antes de que alguien los consuma.
Vale la pena mencionar también la dimensión psicológica del asunto. Los niños que crecen en un entorno donde se valora la comida y no se desperdicia adoptan naturalmente esta actitud. No es necesario moralizar ni asustar con estadísticas sobre niños que pasan hambre al otro lado del mundo; basta con comentarios sencillos y naturales. "Mira, con estas sobras hemos preparado una nueva sopa." o "Esta zanahoria la añadimos al pastel y quedó delicioso." Los niños aprenden por imitación de manera mucho más efectiva que mediante lecciones.
Como señaló el chef británico y activista por una alimentación escolar saludable Jamie Oliver: "La comida es medicina. Pero también es una historia: de dónde viene, cómo se prepara y cómo se comparte." Y precisamente compartir la historia de la comida, de por qué es valiosa y por qué merece ser tratada con cuidado, es quizás la herramienta más poderosa que tienen los padres.
Planificar el menú para toda la semana es otro paso que muchas familias subestiman. Puede parecer una tarea enorme, pero en realidad basta con una hora el fin de semana que ahorra mucho tiempo de decisión, compras adicionales y, en consecuencia, desperdicio. Si sabes lo que vas a cocinar el lunes, el martes y el miércoles, compras solo lo que realmente necesitas. Y si al planificar tienes en cuenta las sobras, por ejemplo, que del domingo sobrará pollo que el lunes usarás en la sopa, reduces el desperdicio aún más.
Un estudio publicado en la revista Resources, Conservation and Recycling mostró que los hogares que planifican regularmente el menú producen hasta un 25 % menos de residuos alimentarios que los hogares que compran y cocinan de forma espontánea. Es una cifra que habla por sí sola.
¿Y los propios niños? Pueden aprender a ver las sobras de otra manera: no como un fracaso, sino como una oportunidad. Existen excelentes libros de cocina centrados específicamente en cocinar con sobras, algunos de ellos dirigidos directamente a niños y familias. Cocinar juntos con sobras puede ser una actividad divertida en la que los niños desarrollan creatividad, habilidades culinarias básicas y, al mismo tiempo, construyen una relación saludable con la comida y con su valor.
Reducir el desperdicio de alimentos en niños que no terminan su plato no es una cuestión de disciplina ni de persuasión. Es una cuestión de un enfoque inteligente: porciones más pequeñas, implicación de los niños, trabajo creativo con las sobras y compras conscientes. Los cambios no tienen que llegar todos a la vez. Basta con empezar con un pequeño paso: por ejemplo, la próxima semana intentar servir un tercio menos y dejar el resto en la olla. El resultado puede sorprenderte.