# Por qué el yoga no es solo para personas flexibles
La idea de que el yoga es exclusivamente para personas que pueden retorcer su cuerpo hasta adoptar la forma de un pretzel es uno de los mitos más extendidos y, al mismo tiempo, más perjudiciales de la época moderna. Basta con echar un vistazo a Instagram o a las revistas de fitness: figuras esbeltas en posiciones perfectas, sonrisas y un equilibrio impecable. No es de extrañar que mucha gente piense: «Esto no es para mí.» Pero ¿y si precisamente esa idea estuviera completamente equivocada?
El yoga en su sentido original nunca fue un deporte para elegidos. Surgió hace miles de años en India como un sistema filosófico y espiritual cuyo objetivo era la conexión entre la mente, el cuerpo y la respiración, no la demostración de acrobacias. Fue el mundo moderno quien lo convirtió en un asunto visual, donde el rendimiento y la flexibilidad juegan el papel principal. La verdad, sin embargo, es que el yoga es accesible para absolutamente todo el mundo, independientemente de la edad, el peso, la condición física o la movilidad articular.
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Qué es realmente el yoga y qué esperar de él
Antes de lanzarse a la primera clase, vale la pena deshacerse de algunos prejuicios. El yoga no es una competición. Tampoco es una disciplina en la que un principiante deba dominar de inmediato las posiciones avanzadas. Es una práctica, y la palabra práctica es aquí clave, porque sugiere que se trata de algo que se desarrolla de forma gradual, con cada sesión de entrenamiento. Como dice el famoso yogui B.K.S. Iyengar: «El yoga es una luz que, una vez encendida, nunca se apaga. Cuanto mejor practiques, más brillante será la llama.»
La investigación científica muestra claramente que los beneficios del yoga no están relacionados con lo profundo que alguien pueda doblarse. Los estudios publicados en el Journal of Clinical Psychology confirman repetidamente que la práctica regular del yoga reduce los niveles de cortisol —la hormona del estrés— y mejora el bienestar psicológico general. Resultados similares aportan también las investigaciones de la Escuela de Medicina de Harvard, que recomienda el yoga como terapia complementaria para la ansiedad, la depresión y el dolor crónico de espalda. Estos beneficios no dependen de si el practicante logra hacer el pino o simplemente realiza un estiramiento sencillo sentado.
Los principiantes llegan con mucha frecuencia a su primera clase con los músculos tensos, las caderas rígidas y la sensación de ser los menos capaces de la sala. Sin embargo, precisamente estas personas son quienes más se benefician del yoga. La rigidez del cuerpo no es un obstáculo para el yoga; es una de las razones para empezar a practicarlo. Un cuerpo que lleva tiempo sin moverse o que sufre las consecuencias de un estilo de vida sedentario responde al estiramiento suave y al movimiento consciente de forma sorprendentemente rápida. Tras tan solo unas semanas de práctica regular, la mayoría de los principiantes nota que se doblan con mayor facilidad, que la espalda les duele menos y que duermen mejor.
Tomemos como ejemplo a Martina, una contable de cuarenta años de Brno que durante toda su vida se convenció a sí misma de que el yoga no era para ella porque «nunca había sido flexible». Por recomendación de su médica, que le diagnosticó tensión crónica en el cuello y la parte superior de la espalda, finalmente se apuntó a un curso de yoga para principiantes. «Esperaba ser la peor de toda la clase y que me costara más que a los demás. En cambio, descubrí que había otras veinte personas con los mismos miedos», cuenta. Tras tres meses de práctica, sus dolores de cabeza causados por la tensión desaparecieron y su sueño mejoró notablemente, sin que jamás lograra tocar el suelo con las palmas de las manos.
La experiencia de Martina no es una excepción. Al contrario, es típica de una gran parte de los adultos que empiezan a practicar yoga después de los treinta o los cuarenta años. Precisamente este grupo de edad es el que más se beneficia del yoga, porque a esa edad el cuerpo comienza a perder la movilidad natural y el equilibrio muscular que el yoga ayuda a mantener.
Cómo empezar sin vergüenza y dónde buscar apoyo
La mayor barrera para los principiantes no es la falta de preparación física: es la vergüenza. El miedo a parecer ridículo, a no entender las indicaciones del instructor o a que el cuerpo simplemente «no sea suficientemente bueno». Este sentimiento es completamente comprensible, pero al mismo tiempo es innecesario. Todo yogui experimentado fue alguna vez principiante, y todo instructor que valga la pena lo sabe muy bien.
Un primer paso práctico es elegir el tipo de clase adecuado. Para los principiantes absolutos son ideales los cursos etiquetados como «yoga para principiantes», «gentle yoga» o «hatha yoga». Estas modalidades hacen hincapié en el movimiento lento y consciente, la respiración correcta y la comprensión de los principios básicos, no en el rendimiento. Por el contrario, conviene evitar clases como «power yoga» o vinyasa avanzado, que presuponen un nivel básico de condición física y conocimiento de las posiciones.
Si el contacto directo con otras personas resulta demasiado estresante, las clases online pueden ser un excelente punto de partida. Plataformas como Yoga with Adriene en YouTube ofrecen cientos de vídeos gratuitos dirigidos específicamente a principiantes, personas con el cuerpo rígido o personas con sobrepeso. Adriene Mishler, una de las yoguis más seguidas del mundo, es conocida precisamente por su enfoque de «yoga para todos», y su lema favorito es «Find What Feels Good» —encuentra lo que te sienta bien—. Este enfoque refleja exactamente la filosofía que debería acompañar cualquier comienzo.
Una parte importante de la preparación es también el equipamiento. No es necesario invertir de inmediato en mallas caras ni en accesorios especiales. Lo fundamental es una esterilla de yoga de calidad que proporcione suficiente adherencia y amortiguación. Para los principiantes, los bloques de yoga y la correa son herramientas muy útiles, ya que ayudan a lograr la alineación correcta del cuerpo incluso con una flexibilidad limitada. Estos accesorios no son una señal de debilidad; al contrario, los instructores profesionales los recomiendan también a practicantes avanzados como herramienta para un trabajo más profundo y seguro con el cuerpo.
La ropa debe ser cómoda, transpirable y permitir libertad de movimiento. Los materiales de algodón orgánico o bambú son una opción muy apreciada, no solo por su tacto agradable sobre la piel, sino también porque son más respetuosos con el medio ambiente, algo que encaja con la filosofía de vida consciente y sostenible que el yoga promueve de manera natural.
Una de las cosas que más sorprende a los principiantes es lo poco que importa lo que «logren» en una clase. El yoga no consiste en alcanzar objetivos en el sentido tradicional del término. Se trata de la presencia: de lo que ocurre en el cuerpo y en la mente justo ahora, en esta posición concreta, con esta respiración concreta. Por eso el yoga puede resultar tan liberador para las personas que en otros ámbitos de su vida están acostumbradas a competir constantemente por el rendimiento. Una clase de yoga es un espacio donde no hay nada que demostrar.
La regularidad desempeña un papel más importante que la intensidad. Veinte minutos de yoga tres veces a la semana producirán en un mes resultados notablemente mejores que una clase de una hora a la semana. El cuerpo se adapta al movimiento de forma gradual y necesita repetición para memorizar los nuevos patrones de movimiento. Por eso se recomienda a los principiantes empezar despacio pero con constancia, sin esperar resultados inmediatos.
El yoga también tiene una fuerte dimensión social que se pierde cuando se practica en casa. Una clase en grupo crea comunidad: personas con los mismos objetivos y dudas similares. Muchos principiantes reconocen que precisamente esa comunidad es una de las principales razones por las que continuaron con el yoga. Saber que no están solos, que los demás también luchan con las caderas rígidas o la mente dispersa, resulta enormemente alentador.
Merece una mención especial el yoga para adultos mayores y personas de la tercera edad. La Organización Mundial de la Salud OMS recomienda a las personas mayores una actividad física regular centrada en el equilibrio y la flexibilidad, y el yoga cumple estos requisitos a la perfección. Los cursos especiales de «chair yoga» o «yoga en silla» permiten practicar incluso a personas con movilidad reducida o a quienes no pueden estar de pie sobre la esterilla. Esta modalidad de yoga es popular en residencias de mayores y centros de rehabilitación de todo el mundo, y sus beneficios están bien documentados científicamente.
El yoga, por tanto, no es realmente cosa de quienes nacieron con una flexibilidad natural o que han practicado deporte toda su vida. Es una práctica que se adapta a la persona, no al revés. Cada cuerpo es diferente y cada camino en el yoga tiene su propio aspecto. Lo que uno logra con facilidad puede llevarle meses a otro, y eso está absolutamente bien. Lo esencial es empezar, perseverar y permitirse estar en la clase tal como uno es en ese momento, sin comparaciones ni juicios.
Quizás la mayor paradoja del yoga reside en que las personas que se sienten «no preparadas para el yoga» son, en realidad, quienes más lo necesitan. Los músculos rígidos, la mente cansada, los nervios sobrecargados: esas son precisamente las razones para subirse a la esterilla. No son obstáculos que haya que superar primero. El yoga no comienza en el momento en que el cuerpo es perfecto. Comienza en el momento en que una persona decide dar el primer paso, aunque sea insegura, aunque sienta algo de vergüenza, aunque no sepa lo que le espera.