# Terrores nocturnos en niños y cómo reaccionar ante ellos correctamente
Imaginen esta escena: es la una y media de la madrugada, la casa está sumida en el silencio y de repente, desde el cuarto de los niños, se escucha un grito penetrante. Los padres saltan de la cama con el corazón desbocado y, cuando llegan junto a su hijo, lo ven sentado con los ojos abiertos, temblando o pataleando, gritando con todas sus fuerzas, sin percibir en absoluto su presencia. Lo llaman por su nombre, pero el niño no responde. Intentan abrazarlo, pero él se resiste. Tras varios minutos que parecen una eternidad, el niño se calma y vuelve a dormirse, y por la mañana no recuerda absolutamente nada de lo ocurrido durante la noche.
Esto son los terrores nocturnos, y para los padres que los experimentan por primera vez pueden resultar verdaderamente aterradores. La reacción natural es intentar detenerlos, prevenirlos o «curarlos». Sin embargo, los expertos coinciden en algo sorprendente: lo mejor que pueden hacer los padres es aprender a reaccionar correctamente, no eliminarlos a toda costa.
Pruebe nuestros productos naturales
Qué son los terrores nocturnos y por qué se diferencian de las pesadillas
Los terrores nocturnos son un fenómeno que mucha gente confunde con las pesadillas, pero se trata de dos fenómenos fundamentalmente distintos. Las pesadillas son sueños: el niño se despierta, está asustado, recuerda lo que soñó y necesita que lo tranquilicen y reconforte. Los terrores nocturnos, en cambio, son un trastorno del sueño que pertenece al grupo de las llamadas parasomnias. Ocurren durante la fase más profunda del sueño, el llamado sueño NREM, concretamente en la fase de ondas lentas, y durante ellos el niño técnicamente no está dormido ni completamente despierto. Se encuentra en una especie de estado intermedio en el que el cerebro no está ni completamente despierto ni completamente dormido.
Por eso el niño no responde cuando lo llaman, no reconoce a sus padres y por la mañana no recuerda nada del episodio. El cerebro simplemente se «bloquea» durante la transición entre las fases del sueño y atraviesa una especie de tormenta de impulsos nerviosos que se manifiesta externamente en forma de gritos, llanto, mirada confusa o movimientos bruscos. El episodio completo dura habitualmente entre cinco y veinte minutos, a veces más.
Según datos de diversos estudios, los terrores nocturnos afectan aproximadamente al 1-6,5 % de los niños, y aparecen con mayor frecuencia entre los tres y los ocho años de edad. Algunas fuentes, como la Academia Americana de Medicina del Sueño, señalan que en niños en edad preescolar la incidencia puede ser incluso mayor, ya que su arquitectura del sueño difiere notablemente de la de los adultos: tienen fases de sueño lento más largas e intensas, lo que hace más difícil la transición hacia fases más ligeras.
Es interesante destacar que los terrores nocturnos tienen un fuerte componente genético. Si uno de los padres los padeció, la probabilidad de que su hijo también los experimente es significativamente mayor. No se trata, pues, de un fallo en la crianza, de un entorno inadecuado ni de problemas psicológicos del niño: es simplemente la forma en que se desarrolla el cerebro infantil.
Qué desencadena los terrores nocturnos y cómo entenderlos
Aunque la causa de los terrores nocturnos reside en la biología, existen factores que demuestran aumentar su frecuencia o intensidad. El cansancio y la falta de sueño son, paradójicamente, de los principales desencadenantes: un cerebro fatigado tiende a caer en un sueño NREM más profundo con mayor rapidez e intensidad, lo que aumenta la probabilidad de que la transición entre fases no sea fluida. También influyen la fiebre, las enfermedades, los cambios de entorno o los viajes, el estrés y los grandes cambios vitales como el inicio en la guardería o la llegada de un hermano.
Un ejemplo concreto: un niño de siete años comenzó a tener terrores nocturnos de forma regular, una vez por semana, poco después de que su familia se mudara a un nuevo apartamento. Al principio, los padres buscaron explicaciones complejas: trauma, ansiedad, problemas en el colegio. Sin embargo, la clave resultó ser mucho más sencilla: el niño se acostaba una hora y media más tarde que antes, porque el nuevo apartamento era más ruidoso y le costaba más conciliar el sueño. En cuanto los padres establecieron una rutina vespertina más firme y retrasaron la hora de acostarse, los episodios se redujeron considerablemente.
Este ejemplo ilustra bien por qué es tan importante observar los terrores nocturnos en el contexto más amplio de la vida cotidiana del niño, en lugar de verlos como un problema aislado que hay que «arreglar».
Como escribió el especialista en sueño pediátrico Richard Ferber: «Los terrores nocturnos son el resultado de un sistema nervioso normal pero inmaduro; no son síntoma de enfermedad ni de daño psicológico». Esta perspectiva puede suponer un enorme alivio para los padres, ya que les ayuda a dejar de buscar un error donde no lo hay.
Cómo reaccionar correctamente cuando llega un terror nocturno
Y aquí llegamos al meollo de la cuestión. El instinto de la mayoría de los padres es intervenir de inmediato: tomar al niño en brazos, sacudirlo, llamarlo por su nombre, intentar despertarlo. Pero precisamente esto puede empeorar la situación y prolongar el episodio. Dado que el niño técnicamente no está despierto pero tampoco dormido, los estímulos externos bruscos, como una luz intensa, llamadas en voz alta o contacto físico, pueden confundir aún más al cerebro y retrasar la vuelta a un sueño tranquilo.
¿Qué hacer entonces? Los expertos recomiendan afrontar los terrores nocturnos con calma y paciencia, aunque en ese momento resulte enormemente difícil. Lo más importante es garantizar la seguridad del niño: asegurarse de que no se golpea contra los muebles, no se cae de la cama y no puede sufrir ningún daño. Después, simplemente permanecer cerca, hablar con voz tranquila y suave, y esperar a que el episodio remita por sí solo.
No es necesario despertar al niño. No es necesario convencerlo de que está a salvo, porque en ese momento de todas formas no lo escucha. Basta con estar presente, vigilar y dejar que la naturaleza siga su curso. La mayoría de los episodios remiten solos y el niño regresa a un sueño tranquilo sin ninguna experiencia consciente.
Por la mañana conviene mantener la calma y no preguntar al niño sobre el terror nocturno, o hacerlo de forma muy discreta. Como no lo recuerda, hacerle preguntas detalladas podría inquietarlo innecesariamente o, por el contrario, generarle miedos nocturnos que de otro modo no tendría. Si le preguntan y responde que no recuerda nada, créanle: es completamente normal.
También hay situaciones en las que conviene consultar a un especialista. Si los episodios son muy frecuentes (por ejemplo, cada noche o varias veces por noche), si son extremadamente intensos o prolongados, si el niño abandona la cama durante ellos y podría hacerse daño, o si los terrores nocturnos persisten más allá de los diez años, en ese caso es recomendable consultar con el pediatra o un especialista en sueño. La Sociedad Checa de Neurología Pediátrica ofrece información útil al respecto, así como contactos con especialistas.
Algunos médicos, en casos de terrores nocturnos muy frecuentes e intensos, recomiendan la técnica del llamado despertar programado: el padre o la madre despierta suavemente al niño unos veinte o treinta minutos antes de la hora habitual en que suelen producirse los episodios, interrumpiendo así el ciclo de sueño profundo para que la transición se produzca de forma más fluida. Este método cuenta con respaldo científico y puede resultar eficaz, pero en ningún caso debería aplicarse sin orientación profesional.
Tan importante como la reacción nocturna es lo que ocurre durante el día. Una rutina de sueño regular es una de las herramientas más eficaces para reducir la frecuencia de los terrores nocturnos. El niño debería acostarse cada día aproximadamente a la misma hora, la rutina vespertina debería ser predecible y tranquila, sin pantallas, juegos ruidosos ni actividades estimulantes justo antes de dormir. El entorno del dormitorio debería ser oscuro, silencioso y agradablemente fresco.
Si los padres observan que los episodios se repiten siempre a la misma hora, es útil anotarlo y tratar de averiguar si en ese momento el niño está más cansado que de costumbre, si han precedido situaciones estresantes o cambios en la rutina. Un diario del sueño de este tipo puede ser una herramienta valiosa tanto para los propios padres como para el médico, en caso de que decidan consultar la situación.
También es importante recordar que los terrores nocturnos no son peligrosos para el niño: son incómodos y agotadores para los padres, pero el propio niño no sufre ningún trauma a consecuencia de ellos. El cerebro del niño simplemente está en desarrollo, y los terrores nocturnos son una de las manifestaciones de ese desarrollo. Del mismo modo que los primeros dientes duelen pero acaban saliendo, o que el niño se cae antes de aprender a caminar, esto también forma parte del camino.
Los padres que atraviesan este período merecen apoyo y la certeza de que están haciendo lo suficiente. No es necesario tener un plan perfecto tras cada episodio ni buscar soluciones milagrosas. A veces basta con estar ahí, aguantar y saber que esto pasará, porque en la inmensa mayoría de los niños efectivamente desaparece por sí solo a medida que su sistema nervioso madura y los ciclos de sueño se estabilizan. Y eso es algo que merece la pena recordar.