Cómo compostar en el balcón de un apartamento urbano
Hace apenas unos años, la mayoría de las personas que vivían en pisos de bloques de viviendas se habrían encogido de hombros ante la idea de poder procesar los residuos de cocina directamente en su hogar. El compostaje era, al fin y al cabo, algo para jardineros, para personas con su propio terreno y suficiente espacio. Sin embargo, los tiempos cambian y con ellos también la actitud de los habitantes urbanos hacia los residuos, la sostenibilidad y su propia huella ecológica. El compostaje en el balcón hace tiempo que dejó de ser una utopía: gracias a sistemas como el bokashi y el vermicompostador, se ha convertido en algo absolutamente real y práctico incluso para quienes viven en un pequeño piso urbano.
Según datos de la Oficina Checa de Estadística, los residuos biodegradables representan aproximadamente el 40 % del contenido de un cubo de basura común. Es una enorme cantidad de material que no tendría por qué acabar en un vertedero o en una incineradora, sino que podría transformarse en un valioso nutriente para las flores del alféizar, las hierbas aromáticas del balcón o las plantas de interior del salón. Y es precisamente aquí donde entran en escena dos métodos que en los últimos años están ganando cada vez más adeptos entre los habitantes de las ciudades.
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Bokashi: la fermentación japonesa que cambiará tu visión de los residuos de cocina
La palabra «bokashi» proviene del japonés y, traducida libremente, significa «materia orgánica fermentada». El principio es sorprendentemente sencillo y a la vez genial. En lugar del compostaje clásico, en el que el material orgánico se descompone en presencia de aire, el bokashi funciona según el principio de la fermentación anaeróbica, es decir, una fermentación sin presencia de oxígeno. Los residuos de cocina se depositan en un cubo especial hermético, se intercalan con salvado bokashi que contiene microorganismos efectivos y se dejan fermentar.
¿Qué tiene esto de tan revolucionario? Sobre todo, el hecho de que en el cubo bokashi se puede echar prácticamente cualquier cosa de la cocina. A diferencia del compost clásico, donde no se recomienda añadir carne, pescado, productos lácteos o comida cocinada, el bokashi puede con todo eso. Restos de la comida, cáscaras de cítricos, posos de café, bolsitas de té, incluso pequeños huesos: todo puede acabar en el recipiente bokashi. Para una persona que vive en un piso, donde cada día se genera una variada mezcla de residuos de cocina, esto supone una enorme ventaja.
Todo el proceso dura aproximadamente de dos a tres semanas. Durante este tiempo, los residuos liberan el llamado lixiviado bokashi, un líquido rico en nutrientes que basta con diluir en agua en una proporción aproximada de 1:100 y utilizar como un excelente fertilizante para las plantas. Una vez finalizada la fermentación, el contenido del cubo está listo para su posterior procesamiento. Se puede enterrar en una maceta con tierra, añadir al compost del jardín o entregar a un huerto comunitario. Es importante saber que el material fermentado todavía no es compost terminado: necesita contacto con la tierra, donde finalmente se descompondrá en humus.
La experiencia práctica de la señora Jana, de Praga-Vinohrady, que lleva ya tres años utilizando el sistema bokashi, muestra lo fácilmente que este método se integra en la vida cotidiana. «Al principio tenía miedo del olor», reconoce, «pero me sorprendió que el bokashi en realidad huele un poco como chucrut. Tengo el cubo debajo del fregadero y ninguna de las visitas se ha fijado en él». Jana calcula que, gracias al bokashi, ha reducido el volumen de su basura mezclada casi a la mitad y sus tomates del balcón nunca habían dado tan buena cosecha.
El coste de adquisición de un sistema bokashi se sitúa en el orden de unos pocos cientos de coronas por el cubo, y además es necesario ir comprando periódicamente el salvado bokashi. Para una persona urbana que no tiene jardín ni compostador en el patio, este método representa la puerta de entrada más fácil al mundo del compostaje doméstico. El cubo ocupa un espacio mínimo, no huele mal y no requiere ningún mantenimiento especial: basta con drenar regularmente el lixiviado y de vez en cuando procesar el contenido.
Vermicompostador: una pequeña granja de lombrices con un gran impacto
Si el bokashi es el camino de la fermentación, el vermicompostador representa el camino de la biología en el sentido más literal. La base de todo el sistema son las lombrices, concretamente las lombrices rojas californianas (Eisenia fetida), que se alimentan de residuos orgánicos y los transforman en vermicompost de extraordinaria calidad, a veces apodado «el oro negro de los jardineros». Y sí, esta pequeña granja de lombrices puede funcionar sin problemas directamente en un piso.
El vermicompostador es habitualmente un recipiente de varios niveles que recuerda a cajas apilables. En el nivel superior se añaden los residuos de cocina: cáscaras de verduras y frutas, bolsitas de té, posos de café, cáscaras de huevo, servilletas de papel o cartón. Las lombrices procesan gradualmente el material y producen vermicompost, que va cayendo a los niveles inferiores. En la parte inferior se acumula el llamado té de lombriz, un fertilizante líquido de calidad excepcional que las plantas literalmente adoran.
A diferencia del bokashi, el vermicompostaje tiene ciertas limitaciones en cuanto a lo que se puede ofrecer a las lombrices. La carne, el pescado, los productos lácteos y los alimentos muy condimentados no deben ir al vermicompostador, ya que podrían causar malos olores y atraer insectos no deseados. Los cítricos y la cebolla son aceptables solo en pequeñas cantidades, porque su acidez no sienta demasiado bien a las lombrices. Por otro lado, si se respetan estas sencillas reglas, el vermicompostador funciona de forma totalmente autónoma y sin ningún tipo de olor. Un vermicompostador sano huele a bosque, a tierra húmeda, lo cual es en realidad un aroma bastante agradable.
¿Cuántas lombrices se necesitan realmente? Para un hogar común de dos a tres personas basta con aproximadamente medio kilo de lombrices, es decir, unas quinientas unidades. Puede sonar como mucho, pero las lombrices ocupan sorprendentemente poco espacio y son unas compañeras de piso absolutamente silenciosas. El vermicompostador entero cabe en una esquina del balcón, en un trastero, debajo de la encimera de la cocina o incluso en el sótano. Como indica Ekodomov, una organización checa dedicada al compostaje doméstico, un vermicompostador de unas dimensiones aproximadas de 40×40×60 centímetros puede procesar los residuos de una familia corriente sin ningún problema.
Una de las preocupaciones frecuentes de los futuros vermicompostadores suele ser la pregunta: «¿Y si se me escapan las lombrices?» La respuesta es sencilla: no se escapan. Las lombrices californianas son fotofóbicas, es decir, evitan la luz, y si tienen suficiente alimento y humedad en el compostador, no tienen la menor razón para abandonar su hogar. Son, en realidad, las mascotas domésticas ideales: no necesitan paseos, no hacen ruido y, a cambio, producen el mejor fertilizante que uno pueda imaginar.
Entre el bokashi y el vermicompostador no tiene por qué haber necesariamente una elección de «uno u otro». Muchos entusiastas del estilo de vida sostenible combinan ambos sistemas. El bokashi procesa lo que las lombrices no pueden: carne, productos lácteos, comida cocinada, y el vermicompostador se encarga del resto. Esta combinación puede cubrir prácticamente la totalidad de los residuos biológicos del hogar, algo que hace apenas diez años habría sonado absolutamente inimaginable en el contexto de la vivienda urbana.
Como señaló el ambientalista británico y autor del libro Sustainable Home, David Batchelor: «Los cambios medioambientales más eficaces son los que ocurren en la cocina, no porque sean los más grandes, sino porque son los más frecuentes». Y precisamente en eso reside la fuerza del compostaje doméstico. No es un gesto puntual, sino un hábito cotidiano que va cambiando gradualmente la relación de la persona con los residuos, la comida y la naturaleza.
Desde un punto de vista práctico, conviene mencionar también el aspecto económico. Un vermicompostador se puede adquirir ya hecho por un precio aproximado de entre mil y tres mil coronas, o bien fabricarlo uno mismo con cajas de plástico corrientes por una fracción de ese importe. Las lombrices se pueden pedir por internet u obtener de otro vermicompostador: la comunidad de personas dedicadas al vermicompostaje en Chequia es sorprendentemente activa y acogedora, por ejemplo en grupos de Facebook o foros dedicados al estilo de vida zero waste. Un kit de inicio bokashi tiene un coste similar y los gastos de funcionamiento se limitan a la compra de salvado bokashi, que cuesta del orden de unas pocas decenas de coronas al mes.
También es importante la dimensión ecológica de todo esto. Cuando los residuos biológicos acaban en un vertedero, se descomponen sin presencia de aire y producen metano, un gas de efecto invernadero que, según la Agencia de Protección Ambiental de Estados Unidos (EPA), es aproximadamente 25 veces más eficaz en la retención de calor que el dióxido de carbono. Cada kilogramo de residuos de cocina que se procesa en casa en lugar de ir al vertedero es, por tanto, una pequeña pero real contribución a la protección del clima. Y cuando uno se da cuenta de que un hogar checo medio produce anualmente aproximadamente 150 kilogramos de biorresiduos, la cifra deja de ser insignificante.
Para quienes se plantean dar los primeros pasos hacia el compostaje doméstico, lo mejor es empezar de forma sencilla. No hace falta invertir de inmediato en equipamiento caro ni estudiar complicados manuales. Basta con hacerse con un cubo bokashi básico o un vermicompostador sencillo, leer unos cuantos artículos o ver alguno de los muchos videotutoriales disponibles y, simplemente, empezar. Los errores forman parte del proceso: ni siquiera los compostadores experimentados empezaron siendo expertos. Lo importante es superar la incertidumbre inicial y probarlo.
Las ciudades están cambiando poco a poco. Los huertos comunitarios surgen en las azoteas de los edificios, en los balcones florecen hierbas aromáticas y tomates, y en las cocinas, debajo de los fregaderos, trabajan silenciosamente cubos bokashi y vermicompostadores. Este cambio no es solo una moda pasajera: es una reacción natural a la época en la que vivimos. Una época en la que cada vez más personas son conscientes de que incluso en un pequeño piso urbano se puede vivir de manera más responsable y en mejor armonía con la naturaleza. Y quizás ese discreto cubo debajo del fregadero o esa caja con lombrices en un rincón del balcón sea el primer paso más sencillo que una persona puede dar.