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La mayoría de las mujeres percibe la menstruación como una parte natural de su vida: a veces molesta, otras casi imperceptible, pero siempre presente. Pero, ¿qué sucede cuando un día el ciclo simplemente no llega? ¿Y tampoco llega al mes siguiente? La ausencia de la menstruación suele ser lo primero que las mujeres atribuyen al estrés o a un cambio en el estilo de vida, y con frecuencia le restan importancia. Sin embargo, el cuerpo está enviando una señal de alarma que no debería pasar desapercibida. La amenorrea, es decir, la ausencia de sangrado menstrual, es una condición que afecta a un número sorprendentemente elevado de mujeres jóvenes y, aun así, se habla muy poco de ella.

Antes de profundizar más, conviene tener en cuenta una cosa. El ciclo menstrual no se trata solo de fertilidad. Es una especie de barómetro de la salud general del cuerpo femenino. La Academia Americana de Pediatría incluso ha calificado la menstruación como «el quinto signo vital», junto con el pulso, la presión arterial, la temperatura y la frecuencia respiratoria. Cuando el ciclo desaparece, significa que algo en el organismo no está funcionando como debería. Y precisamente por eso vale la pena comprender qué es realmente la amenorrea, cómo se manifiesta y qué se puede hacer al respecto.

El término amenorrea proviene del griego y significa literalmente «sin flujo mensual». Los médicos distinguen dos tipos básicos. La amenorrea primaria se refiere a las chicas en las que la menstruación no ha comenzado en absoluto hasta los dieciséis años, a pesar de haber presentado otros signos de pubertad. La amenorrea secundaria es la situación en la que una mujer que antes menstruaba con regularidad deja de tener la menstruación durante tres o más meses (o seis meses en el caso de ciclos previamente irregulares). Precisamente la amenorrea secundaria es la variante más frecuente y afecta, según las estimaciones, hasta al cinco por ciento de las mujeres en edad reproductiva, siendo este porcentaje considerablemente más alto en algunos grupos específicos: deportistas, mujeres con trastornos de la conducta alimentaria o mujeres expuestas a estrés crónico.

Es natural que la menstruación no se presente durante el embarazo, la lactancia o después de la menopausia. Se trata de estados fisiológicos que no tienen nada que ver con la amenorrea como diagnóstico. El problema surge cuando la menstruación falta sin una razón aparente, o más bien por una razón que la mujer aún no ha descubierto.


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Por qué desaparece el ciclo: causas que se ocultan bajo la superficie

Las causas de la amenorrea son numerosas y comprenderlas requiere al menos una idea básica de cómo funciona el ciclo menstrual. Todo el proceso está regulado por una compleja cascada hormonal que comienza en el cerebro —concretamente en el hipotálamo y la hipófisis— y continúa a través de los ovarios hasta el útero. Si se produce una alteración en cualquier nivel de este eje, el ciclo puede detenerse.

Una de las causas más frecuentes en mujeres jóvenes es la llamada amenorrea hipotalámica funcional. Esta se produce cuando el hipotálamo —una zona pequeña pero enormemente importante del cerebro— deja de enviar las señales necesarias para poner en marcha el ciclo. ¿Y qué «silencia» al hipotálamo? Con mayor frecuencia, la combinación de tres factores: estrés excesivo, ingesta energética insuficiente y actividad física desmesurada. En tal situación, el cuerpo determina que las condiciones para un eventual embarazo no son seguras y simplemente «apaga» las funciones reproductivas. En realidad es un mecanismo de protección, pero con consecuencias de largo alcance.

Imaginemos, por ejemplo, a una estudiante universitaria que se prepara para exámenes exigentes, que al mismo tiempo corre diez kilómetros cada día y que, en su afán por mantenerse delgada, ha reducido su ingesta calórica al mínimo. Al principio quizá note que la menstruación llega unos días más tarde. Luego falta un ciclo. Después otro. Se dice a sí misma que es por el estrés, que ya «se normalizará». Pero no se normaliza solo, y mientras tanto su cuerpo sufre en silencio. Desciende el nivel de estrógenos, los huesos se debilitan, empeora el estado de ánimo, disminuye la libido. Todas estas son consecuencias que pueden manifestarse meses o incluso años después.

Otras causas frecuentes son los trastornos hormonales, como el síndrome de ovarios poliquísticos (SOP), que afecta aproximadamente a una de cada diez mujeres y es uno de los trastornos endocrinos más comunes. En el SOP se produce un desequilibrio de las hormonas sexuales que conduce a una ovulación irregular o ausente. Entre otras causas se encuentran los trastornos de la tiroides —tanto el hipotiroidismo como el hipertiroidismo—, niveles elevados de prolactina, insuficiencia ovárica prematura o anomalías estructurales del útero. En ocasiones, la amenorrea puede ser provocada también por la suspensión repentina de la anticoncepción hormonal, ya que el cuerpo necesita cierto tiempo para que su propia producción hormonal se reactive.

No se pueden pasar por alto tampoco los trastornos de la conducta alimentaria, especialmente la anorexia nerviosa. La relación entre una ingesta alimentaria extremadamente baja y la pérdida de la menstruación está bien documentada y constituye uno de los criterios diagnósticos de esta grave enfermedad. Según el Centro Nacional de Información sobre Trastornos de la Conducta Alimentaria, la amenorrea prolongada asociada a la desnutrición puede provocar consecuencias irreversibles para la salud, incluida la osteoporosis a edad temprana.

¿Y cómo se manifiesta realmente la amenorrea? El síntoma principal y más evidente es, por supuesto, la ausencia de sangrado menstrual. Pero eso está lejos de ser todo. Muchas mujeres con amenorrea describen también otras molestias que al principio no relacionan con la falta de menstruación. Entre ellas se encuentran dolores de cabeza, deterioro de la calidad del cabello y la piel, acné, vello excesivo (especialmente en el caso del SOP), cambios de humor, fatiga, problemas de sueño, disminución de la libido, sequedad vaginal o dificultades de fertilidad. Algunas mujeres notan también secreción láctea de los pechos, lo que puede indicar niveles elevados de prolactina. Todos estos síntomas son una señal de que el equilibrio hormonal está alterado y merecen la atención de un médico.

Qué hacer: el camino hacia la recuperación del equilibrio

Cuando una mujer descubre que le falta la menstruación de forma prolongada, el primer paso debería ser una visita al ginecólogo. Este, basándose en la historia clínica, la exploración física y los análisis de sangre —típicamente niveles de FSH, LH, estradiol, prolactina, hormonas tiroideas y, en su caso, andrógenos— determinará dónde está el problema. A veces es necesario también una ecografía pélvica o una imagen cerebral (resonancia magnética) para descartar un tumor de la hipófisis.

El tratamiento depende de la causa. En la amenorrea hipotalámica funcional, el pilar fundamental es el cambio en el estilo de vida: aumentar la ingesta calórica, reducir la intensidad del ejercicio y trabajar en la gestión del estrés. Suena sencillo, pero para muchas mujeres se trata de uno de los pasos más difíciles que pueden dar. Especialmente en una cultura que ensalza la delgadez y el rendimiento, aceptar que el cuerpo necesita más comida y más descanso puede suponer un verdadero desafío. Aun así, es absolutamente fundamental. Como dice la doctora Nicola Rinaldi, autora del libro No Period. Now What?: «Tu menstruación es un signo de salud. Si no la tienes, tu cuerpo te está diciendo que algo no va bien, y depende de ti escucharlo.»

En el caso del SOP, el tratamiento se centra en la regulación del desequilibrio hormonal, a menudo mediante anticonceptivos hormonales combinados, metformina o cambios en la alimentación y el régimen de actividad física. En los trastornos tiroideos, la clave es la sustitución hormonal adecuada. Si la causa es un nivel elevado de prolactina, existen medicamentos eficaces que reducen sus niveles. Y en los casos en que la amenorrea está relacionada con un trastorno de la conducta alimentaria, es imprescindible una atención integral que incluya psicoterapia, asesoramiento nutricional y supervisión médica.

Pero lo que es importante destacar: la amenorrea no es un estado que sea sensato ignorar o «dejar pasar». La deficiencia prolongada de estrógenos que a menudo acompaña a la amenorrea tiene graves consecuencias para la salud ósea. Las mujeres con amenorrea pueden perder masa ósea a un ritmo comparable al de las mujeres posmenopáusicas, pero a los veinte o treinta años, cuando por el contrario deberían tener los huesos en su máximo nivel de fortaleza. Según un estudio publicado en el Journal of Clinical Endocrinology & Metabolism, la amenorrea hipotalámica funcional que dura más de seis meses puede conducir a una pérdida medible de densidad ósea. Y ese es un riesgo que no se puede tomar a la ligera.

Además de los huesos, también sufre el sistema cardiovascular. Los estrógenos tienen un efecto protector sobre los vasos sanguíneos y el corazón, y su deficiencia prolongada aumenta el riesgo de enfermedades cardíacas incluso a edades tempranas. Además, la amenorrea puede afectar negativamente a la salud mental: el desequilibrio hormonal se asocia con frecuencia a la ansiedad, la depresión y una disminución general de la calidad de vida.

Por ello es absolutamente fundamental que las mujeres jóvenes perciban su ciclo menstrual como un indicador importante de salud, y no como una molestia cuya ausencia es en realidad una «ventaja». En las redes sociales aparecen de vez en cuando voces que restan importancia a la pérdida de la menstruación o incluso la presentan como un signo de disciplina y dedicación al régimen de entrenamiento. La realidad es todo lo contrario. La ausencia de menstruación no es una medalla por el trabajo duro: es una bandera roja que el cuerpo no debería agitar en vano.

Si, por tanto, usted se encuentra entre las mujeres a las que les falta la menstruación, o conoce a alguien en esa situación, no dude en buscar ayuda profesional. Cuanto antes se descubra la causa y se empiece a abordar, menor será el riesgo de consecuencias a largo plazo. Y recuerde: cuidar de su cuerpo no es una debilidad. Es la expresión más básica de respeto hacia la propia salud que toda mujer merece.

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