La grasa parda se activa con el frío y acelera el metabolismo
La mayoría de las personas escucha la palabra "grasa" y de inmediato imagina algo de lo que hay que deshacerse. Sin embargo, la naturaleza es más ingeniosa de lo que podría parecer. En el cuerpo humano existe un tipo especial de tejido adiposo que funciona exactamente al contrario que el que se acumula alrededor de la cintura: en lugar de almacenar energía, la quema activamente. Se llama grasa parda, en inglés brown fat o brown adipose tissue, y en los últimos años los científicos le prestan cada vez más atención. El motivo es sencillo: se trata de un motor metabólico natural que despierta precisamente cuando tienes frío.
Durante mucho tiempo se asumió que el tejido adiposo pardo era exclusivo de los recién nacidos y los niños pequeños, que aún no pueden mantener la temperatura corporal mediante la actividad muscular. No fue hasta 2009 cuando estudios independientes publicados en el prestigioso New England Journal of Medicine revelaron un hallazgo sorprendente: la grasa parda funcional también existe en adultos, y en mayor cantidad de la que nadie esperaba. Desde entonces, la investigación en este campo se ha disparado literalmente y ha aportado conocimientos con el potencial de cambiar la forma en que pensamos sobre la pérdida de peso, la termorregulación y la prevención de enfermedades metabólicas.
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Qué es realmente la grasa parda y por qué es diferente
Para entender por qué la grasa parda es tan excepcional, resulta útil compararla con su "prima blanca". El tejido adiposo blanco sirve principalmente como reserva de energía: almacena las calorías sobrantes en forma de gotitas de grasa y aísla el cuerpo. El tejido adiposo pardo funciona de manera diametralmente opuesta. Sus células están repletas de mitocondrias —las centrales energéticas celulares— que contienen una proteína especial llamada termogenina (UCP1, uncoupling protein 1). Esta proteína puede "cortocircuitar" el proceso normal de producción de energía de tal manera que, en lugar de ATP, se libere calor. En otras palabras, la grasa parda literalmente quema energía únicamente para calentar el cuerpo.
El característico color pardo del tejido proviene precisamente de la densidad de las mitocondrias y de su rica vascularización. Cuantas más mitocondrias, más oscuro es el color y mayor es la capacidad de combustión. En los recién nacidos, el tejido adiposo pardo representa aproximadamente el cinco por ciento de la masa corporal total y se concentra principalmente alrededor de la columna vertebral, los riñones, las glándulas suprarrenales y la zona del cuello. En los adultos, su cantidad es menor y varía mucho de una persona a otra, pero sigue siendo metabólicamente activo.
Investigaciones realizadas mediante escáneres PET-CT han demostrado que las personas con mayor cantidad de grasa parda activa tienden a tener un índice de masa corporal (IMC) más bajo y una mejor sensibilidad a la insulina. Un estudio publicado en la revista Nature Medicine en 2021 incluso sugirió que las personas con una cantidad detectable de grasa parda tienen estadísticamente un menor riesgo de desarrollar diabetes tipo 2, enfermedades cardíacas e hipertensión. No se trata, pues, de una curiosidad bioquímica marginal, sino de un tejido con una influencia potencialmente decisiva sobre la salud general.
También resulta interesante un tercer tipo de tejido adiposo que se sitúa metafóricamente entre ambos extremos: la llamada grasa beige o brite (brown-in-white). Este tipo surge de la transformación de células adiposas blancas en respuesta al frío o a la actividad física, y sus propiedades se asemejan a las de la grasa parda. Investigadores de la Facultad de Medicina de Harvard han identificado las señales moleculares clave que regulan esta transformación y trabajan intensamente en cómo aprovecharla terapéuticamente.
El frío como desencadenante: por qué vale la pena pasar algo de frío de vez en cuando
La conexión entre el frío y la activación de la grasa parda no es casual: se trata de un mecanismo evolutivo que ayudó a nuestros ancestros a sobrevivir en condiciones donde la calefacción central simplemente no existía. En cuanto el cuerpo detecta un descenso en la temperatura ambiente, el hipotálamo envía una señal al sistema nervioso simpático, que a través de la noradrenalina activa el tejido adiposo pardo. Este comienza de inmediato a quemar ácidos grasos y glucosa para producir calor.
Precisamente este mecanismo fue estudiado por investigadores de la Universidad de Maastricht en una serie de experimentos en los que hicieron que voluntarios pasaran varias horas al día en un ambiente ligeramente frío (alrededor de 17 °C). Tras seis semanas de esta exposición, los participantes no solo aumentaron la cantidad de grasa parda activa, sino que también mejoraron su sensibilidad a la insulina y redujeron sus niveles de glucosa en sangre en ayunas. Las ventajas metabólicas de la exposición al frío no son, por tanto, meramente teóricas: son medibles y clínicamente relevantes.
¿Pero qué potencia de combustión tiene realmente la grasa parda? Las estimaciones varían según la cantidad de tejido activo y la intensidad del frío, pero las investigaciones sugieren que la grasa parda completamente activada puede quemar aproximadamente 200–300 kilocalorías adicionales al día respecto al gasto en reposo. Esto equivale aproximadamente a treinta minutos de caminata a paso rápido. Por sí solo puede sonar modesto, pero en el contexto del balance energético a largo plazo es una contribución nada desdeñable.
Un ejemplo práctico de la vida cotidiana puede ser la experiencia de personas que nadan regularmente en agua fría o practican el endurecimiento con frío. Muchas de ellas describen que tras varias semanas de inmersiones regulares en agua fría empiezan a tolerar mejor el frío, tiemblan menos y se sienten con más energía después de una ducha fría. Detrás de esta experiencia subjetiva está precisamente la adaptación del tejido adiposo pardo: el cuerpo literalmente aprende a quemar mejor.
Como escribió el pionero de la investigación sobre la grasa parda, el profesor Jan Nedergaard de la Universidad de Estocolmo: "La grasa parda es el único tejido del cuerpo cuya función es desperdiciar energía, y eso es precisamente lo que la convierte en un objetivo terapéutico tan interesante."
Cómo estimular de forma natural la actividad de la grasa parda
La pregunta que se plantea de forma lógica a continuación es: ¿se puede influir conscientemente en la cantidad y la actividad de la grasa parda? La respuesta es —sorprendentemente— sí. Y no tiene por qué significar necesariamente una ducha de agua helada cada día, aunque esta es una de las formas más rápidas de lograrlo.
Las formas más estudiadas de estimular la grasa parda incluyen:
- Exposición moderada y regular al frío — basta con bajar la temperatura del dormitorio a 18–19 °C, salir en tiempo fresco sin abrigarse en exceso o terminar la ducha con agua fría durante al menos 30–60 segundos
- Ejercicio regular — la actividad física, especialmente el ejercicio de resistencia, favorece la producción de la hormona irisina, que estimula la transformación de la grasa blanca en beige
- Sueño — la falta de sueño reduce la actividad del tejido adiposo pardo, mientras que un sueño de calidad y suficiente duración favorece su función
- Dieta rica en ciertas sustancias — la capsaicina de los chiles, el resveratrol de la uva o la curcumina de la cúrcuma muestran en estudios de laboratorio la capacidad de activar vías termogénicas similares a las de la exposición al frío
Merece una mención especial la melatonina, la hormona del sueño, cuyos niveles aumentan naturalmente por la noche. Estudios en modelos animales han demostrado que la melatonina estimula la formación de grasa beige y aumenta la expresión de la termogenina UCP1. La traducción directa a la fisiología humana sigue siendo objeto de investigación, pero es otro argumento a favor de un sueño regular y suficientemente largo.
También es importante mencionar qué inhibe la actividad de la grasa parda. El sobrecalentamiento —es decir, permanecer constantemente en habitaciones cálidas, abrigarse en exceso y evitar cualquier sensación de frío— conduce a la inactivación progresiva del tejido adiposo pardo. El estilo de vida moderno, con oficinas, coches y hogares calefactados, nos aporta comodidad, pero nos empobrece metabólicamente. Nuestros ancestros estaban expuestos al frío con mucha mayor frecuencia y su grasa parda probablemente era más activa.
Los investigadores en el campo de la nutrición y el metabolismo también muestran cada vez más interés por la microbiota intestinal y su influencia sobre la grasa parda. Se está viendo que determinadas cepas de bacterias intestinales producen moléculas señalizadoras que influyen en la termogénesis. Una microbiota sana y diversa —favorecida por alimentos fermentados, fibra y probióticos— puede ser, por tanto, una aliada indirecta de la activación del tejido adiposo pardo.
El futuro de la investigación sobre la grasa parda es fascinante. Las compañías farmacéuticas y los centros académicos buscan intensamente moléculas capaces de activar la grasa parda sin necesidad de exponerse al frío: en esencia, una píldora que pusiera en marcha el motor de combustión natural del cuerpo. Varios compuestos candidatos ya se encuentran en fase de ensayos clínicos, aunque el camino del laboratorio a la farmacia siempre es largo y está lleno de sorpresas.
Mientras tanto, vale la pena aprovechar lo que tenemos a nuestra disposición de forma gratuita: un poco de frío, ejercicio regular, sueño de calidad y una dieta variada. La grasa parda no es ninguna moda pasajera ni un truco de marketing: es un tejido biológico real con efectos metabólicos demostrados, que simplemente espera a que le demos la oportunidad de trabajar. Quizás es hora de dejar de protegernos tan afanosamente de cada soplo de aire frío y dejar que el cuerpo haga lo que ha aprendido a lo largo de millones de años de evolución.