facebook
¡Descuento SUMMER ahora mismo! | Con el código SUMMER obtén un 5 % de descuento en toda tu compra. | CÓDIGO: SUMMER 📋
Los pedidos realizados antes de las 12:00 horas se envían inmediatamente | Envío gratis en pedidos superiores a 95 EUR | Cambios y devoluciones gratuitos dentro de los 90 días

# Jak připravit domácí kostky bujónu bez éček Domácí kostky bujónu jsou skvělou alternativou ke kup

Cualquiera que haya mirado aunque sea una vez la composición de los cubitos de caldo comprados probablemente haya experimentado una sensación similar. Una larga lista de ingredientes llena de abreviaturas, números y nombres que recuerdan más a un laboratorio químico que a una cocina. Glutamato monosódico, proteínas vegetales hidrolizadas, aceite de palma, colorantes y toda una serie de conservantes: todo esto se esconde detrás de un inocente cubito que supuestamente debe dar profundidad de sabor a una sopa o salsa. Y sin embargo, existe una manera de preparar esa base en casa, con ingredientes limpios, sin un solo aditivo, y el resultado es incomparablemente mejor en sabor.

Los cubitos de caldo caseros no son ninguna novedad. Las generaciones de cocineros que nos precedieron sabían naturalmente cómo aprovechar verduras, hierbas y huesos para crear una base nutritiva para sopas, salsas y guisos. Fue la revolución industrial y la búsqueda de la comodidad lo que nos llevó a los sustitutos instantáneos. Hoy, sin embargo, estamos volviendo poco a poco atrás, y este retorno tiene una buena razón.


Pruebe nuestros productos naturales

Por qué vale la pena evitar los cubitos industriales

No se trata solo de una tendencia de moda o del esnobismo de un estilo de vida saludable. Las investigaciones demuestran repetidamente que el consumo excesivo de sodio y glutamatos asociado a los alimentos procesados industrialmente puede contribuir a la hipertensión, dolores de cabeza y sobrecarga renal. La Organización Mundial de la Salud recomienda una ingesta diaria de sodio inferior a 2 gramos, mientras que un solo cubito de caldo comprado puede contener más de 1 gramo de sodio por porción. Si una persona cocina sopa, salsa y base para arroz, la dosis diaria puede fácilmente alcanzar un nivel peligroso sin que siquiera se dé cuenta.

Pero el problema no es solo la sal. El glutamato monosódico, designado como E621, es una sustancia que potencia el sabor umami y hace que la comida sepa más intensa de lo que realmente es. En personas más sensibles puede provocar el llamado síndrome del restaurante chino: sensación de presión en la cabeza, palpitaciones o sudoración excesiva. Aunque la comunidad científica sigue debatiendo el grado de su nocividad, una cosa es segura: si preparas el caldo en casa, no necesitas ningún glutamato. El sabor natural de las verduras, las hierbas y eventualmente la carne es en sí mismo tan complejo que no se necesitan potenciadores químicos.

Como señaló en su momento el chef británico y promotor de la alimentación limpia Jamie Oliver: «La buena comida empieza con buenos ingredientes, no con frascos y polvos.» Y precisamente esa es la filosofía que está detrás del caldo casero.

Otro aspecto que suele pasarse por alto es la vertiente económica. Los cubitos de caldo caseros se preparan con los llamados ingredientes de desecho: pieles de verduras, hojas de perejil, tallos de hierbas aromáticas o pies de setas que de otro modo acabarían en la basura. Este enfoque no solo es ecológico, sino también respetuoso con el bolsillo. De cosas por las que normalmente no se paga nada surge un producto valioso y nutritivo que puede durar en el congelador varios meses.

Receta básica de cubitos de caldo caseros

Antes de entrar en el procedimiento en sí, es importante entender qué hace que un caldo sea un caldo. Se trata de un caldo concentrado: un líquido del que se evapora la mayor parte del agua y del que queda una pasta espesa e intensamente sabrosa o una masa sólida. Precisamente esta concentración es la clave para que una pequeña cantidad sustituya a toda una olla de caldo.

Ingredientes básicos para aproximadamente 20 cubitos caseros:

  • 500 g de zanahoria
  • 300 g de apio (bulbo o en ramas)
  • 200 g de puerro
  • 150 g de cebolla
  • 100 g de perejil (raíz y hojas)
  • 4-5 dientes de ajo
  • un puñado de setas secas (por ejemplo, boletus)
  • hierbas frescas: tomillo, romero, hoja de laurel, cebollino
  • 150 g de sal marina gruesa
  • 2 cucharadas de aceite de oliva

Todo el procedimiento es sorprendentemente sencillo. Hay que lavar bien todas las verduras y cortarlas en trozos grandes: no es necesario pelarlas ni cortarlas con demasiado cuidado, ya que al final todo se triturará. Las verduras se pueden procesar directamente en crudo, o primero sofreírlas brevemente en aceite de oliva, lo que dará al caldo resultante un sabor más profundo y caramelizado. El sofrito es opcional, pero sin duda recomendable: precisamente este paso marca la diferencia entre un resultado mediocre y uno excepcional.

Tras el sofrito o el procesado directo, todo se introduce en la batidora y se tritura hasta obtener una pasta homogénea. Las setas secas se pueden remojar previamente y añadir junto con su agua de remojo, que está llena de sabor umami natural. A continuación llega el turno de la sal, y aquí es importante entender su papel. La sal en esta receta no funciona solo como condimento, sino también como conservante natural que impide la proliferación de bacterias y prolonga la vida útil del producto. Por eso su cantidad es relativamente mayor de lo que cabría esperar, y al cocinar se añade el caldo con moderación, sin salar adicionalmente el plato.

La pasta terminada se vierte en cubiteras de hielo o en pequeños moldes de silicona y se congela. Una vez congelados, los cubitos se pueden trasladar a una bolsa o recipiente hermético y almacenar en el congelador. Alternativamente, la pasta se puede conservar en un tarro de cristal en la nevera, donde con la cantidad adecuada de sal aguanta perfectamente 3 o 4 meses.

Tomemos como ejemplo un hogar habitual: una familia con dos hijos que cocina todos los días. Esa familia consume una media de 2 a 3 cubitos de caldo a la semana. Si una vez al mes dedican hora y media a preparar cubitos caseros, tienen provisiones para todo el mes, saben exactamente lo que comen y ahorran no solo dinero, sino también los envases innecesarios de los productos industriales. Además, tienen la certeza de que sus hijos no consumen ningún alérgeno oculto ni aditivos artificiales.

Variaciones y consejos para un resultado aún mejor

La receta básica es solo el comienzo. Una vez que se entiende el principio, se puede adaptar a las preferencias gustativas propias o a la disponibilidad estacional de los ingredientes. En verano son ideales los tomates, los pimientos o el calabacín, que dan al caldo un carácter más dulce y ligero. En otoño encajan perfectamente la calabaza, la chirivía o las verduras de raíz, que aportan una profundidad terrosa. En invierno, las hierbas secas, el ajo y la cebolla crean una base cálida e intensa.

Para quienes no siguen una dieta vegetariana o vegana, existe una variante con huesos de pollo o rabo de buey. Los huesos se hornean primero a temperatura alta hasta que se doren, y luego se cuecen lentamente con agua y verduras durante varias horas. El caldo resultante se espesa y concentra de la misma manera que la versión vegetal. El resultado son cubitos llenos de colágeno, minerales y sabor natural, que son literalmente lo opuesto de un producto industrial.

Una variante muy interesante es también añadir pasta de miso o salsa tamari a la mezcla vegetal base. Ambos ingredientes están fermentados y son naturalmente ricos en sabor umami, por lo que pueden sustituir parcialmente a la sal o reducir su cantidad. La pasta de miso además aporta beneficios probióticos, aunque es cierto que al cocinar se destruye parte de los probióticos; aun así, permanecen los valiosos aminoácidos y enzimas.

Un consejo práctico importante se refiere a la consistencia de la pasta resultante. Si está demasiado líquida, se puede espesar antes de congelarla secándola en el horno a baja temperatura (alrededor de 60-70 °C) durante una o dos horas. Si por el contrario está demasiado espesa y es difícil de triturar, basta con añadir un poco de agua o aceite de oliva. La consistencia ideal recuerda a un hummus espeso: la pasta mantiene la forma pero se puede coger fácilmente con una cuchara.

En cuanto al uso, un cubito casero o una cucharadita de pasta generalmente sustituye a un cubito industrial. Se añade al agua hirviendo para hacer caldo, a la base de sopas, salsas, risotto, carne guisada o incluso a la base de pasta. El sabor es notablemente más complejo y natural, sin esa intensidad artificial tan característica de los productos industriales y al mismo tiempo tan inequívocamente reconocible.

Es fascinante cómo un pequeño cambio en la cocina puede influir en el enfoque general hacia la cocina. Una vez que alguien prepara su propio caldo, empieza a pensar de manera similar sobre otros ingredientes básicos: la mostaza, el kétchup, la mayonesa o incluso el pan. Este cambio de mentalidad es exactamente lo que está detrás del creciente interés por el llamado movimiento «real food», que documenta, por ejemplo, la organización Weston A. Price Foundation o los promotores checos de la alimentación tradicional.

El caldo casero sin aditivos no es solo una receta: es una actitud ante la alimentación. Es la decisión de saber qué comemos, de dónde viene y cómo se ha preparado. Es una manera de volver a algo que nuestras abuelas consideraban algo completamente natural, y que nosotros hemos perdido en la búsqueda de la comodidad. Y para ello solo hace falta una tarde libre al mes, un poco de verdura y las ganas de intentar algo diferente.

El mundo de la alimentación industrial nos ha convencido de que cocinar desde cero es complicado, lleva mucho tiempo y es innecesario. Los cubitos de caldo caseros son exactamente el tipo de receta que desmonta esa ilusión, y una vez que se nota la diferencia, resulta muy difícil volver a esos cubitos envueltos en papel de aluminio.

Compartir
Categoría Buscar en Cesta