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Cuando en la familia aparece una rayita rosa o azul en la prueba de embarazo, llega una oleada de euforia, planificación y sueños sobre el futuro. Pero en medio de todo eso hay alguien más: un pequeño ser humano que hasta ahora era el centro del universo y cuyo mundo está a punto de sufrir un desplazamiento tectónico. Preparar al hermano mayor para la llegada del bebé es una de esas cosas que en las guías para padres se describen de forma muy bonita, pero en la práctica la situación suele ser considerablemente menos instagrameable. Esta es una guía sin ilusiones, porque la sinceridad es lo mejor que puedes ofrecerle a tu hijo (y a ti mismo).

La mayoría de los padres se imaginan un momento idílico en el que el hermano mayor acaricia tiernamente la barriguita y dice: «Tengo muchas ganas de que llegue el bebé.» Y a veces realmente ocurre así. Pero otras veces lo que se escucha es más bien: «¿Y podemos devolverlo?» o, mejor aún, un silencio absoluto acompañado de una mirada capaz de fundir el acero. Ambas reacciones son completamente normales. El psicólogo infantil y autor del libro Siblings Without Rivalry, Adele Faber, señaló en una ocasión que la mejor preparación para la llegada de un hermano no es pintar un futuro de color de rosa, sino crear un espacio para todas las emociones, incluidas las desagradables. Y es precisamente aquí donde la mayoría de los consejos bienintencionados fallan, porque se centran en cómo entusiasmar al niño en lugar de ayudarle a procesar lo que realmente siente.

Empecemos por lo más importante: el momento adecuado. Los niños no tienen la misma relación con el tiempo que los adultos. Para un niño de dos años, «dentro de cinco meses» es un concepto tan abstracto como «dentro de un millón de años». Por eso no tiene sentido anunciar el embarazo demasiado pronto y luego pasar meses respondiendo a la pregunta «¿Y cuándo llega ya el bebé?», que se repetirá aproximadamente ciento treinta veces al día. Con los niños pequeños y preescolares, lo que mejor funciona es esperar más o menos hasta el segundo trimestre, cuando la barriga ya es visible y el niño tiene algo a lo que vincular su imaginación. Con los niños mayores, digamos a partir de los seis años, es mejor comunicar la noticia antes, porque los niños en edad escolar son expertos en captar conversaciones susurradas y frases a medias, y la sensación de que se les oculta algo puede herirles más que la propia noticia.

Cuando llega el momento adecuado, vale la pena ser concreto y sincero. Frases como «Vas a tener un compañero de juegos» suenan bonitas, pero son en realidad mentiras: un recién nacido no va a jugar, no va a comunicarse y la mayor parte del tiempo va a llorar, dormir o comer. Es mucho más justo decir algo como: «El bebé al principio va a ser muy pequeñito y va a necesitar muchos cuidados. Va a llorar, porque no sabe decir de otra forma lo que necesita. Y nosotros te vamos a seguir queriendo exactamente igual.» Suena sencillo, quizá hasta trivial, pero los niños necesitan escuchar precisamente esa última frase, una y otra vez y de distintas maneras. No una sola vez durante el anuncio solemne, sino una y otra vez, porque las dudas llegan en oleadas.

Una estrategia interesante la describe la psicóloga infantil Dra. Laura Markham en su web Aha! Parenting, donde recomienda involucrar al hermano mayor en los preparativos de una forma que se ajuste a su edad e intereses. No se trata de que el niño elija el color de la habitación del bebé (aunque por qué no), sino más bien de que sienta que tiene su propio papel en todo el proceso. Una niña de tres años puede «ayudar» a clasificar la ropa del bebé. Un niño de cinco puede dibujar un dibujo que se colgará sobre la cuna. Una niña de siete puede elegir un peluche que el bebé recibirá «de su parte». Estos pequeños rituales no son solo entrañables: tienen un profundo sentido psicológico, porque le dan al niño una sensación de control en una situación que, por su propia naturaleza, es incontrolable.

Y ahora veamos algo de lo que se habla menos: los celos. Porque van a llegar. Quizá no de inmediato, quizá no de la forma esperada, pero llegarán casi con toda seguridad. Imagínate por un momento que tu pareja llegara a casa y dijera: «Cariño, tengo una noticia estupenda: se va a mudar a vivir con nosotros otra mujer, la vamos a querer y tú vas a compartir con ella todo lo que tienes.» ¿Absurdo? Por supuesto. Pero para un niño pequeño, la llegada de un hermano es una experiencia emocionalmente muy parecida. Esta comparación, utilizada por primera vez precisamente por Adele Faber, es un poco provocadora, pero ilustra perfectamente por qué los celos infantiles son una reacción absolutamente legítima y no una señal de mala educación.


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Cómo afrontar los primeros días y semanas tras el parto

El primer encuentro del hermano mayor con el bebé es un momento para el que vale la pena prepararse, pero al mismo tiempo no tiene sentido dirigirlo hasta el último detalle. Algunas maternidades permiten las visitas de hermanos, otras no; en cualquier caso, es bueno que el primer contacto se produzca en un ambiente tranquilo, idealmente sin el público de diez familiares que observan la reacción con expectación y la comentan. Un consejo práctico que circula entre padres experimentados y tiene respaldo también en la literatura especializada: cuando el hijo mayor venga de visita, tened al bebé en la cuna, no en brazos. Así la mamá puede primero abrazar a su primogénito y solo después «descubrir» juntos al recién nacido. Es un detalle, pero para un niño que quizá no ha visto a su mamá durante varios días, significa el mundo.

Después llegan los días en casa y con ellos la realidad. El recién nacido reclama atención cada dos horas, la mamá está agotada, el papá intenta llegar a todo y el hermano mayor descubre de repente que la famosa novedad en realidad no aporta mucha diversión. Aquí comienza un período que podríamos llamar fase de desilusión, y es absolutamente crucial atravesarlo sin pánico. La regresión en el comportamiento es frecuente en los hermanos mayores y está bien documentada. Un niño que hacía tiempo que había dejado los pañales de repente quiere pañales otra vez. Un niño de cuatro años que sabía comer con cubiertos empieza a comer con las manos. Una niña de seis que dormía toda la noche empieza a despertarse llorando. Todas estas son formas en las que el niño pone a prueba si sigue siendo querido y si queda suficiente espacio para él.

La reacción de los padres en estos momentos moldea toda la dinámica entre hermanos durante los años venideros. Reproches del tipo «Pero si tú ya eres mayor» son comprensibles en un momento de agotamiento total, pero producen exactamente el efecto contrario al deseado: refuerzan en el niño la idea de que ser mayor significa ser relegado. Mucho más eficaz es poner nombre a la emoción: «Veo que estás triste. Echas de menos que esté todo el rato con el bebé, ¿verdad? Ven, vamos a estar un ratito juntos solo tú y yo.» Esta técnica, que los psicólogos denominan validación emocional, es según la Academia Americana de Pediatría una de las herramientas más eficaces para gestionar la rivalidad entre hermanos.

Un ejemplo real de la práctica: Karolína, madre del pequeño Matěj, de tres años, y de la recién nacida Eliška, describió en un foro de padres una situación en la que Matěj, al llegar del hospital, cogió un oso de peluche y lo lanzó a la cuna diciendo: «Esto es para el bebé, yo ya no necesito peluches.» Sonaba conmovedor, pero una semana después Matěj empezó a esconder sistemáticamente todos los juguetes debajo de la cama para que «el bebé no pudiera quitárselos». Karolína, en lugar de castigarlo, implantó un sistema sencillo: Matěj recibió una estantería donde podía poner las cosas que eran «solo suyas» y que nadie podía tocar. Este simple acto de respetar los límites redujo drásticamente la tensión en el hogar. El niño necesita saber que la llegada de un hermano no significa la pérdida de todo lo que tenía.

Una visión a largo plazo de la relación entre hermanos

Es tentador medir el éxito de la preparación para la llegada de un hermano por las primeras semanas. Pero la verdadera relación entre hermanos se construye a lo largo de meses y años, no de días. Y se construye, paradójicamente, más en los momentos en los que los padres no están presentes que en esos momentos escenificados de «dale el chupete al bebé». Las investigaciones publicadas en la revista Child Development muestran repetidamente que la calidad de la relación entre hermanos correlaciona mucho más fuertemente con el clima emocional general de la familia que con técnicas de preparación concretas. En otras palabras: si los padres se sienten bien, si se comunican abiertamente y si en el hogar hay espacio para todas las emociones, los hermanos encontrarán el camino el uno hacia el otro.

Eso no significa que la preparación no tenga sentido. Tiene un sentido enorme, pero no como un proyecto puntual con un inicio y un final claros, sino más bien como un proceso continuo de escucha y adaptación. Algunos niños necesitan más contacto físico con los padres, otros necesitan más seguridad verbal. Algunos procesan el cambio a través del juego, otros a través de los dibujos, otros a través de conversaciones antes de dormir. No existe una receta universal, y quien afirme lo contrario probablemente esté vendiendo un libro.

Lo que sí funciona de forma casi universal es reservar un tiempo exclusivo para el hermano mayor. No tiene que ser nada grandioso: quince minutos de lectura antes de dormir, un paseo juntos al parque mientras el otro progenitor cuida al bebé, o simplemente sentarse a tomar un chocolate caliente y charlar sobre lo que pasó en la guardería. Estos momentos son para el hijo mayor como la mascarilla de oxígeno en el avión, y exactamente como en el avión, hay que ponérsela primero uno mismo antes de ayudar a los demás. Los padres que se sienten culpables por cada minuto que pasan fuera del alcance del recién nacido, paradójicamente, debilitan toda la estructura familiar.

Merece la pena mencionar también el papel de la familia extensa y el entorno. Abuelos, abuelas, tías y amigos de la familia tienen la tendencia natural de llegar de visita y lanzarse hacia la cuna del recién nacido, mientras el hijo mayor se queda apartado. Un acuerdo sencillo —«cuando vengas, saluda primero a Matěj y pregúntale qué hay de nuevo»— puede tener un impacto sorprendentemente grande. No se trata de ignorar al bebé, sino de que el hermano mayor no tenga la sensación de haberse vuelto invisible.

Como reflexión final, permitámonos una que va a contracorriente de la mayoría de las guías para padres: es perfectamente normal que el hermano mayor no quiera al bebé al principio. El amor entre hermanos no es automático y no está condicionado por compartir ADN. Es una relación que se construye, y como toda relación, pasa por fases de entusiasmo, decepción, conflicto y —con un poco de suerte y mucha paciencia— un vínculo profundo. El papel de los padres en este proceso no es ser directores de escena, sino más bien jardineros que preparan la tierra, riegan y luego esperan pacientemente.

La llegada de un segundo hijo es una de las mayores transformaciones por las que pasa una familia. No siempre es bonito, no siempre es fácil y, desde luego, no siempre sale según lo planeado. Pero con sinceridad, paciencia y disposición para aceptar también las emociones desagradables, puede convertirse en algo que un día —quizá dentro de veinte años, sentados alrededor de la mesa de Navidad— percibiréis como uno de los mejores regalos que les disteis a vuestros hijos. No perfecto, pero auténtico.

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