Cuando los niños preguntan sobre la guerra y las catástrofes
Las noticias sobre guerras, catástrofes naturales o ataques terroristas forman hoy parte del espacio mediático cotidiano. Los adultos intentan lidiar con ellas a su manera: algunos siguen las noticias constantemente, otros las evitan deliberadamente. Pero los niños son un caso diferente. Son curiosos, sensibles y tienen muchas menos herramientas para procesar información que puede asustarlos o confundirlos. Y aunque muchos padres desearían proteger a sus hijos de todo el mal del mundo, la realidad es que los niños escuchan las malas noticias: de sus compañeros de clase, de las redes sociales, de la radio del coche o del televisor del salón.
La cuestión, por tanto, no es si hablar con los niños sobre estos temas, sino cómo hacerlo de forma sensible, veraz y de un modo que no les cause un miedo innecesario. Precisamente esto es uno de los mayores retos para los padres en la actualidad.
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Por qué es tan importante la conversación sobre temas difíciles
Muchos padres reaccionan instintivamente de forma protectora: evitan el tema, cambian de canal, responden con evasivas. Este enfoque es comprensible, pero a largo plazo puede perjudicar más al niño. Cuando un niño percibe que los adultos están nerviosos o se niegan a hablar de algo que él mismo ha captado, empieza a imaginar la situación por su cuenta. Y la fantasía infantil puede ser en esos momentos mucho más aterradora que la propia realidad.
Los psicólogos de la organización Child Mind Institute advierten de que los niños que no tienen espacio para hacer preguntas y recibir respuestas comprensibles son más propensos a desarrollar ansiedad y pesadillas. Por el contrario, los niños cuyos padres se comunican con ellos de forma abierta, pero adecuada a su edad, sobre temas difíciles, desarrollan una mayor resiliencia psicológica. No se trata de exponer al niño a todos los horrores del mundo en toda su amplitud, sino de que no se sienta solo y confundido.
Una conversación natural sobre el mundo, incluidos sus aspectos oscuros, fortalece la confianza mutua entre padres e hijos. El niño aprende que puede preguntar sobre cualquier cosa y que recibirá una respuesta que le ayude a comprender la situación, no una respuesta que lo aparte o lo asuste.
Cómo adaptar la conversación a la edad del niño
Uno de los errores más frecuentes es que los padres tratan a todos los niños por igual, sin tener en cuenta su edad y etapa de desarrollo. Un niño de tres años y un escolar de doce necesitan un enfoque completamente diferente, no solo en cuanto al contenido, sino también en cuanto a la forma del mensaje.
Los niños pequeños, hasta los seis años, viven predominantemente en el momento presente y su comprensión del mundo es concreta y corporal. Si escuchan hablar de un terremoto en otro país, su primera pregunta no será política ni geográfica, sino: "¿Nos pasará a nosotros también? ¿Estamos a salvo?" A esta pregunta hay que responder de forma clara y tranquila. La seguridad de su propia familia es la prioridad número uno para un niño pequeño. Las largas explicaciones sobre geopolítica o cambio climático son contraproducentes a esta edad. Bastan frases sencillas y tranquilizadoras: "Eso ocurrió muy lejos de aquí. Nosotros estamos seguros en casa."
Los niños en edad escolar, aproximadamente de siete a doce años, ya son capaces de pensar de forma más abstracta y se interesan por las causas y consecuencias. Quieren saber por qué. ¿Por qué la gente hace la guerra? ¿Por qué alguien ataca a otras personas? ¿Por qué la naturaleza destruye ciudades enteras? Aquí hay espacio para una conversación más abierta, pero aún proporcionada. Los padres deben responder a las preguntas concretas que el niño plantea, sin exponer de antemano todo lo que ellos mismos saben. Menos es a menudo más. Al mismo tiempo, conviene involucrar al niño en la búsqueda de respuestas: "¿Tú qué piensas sobre eso? ¿Cómo te gustaría que se resolviera?"
Los adolescentes se encuentran en una situación completamente diferente. Tienen acceso a internet, a las redes sociales, y sus compañeros son para ellos, en muchos casos, una fuente de información más importante que los padres. Sería ingenuo pensar que se les puede cerrar completamente el acceso a la información, y sería un error intentarlo. Con los adolescentes hay que hablar como con interlocutores en una conversación. Compartir los propios sentimientos, hacer preguntas, escuchar sus opiniones. Los adolescentes necesitan sobre todo espacio para expresarse, no ser aleccionados.
La Academia Americana de Pediatría (American Academy of Pediatrics) recomienda limitar el seguimiento de noticias en presencia de niños pequeños y, después de cada exposición a las noticias, dedicar tiempo a conversar, independientemente de si el niño pregunta por iniciativa propia o no.
Tomemos un ejemplo concreto: un niño de ocho años llega del colegio y dice que un compañero habló de la guerra en algún país y que allí mueren niños. El padre que despacha el tema con un "eso está lejos, no te preocupes" calma la inquietud inmediata, pero no responde a la verdadera pregunta que hay detrás: por qué sucede eso y qué significa para el mundo en el que vive el niño. Una reacción mucho mejor es sentarse con el niño, preguntarle qué escuchó exactamente y hablar juntos sobre ello. Incluso asumiendo que no para todo existe una respuesta sencilla.
Las emociones no son debilidad: cómo trabajar con los sentimientos de los niños
Uno de los aspectos más importantes de toda la conversación es el plano emocional. Los niños necesitan saber que sus sentimientos —miedo, tristeza, rabia, confusión— son completamente naturales y están bien. Los padres que dicen "no tengas miedo, no es nada" o "eso solo sale en la televisión" envían involuntariamente el mensaje de que el niño no tiene derecho a sentir lo que siente. Y eso es perjudicial.
La psicóloga y autor de libros sobre desarrollo infantil Mister Rogers (Fred Rogers) lo expresó con palabras que se han convertido en un clásico: "Cuando puedo hablar de mis sentimientos, puedo manejarlos. Cuando puedo trabajar con ellos, puedo avanzar." Aunque estas palabras se referían a las emociones en general, son doblemente válidas en el contexto de noticias traumatizantes.
Los padres deberían dar ejemplo y reconocer sus propios sentimientos, de forma adecuada a la edad del niño. Decir "a mí también me entristece" o "a mí también me asusta un poco, pero confío en que hay personas trabajando para ayudar" es más sincero y saludable que fingir que todo está bien. Al mismo tiempo, es importante que el padre no descargue su propia ansiedad sobre el niño: el objetivo es compartir sentimientos, no transferir la carga.
Si el niño muestra síntomas prolongados de ansiedad —problemas de sueño, negativa a ir al colegio, preguntas repetitivas sobre la seguridad, síntomas físicos como dolor de barriga—, es momento de buscar ayuda profesional. Un psicólogo infantil o un orientador escolar pueden ofrecer herramientas que van más allá de las posibilidades de la conversación familiar.
Una técnica muy eficaz es también redirigir la energía hacia una acción concreta. Los niños se sienten menos indefensos cuando pueden hacer algo. Puede ser simbólico: dibujar un dibujo para las personas afectadas por una catástrofe, contribuir a una colecta de juguetes o participar en una acción solidaria del colegio. La sensación de que incluso una persona pequeña puede aportar algo es enormemente fortalecedora para los niños.
Una parte importante del cuidado de la salud psicológica infantil es también la regulación del acceso a los medios. Los bucles informativos que reproducen repetidamente imágenes de catástrofes o zonas de guerra son psicológicamente agotadores para los niños (y también para los adultos). No es necesario ni saludable seguir las noticias de forma ininterrumpida. Las investigaciones muestran que la exposición excesiva a noticias traumatizantes aumenta la ansiedad incluso en personas que no son víctimas directas de los acontecimientos; este fenómeno se denomina traumatización secundaria.
Los padres pueden establecer una regla doméstica sencilla: las noticias se ven una vez al día, no de fondo durante todo el día. La televisión en la habitación del niño o el acceso libre a las noticias en línea sin supervisión parental no son adecuados para los niños más pequeños. Y si ocurre un acontecimiento grave, es mejor hablar de él de forma proactiva que esperar a que el niño se entere por su cuenta, quizás de forma distorsionada.
El mundo no es solo un lugar de catástrofes y conflictos, y precisamente esta perspectiva es la que hay que recordar a los niños de forma reiterada. Junto a las noticias sobre guerras existen historias de valentía de los equipos de rescate, de solidaridad vecinal, de personas que llegan a ayudar desde el otro extremo del mundo. Mostrar a los niños estas historias no es optimismo ingenuo: es un importante contrapeso que les ayuda a mantener la fe en la humanidad.
Como dicen los expertos de UNICEF: buscar a los "ayudantes" —personas que ayudan en los momentos difíciles— es una de las formas más eficaces de ayudar a los niños a procesar el miedo. En lugar de centrarse en la destrucción y el caos, se puede dirigir la atención hacia quienes construyen, rescatan y consuelan.
Hablar con los niños sobre la guerra, las catástrofes naturales y las malas noticias no es una obligación agradable. Pero forma parte de la educación para que los niños crezcan como personas capaces de enfrentarse a la realidad, con los ojos abiertos, el corazón firme y la confianza de que, incluso en los momentos más difíciles, uno no está solo. Y ese es un regalo que ninguna protección frente al mundo puede darles.