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Las llaves olvidadas en la nevera, el nombre de un compañero que simplemente no viene a la mente, o la lista de la compra escrita hace una hora que no aparece por ningún lado. Toda mujer embarazada conoce estos momentos, y si no ella misma, los conoce sin duda su entorno. El fenómeno conocido como cerebro de embarazada —en inglés conocido como pregnancy brain o momnesia— es objeto de burlas, pero también de genuina frustración para millones de mujeres en todo el mundo. Sin embargo, la pregunta es: ¿se trata de un fenómeno neurológico real respaldado por la ciencia, o simplemente de una cómoda excusa para los momentos de distracción?

La respuesta es sorprendentemente clara, y en los últimos años la ciencia se ha posicionado claramente del lado de las mujeres embarazadas.


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Qué ocurre realmente en el cerebro durante el embarazo

El embarazo es, desde el punto de vista biológico, uno de los procesos más radicales que puede atravesar el cuerpo humano. Cambian las hormonas, el volumen de sangre, el funcionamiento de los órganos y los ciclos de sueño. Sin embargo, lo que durante mucho tiempo se subestimó son los cambios directamente en el cerebro. Una investigación publicada en 2017 en la prestigiosa revista científica Nature Neuroscience trajo un hallazgo revolucionario: el embarazo provoca cambios estructurales medibles y duraderos en la materia gris del cerebro. Y no solo de forma temporal: estos cambios persisten al menos dos años después del parto.

Los científicos españoles liderados por Elseline Hoekzema siguieron los cerebros de mujeres antes de quedarse embarazadas, después del parto y dos años más tarde. Los resultados mostraron que el volumen de materia gris en determinadas áreas del cerebro disminuye durante el embarazo, pero atención: eso no significa que el cerebro esté «deteriorándose». Todo lo contrario. Los científicos interpretan esta reducción como una especialización y optimización de las conexiones nerviosas, similar a lo que ocurre durante la pubertad. El cerebro elimina las conexiones sinápticas innecesarias para que las restantes funcionen mejor y de forma más precisa. Este proceso se denomina poda sináptica.

Las áreas que experimentan cambios más significativos están relacionadas con la cognición social, la empatía y la capacidad de leer las emociones de los demás. En otras palabras, el cerebro de la mujer embarazada se reorganiza para estar mejor preparado para la maternidad: para reconocer las necesidades del recién nacido, construir vínculos afectivos y responder rápidamente a los estímulos sociales. Lo que externamente parece olvidos o distracción puede ser en realidad el efecto secundario de una profunda y deliberada reestructuración del cerebro.

Las hormonas también contribuyen a estos cambios. Los niveles de estrógeno y progesterona aumentan drásticamente durante el embarazo: el estrógeno, por ejemplo, alcanza valores muchas veces superiores a los que se dan fuera del embarazo. Ambas hormonas influyen directamente en los neurotransmisores, es decir, los mensajeros químicos del cerebro que regulan el estado de ánimo, la memoria y la concentración. La progesterona tiene efectos sedantes sobre el sistema nervioso central, lo que puede explicar las sensaciones de niebla mental, fatiga y reacciones más lentas, especialmente durante el primer trimestre.

El cortisol también desempeña su papel: la hormona del estrés, cuyos niveles también aumentan durante el embarazo. El cortisol crónicamente elevado es un enemigo bien documentado de la memoria, ya que afecta negativamente al hipocampo, la parte del cerebro clave para el almacenamiento de nuevos recuerdos. La combinación de todos estos cambios hormonales crea un entorno en el que al cerebro le resulta simplemente más difícil funcionar como estaba acostumbrado.

A esto hay que añadir otro factor que a menudo se pasa por alto en los debates sobre el cerebro de embarazada: el sueño. Las mujeres embarazadas, especialmente en las etapas más avanzadas del embarazo, duermen considerablemente peor que antes de quedarse embarazadas. Las frecuentes ganas de ir al baño, los dolores de espalda, los movimientos del feto y el malestar físico general interrumpen el sueño. Y la falta de sueño por sí sola provoca exactamente los síntomas que se atribuyen al cerebro de embarazada: olvidos, dificultades de concentración y procesamiento más lento de la información.

La ciencia frente a la experiencia cotidiana

Aunque la investigación confirma claramente los cambios estructurales y funcionales en el cerebro, la situación en la vida cotidiana es algo más compleja. No todos los estudios coinciden en el impacto práctico real de estos cambios. Algunas investigaciones muestran que las diferencias en el rendimiento de la memoria entre mujeres embarazadas y no embarazadas son estadísticamente medibles, pero relativamente pequeñas en la vida real. Otros estudios, en cambio, documentan dificultades más pronunciadas con la memoria de trabajo, es decir, la capacidad de mantener en mente varios datos a la vez y trabajar con ellos.

Un equipo de investigadores australianos de la Universidad de Deakin realizó en 2018 un metaanálisis de 20 estudios que incluyó a más de 700 mujeres embarazadas y un número similar de sujetos de control no embarazadas. Las conclusiones fueron claras: las mujeres embarazadas mostraron peores resultados en pruebas de memoria, atención y capacidad de procesamiento de información, especialmente durante el tercer trimestre. Al mismo tiempo, los científicos destacaron que estas diferencias no tienen por qué ser dramáticas en la vida cotidiana, ya que el cerebro tiene una notable capacidad para compensar los fallos parciales mediante otras estrategias.

Es interesante observar cómo las propias mujeres perciben sus dificultades. Las investigaciones muestran que la sensación subjetiva de deterioro de la memoria es significativamente más intensa en las mujeres embarazadas de lo que correspondería a los resultados medidos objetivamente. Esto puede tener varias explicaciones. Por un lado, las mujeres embarazadas prestan más atención a sus lapsus y les dan mayor importancia porque son conscientes de su estado. Por otro lado, también pueden influir factores psicológicos: la ansiedad ante la maternidad, el exceso de información que hay que procesar y el simple hecho de que la mente está ocupada en cosas mucho más importantes que dónde están las llaves del coche.

Imaginemos, por ejemplo, a Lucía, una contable de treinta y dos años que en el tercer trimestre de su primer embarazo empezó a cometer errores en cálculos rutinarios que antes ni se le hubiera ocurrido revisar. «Sabía que lo dominaba, pero los números simplemente no me venían tan rápido como antes», explica. «Mis compañeras me decían que no me preocupara, que era normal, y tenían razón. Dos meses después del parto ya estaba bien». La experiencia de Lucía es típica: los síntomas son reales, pero en la mayoría de los casos son pasajeros.

Por qué esto importa más de lo que parece

Restar importancia al cerebro de embarazada como excusa o como algo que las mujeres «solo se imaginan» tiene consecuencias reales. Las mujeres que se encuentran con incomprensión o burlas pueden empezar a dudar de sus propias capacidades, sentirse menos competentes en el trabajo y sufrir ansiedad innecesariamente. Sin embargo, comprender la base biológica de estos cambios puede reducir significativamente el estrés y ayudar a las mujeres a afrontarlos mejor.

Como dijo la neurocientífica y autora del libro The Female Brain, Louann Brizendine: «El cerebro de una mujer embarazada atraviesa la mayor transformación neurobiológica de su vida, y sin embargo la mayoría de las mujeres saben muy poco al respecto».

La información es, en este caso, una herramienta verdaderamente poderosa. Si una mujer sabe que sus olvidos tienen una base neurológica concreta, puede afrontarlos con perspectiva en lugar de con pánico. Puede crear sistemas que la ayuden: escribir listas, poner recordatorios en el teléfono, compartir tareas con su pareja. No se trata de admitir una debilidad, sino de utilizar pragmáticamente las herramientas disponibles en un período en el que el cerebro está atravesando una profunda reestructuración.

Vale la pena mencionar también que el debate sobre el cerebro de embarazada toca un tema más amplio: cómo percibe y valora la sociedad el rendimiento cognitivo de las mujeres. Históricamente, a las mujeres se las ha etiquetado con más facilidad como «emocionales» o «distraídas», y el cerebro de embarazada se convierte así fácilmente en otro blanco de estereotipos. La perspectiva científica desmonta estos estereotipos, o al menos debería hacerlo. Los cambios que se producen en el cerebro no son una manifestación de debilidad ni de incompetencia. Son la manifestación de un proceso biológico extraordinariamente complejo que no tiene parangón en la vida humana.

También es natural preguntarse qué ocurre después del parto. Los cambios estructurales en el cerebro, como mostró la investigación española, persisten, pero su impacto funcional va cambiando gradualmente. Las nuevas madres se enfrentan a otros desafíos —la falta crónica de sueño, los altibajos hormonales posparto y una enorme carga emocional—, pero al mismo tiempo el cerebro aprende nuevas habilidades y construye nuevos patrones. Algunos científicos incluso hablan de que la maternidad enriquece y fortalece el cerebro en ciertos aspectos, especialmente en el ámbito de la empatía, la multitarea y la capacidad de tomar decisiones rápidas.

El cerebro de embarazada no es, por tanto, el final de la historia. Es más bien un capítulo de transición: exigente, a veces frustrante, pero al mismo tiempo una fascinante muestra de lo plástico y adaptable que es realmente el cerebro humano. La ciencia no solo confirma esta experiencia, sino que le otorga una profundidad y un significado que simplemente no encontrarás en la mera etiqueta de «excusa».

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