# Microplásticos en el agua potable y cómo protegerse de ellos
Pocas noticias del mundo científico han logrado despertar tanto interés público en los últimos años como el descubrimiento de que estamos bebiendo plástico. Literalmente. Los microplásticos en el agua potable no son un fantasma sacado de una novela distópica: son pequeñas partículas que los científicos encuentran en el agua del grifo, en el agua embotellada, en el agua de lluvia y, básicamente, en todas partes donde miran. Pero la pregunta no se limita a lo que sabemos. Lo que realmente importa es: ¿qué puede hacer usted en casa de manera realista?
Primero conviene entender de qué estamos hablando exactamente. Los microplásticos son partículas de plástico de menos de cinco milímetros, y el interés científico se centra cada vez más en los llamados nanoplásticos, es decir, partículas de menos de un micrómetro, completamente invisibles a simple vista. Llegan al agua por múltiples vías: la descomposición de objetos plásticos más grandes, el desgaste de los neumáticos, el lavado de ropa sintética, pero también desde las propias tuberías de agua o desde las botellas de plástico. La Organización Mundial de la Salud emitió en 2019 un llamamiento a la investigación intensiva de este fenómeno y reconoció que los efectos sobre la salud humana aún no están completamente estudiados, lo cual en sí mismo es un mensaje inquietante.
Un estudio publicado en 2018 en la revista Environmental Science & Technology estimó que una persona promedio ingiere aproximadamente 50 000 partículas de microplásticos al año a través de la comida y la bebida, siendo el agua potable una parte significativa de esa exposición. Si a ello sumamos la inhalación de microplásticos del aire, la cifra asciende aún más. Estas cifras son, naturalmente, aproximadas y las metodologías de los distintos estudios varían, pero la tendencia es clara y consistente en investigaciones de todo el mundo.
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Por qué es un problema y por qué debería importarle
Los efectos de los microplásticos sobre el organismo humano son objeto de un animado debate científico. Lo que sí sabemos con certeza es que los microplásticos han sido encontrados en la sangre humana, en la placenta, en los pulmones y en las heces. Una investigación de 2022 publicada en el New England Journal of Medicine demostró la presencia de microplásticos y nanoplásticos en placas ateroscleróticas de las arterias, y los pacientes en los que se detectó su presencia presentaban un mayor riesgo de infarto de miocardio y accidente cerebrovascular. Es una señal de alarma que merece atención.
Además, los plásticos no son químicamente inertes. Pueden adsorber diversas sustancias tóxicas —metales pesados, pesticidas o los llamados químicos eternos PFAS— y actuar como vectores que las transportan directamente al organismo. Como afirma la científica ambiental Sherri Mason, una de las pioneras en la investigación de microplásticos: «No se trata solo de los plásticos en sí, sino de lo que llevan consigo». Esta combinación de carga física y química sobre el organismo convierte a los microplásticos en un tema de salud complejo que no puede despacharse con una respuesta simple.
Al mismo tiempo, es importante no caer en el pánico innecesario. La ciencia aún no dispone de datos suficientes para afirmar con certeza qué nivel de exposición a los microplásticos es demostrativamente perjudicial para el ser humano. Eso no significa, sin embargo, que debamos cruzarnos de brazos y esperar a que la investigación llegue a conclusiones definitivas. El principio de precaución tiene aquí un sentido claro, y además existen muchas cosas que cualquier persona puede hacer hoy mismo.
Tomemos un ejemplo de la vida cotidiana: Jana, una madre de treinta años de la región de Bohemia Central, empezó a preocuparse por la calidad del agua hace dos años tras leer sobre los microplásticos en el agua embotellada. Paradójicamente, descubrió que precisamente el agua embotellada, que consideraba una alternativa más segura al agua del grifo, puede contener concentraciones significativamente más altas de microplásticos, precisamente debido al envase de plástico. Pasó a filtrar el agua del grifo y adquirió botellas de vidrio para beber. Hoy dice que se siente mejor no solo físicamente, sino también mentalmente, porque sabe que ha dado un paso concreto.
Qué puede hacer realmente en casa
Y precisamente en los pasos concretos merece la pena detenerse un momento, porque las posibilidades son sorprendentemente numerosas. No se trata de cambios radicales en el estilo de vida, sino de decisiones meditadas en las rutinas cotidianas.
Una de las medidas más eficaces que puede adoptar un hogar es invertir en un filtro de agua de calidad. Sin embargo, no todos los filtros son igualmente eficaces frente a los microplásticos. Los filtros de carbón activo habituales retienen parte de las impurezas, pero no son suficientes para las partículas más pequeñas. Los mejores resultados en la eliminación de microplásticos los ofrecen los filtros de ósmosis inversa, capaces de retener partículas de tan solo 0,001 micrómetros. Una investigación danesa publicada en la revista Science of the Total Environment confirmó que la filtración por ósmosis inversa elimina más del 99 % de los microplásticos del agua. Es un dato que habla por sí solo.
Otro paso que a menudo se pasa por alto es sustituir las botellas de plástico por vidrio o acero inoxidable. Las botellas de plástico, especialmente las expuestas al calor o a la radiación solar, liberan microplásticos y sustancias químicas como el bisfenol A o los ftalatos en el agua. Esto es doblemente cierto en el caso de los recipientes de plástico que reutilizamos: los arañazos y el envejecimiento del material aceleran el proceso de liberación. Pasarse a una botella de vidrio o de acero inoxidable es una inversión única con efecto a largo plazo y, además, reduce significativamente la cantidad de residuos plásticos que genera cada hogar.
Una fuente menos obvia pero muy importante de microplásticos en el hogar es el lavado de ropa sintética. Con cada ciclo de lavado, los jerseys de forro polar, la ropa deportiva o la ropa interior técnica liberan miles de microfibras de plástico que atraviesan las depuradoras de aguas residuales y llegan a los cursos de agua, reintegrándose así al ciclo del agua. Las bolsas especiales para lavar ropa sintética, como la Guppyfriend, retienen una gran parte de estas fibras directamente en la lavadora. Una alternativa es instalar un filtro directamente en el desagüe de la lavadora o ir sustituyendo progresivamente los tejidos sintéticos por materiales naturales como el algodón, el lino o la lana. Cada uno de estos pasos reduce la carga total de microplásticos en el medio ambiente y, por tanto, de manera indirecta, también en el agua potable.
También merece mención la vajilla de cocina y la forma de preparar los alimentos. Cocinar en recipientes de plástico, calentar comida en platos de plástico en el microondas o usar cucharas y espátulas de plástico: todo ello contribuye a la ingesta de microplásticos, aunque de forma indirecta a través del agua. Pasarse a utensilios de acero inoxidable, hierro fundido, vidrio o cerámica es otro paso lógico para quienes quieran minimizar su exposición a los microplásticos.
Si tuviéramos que resumir los pasos más importantes que están al alcance de cualquier hogar, la lista quedaría más o menos así:
- Filtro de agua por ósmosis inversa como protección más eficaz directamente en la fuente de agua potable
- Recipientes de vidrio o acero inoxidable en lugar de botellas y envases de plástico para alimentos
- Bolsa Guppyfriend o filtro en la lavadora para retener las microfibras de la ropa sintética
- Sustitución progresiva de los tejidos sintéticos por materiales naturales
- Utensilios de cocina de materiales no tóxicos: vidrio, acero inoxidable, hierro fundido, cerámica
- Evitar en la medida de lo posible los alimentos envasados en plástico, optando por alternativas frescas o a granel
Naturalmente, no se puede ignorar el contexto más amplio. Las medidas individuales son importantes, pero los microplásticos son un problema sistémico que requiere soluciones sistémicas. La legislación que restringe los plásticos de un solo uso, las inversiones en una mejor filtración en las depuradoras de aguas residuales, la investigación de alternativas biodegradables al plástico: todos estos son pasos que deben darse a nivel gubernamental e industrial. La Unión Europea trabaja activamente en la regulación de los microplásticos añadidos intencionalmente y en 2023 adoptó una de las restricciones más estrictas del mundo en este ámbito. La presión de los consumidores sobre las empresas y el compromiso político son, por tanto, igual de importantes que un filtro en el grifo.
Es natural sentir cierta impotencia ante la magnitud del problema. Hoy en día, los microplásticos están literalmente en todas partes: en la Antártida, en las profundidades del océano, en el aire de las montañas. Ningún filtro ni botella de vidrio nos protegerá de ellos por completo. Pero eso no significa que no tenga sentido hacer nada. Cada reducción de la exposición cuenta, cada metro extra de tejido sintético en la lavadora sin bolsa protectora supone miles de fibras más en el medio ambiente, y cada botella de plástico sustituida por una de vidrio es una pequeña pero real contribución al cambio.
Las decisiones cotidianas conscientes tienen su peso, y no solo para nuestra salud, sino también para la salud del planeta en el que vivimos. El tema de los microplásticos en el agua potable nos lleva, en realidad, a una pregunta más amplia sobre cómo vivimos, qué consumimos y qué entorno queremos dejar a las generaciones futuras. Y esa es una pregunta a la que cada uno de nosotros tiene su propia respuesta, y también su propia cuota de responsabilidad.