Deshágase de los microplásticos en la cosmética gracias a alternativas naturales que funcionan igual
Cada día nos aplicamos en la piel, el cabello o el cuerpo decenas de productos cosméticos. Geles de ducha, exfoliantes, pastas de dientes, maquillajes, cremas con filtro UV: la lista es prácticamente interminable. Sin embargo, pocas personas se detienen a pensar en qué es exactamente lo que se esconde en estos productos. Y es precisamente aquí donde entran en escena los microplásticos: pequeñas partículas de polímeros sintéticos que en los últimos años se han convertido en uno de los temas medioambientales más debatidos. Aunque son casi invisibles a simple vista, su impacto en el medio ambiente y en la salud humana no puede pasarse por alto en absoluto.
El término microplásticos resuena hoy en los medios de comunicación, en boca de científicos y en las campañas de organizaciones ecologistas. Pero, ¿qué queremos decir exactamente con eso? ¿Y por qué deberíamos preocuparnos de si forman parte de nuestra cosmética cotidiana? Las respuestas no son tan sencillas como podría parecer, porque el problema de los microplásticos va mucho más allá de la estantería del baño.
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Qué son los microplásticos y por qué aparecen en la cosmética
Los microplásticos son partículas de polímeros sintéticos de menos de cinco milímetros. Pueden tener forma de pequeñas esferas, fibras, fragmentos o incluso sustancias poliméricas en gel o líquidas. La ciencia los divide en dos categorías básicas: primarios y secundarios. Los microplásticos primarios se fabrican intencionadamente en tamaños pequeños para fines industriales concretos, mientras que los secundarios surgen de la descomposición de objetos plásticos más grandes por efecto de la radiación solar, el desgaste mecánico o la degradación química. En la cosmética nos encontramos predominantemente con los primarios, es decir, los añadidos de forma intencionada.
La razón por la que los microplásticos aparecieron en los productos cosméticos es puramente práctica. Los fabricantes descubrieron que las pequeñas esferas de polietileno funcionan como excelentes partículas abrasivas en los productos exfoliantes: eliminan suavemente las células muertas de la piel y dejan una superficie lisa. En comparación con las alternativas naturales, como las cáscaras de nuez molidas o la sal marina, las micropartículas plásticas son más baratas, uniformes en tamaño y menos irritantes para la piel. Pero además de los exfoliantes, los microplásticos se utilizan también como sustancias filmógenas en maquillajes, espesantes en cremas, estabilizadores de emulsiones o portadores de ingredientes activos. En pocas palabras, los polímeros plásticos cumplen en la cosmética toda una serie de funciones tecnológicas que los convierten en una materia prima muy atractiva para los fabricantes.
Entre los polímeros sintéticos más utilizados en cosmética se encuentran el polietileno (PE), el polipropileno (PP), el polimetilmetacrilato (PMMA), el nailon y el politetrafluoroetileno (PTFE). Algunos de ellos tienen forma sólida particulada, otros son solubles o forman geles. Precisamente esta diversidad de formas complica tanto la regulación como la concienciación del consumidor, ya que no todo "plástico" en la cosmética tiene el aspecto de la típica microesfera que la mayoría de las personas imagina.
Una perspectiva interesante sobre la magnitud del problema la ofrece el estudio de la Agencia Europea de Sustancias y Mezclas Químicas ECHA, según el cual la cosmética y los productos de cuidado personal representan una de las fuentes significativas de microplásticos añadidos intencionadamente que posteriormente llegan al medio ambiente. Se estima que solo en la Unión Europea se liberan anualmente miles de toneladas de partículas de microplásticos procedentes de productos cosméticos, que se van con el agua al alcantarillado y posteriormente a ríos, lagos y mares.
La historia de una familia sueca, sobre la que informó hace un tiempo la organización Plastic Soup Foundation, ilustra lo inadvertido que es este problema. La familia decidió durante un mes hacer un seguimiento de todos los productos cosméticos que utilizaban en el hogar e identificar aquellos que contenían microplásticos. ¿El resultado? Más de la mitad de los productos de su baño —desde el champú infantil, pasando por el gel de ducha del padre, hasta la crema de manos de la madre— contenía al menos una forma de polímero sintético. Y se trataba de marcas corrientes, ampliamente disponibles, que parecían completamente inofensivas.
En qué fijarse al elegir cosméticos
Reconocer los microplásticos en el envase de un producto cosmético no es fácil, pero tampoco imposible. La clave está en saber leer la lista de ingredientes, que suele estar indicada como INCI (International Nomenclature of Cosmetic Ingredients). Esta lista estandarizada recoge todos los componentes del producto en orden según su concentración. El problema radica en que los nombres de los polímeros sintéticos se indican generalmente en nomenclatura química especializada y no le dicen nada al consumidor común.
Sin embargo, existen algunas pautas orientativas. Si en el envase encuentra términos como polyethylene, polypropylene, polyethylene terephthalate, polymethyl methacrylate, nylon-6, nylon-12 o abreviaturas como PEG, PPG en combinación con números altos, existe una alta probabilidad de que el producto contenga microplásticos o polímeros sintéticos en alguna forma. Un ayudante muy útil en este sentido es la aplicación Beat the Microbead, desarrollada por la organización Plastic Soup Foundation, que permite escanear el código de barras del producto y averiguar de inmediato si contiene microplásticos. De forma similar funciona también la base de datos de la organización ECHA, donde se puede buscar información sobre sustancias químicas concretas.
Otro consejo práctico es fijarse en las certificaciones. Los productos con certificados como NATRUE, COSMOS, Ecocert o BDIH generalmente no permiten el uso de polímeros sintéticos, por lo que son una opción más segura para quienes quieran evitar los microplásticos en la cosmética. Por supuesto, ningún certificado es una garantía al cien por cien, pero representa un estándar considerablemente más alto que la cosmética convencional común.
Merece especial atención la categoría de productos donde la presencia de microplásticos es más probable. Se trata principalmente de productos exfoliantes (scrubs para rostro y cuerpo), geles de ducha con "perlas exfoliantes", pastas de dientes con efecto blanqueador o limpiador, maquillajes y polvos, cremas solares y productos de styling capilar. En los exfoliantes, la presencia de microplásticos suele ser visible a simple vista: son esas bolitas de colores o transparentes que flotan en el producto. En las demás categorías, la detección es más complicada, ya que los polímeros pueden estar disueltos o en forma de gel.
Como dijo en una ocasión la bióloga y divulgadora científica Dra. Sherri Mason, de Penn State Erie: "Los microplásticos están en todas partes: en el agua que bebemos, en el aire que respiramos y en los productos que nos aplicamos a diario en la piel. El primer paso para la solución es la concienciación."
Y precisamente la concienciación es clave. Muchos consumidores ni siquiera se dan cuenta de que el problema existe hasta que no empiezan a interesarse activamente por él. Sin embargo, basta un cambio relativamente pequeño en los hábitos de compra —leer la etiqueta, elegir cosmética natural certificada o utilizar alguna de las aplicaciones móviles disponibles— para que la cantidad de microplásticos que tiramos diariamente por el desagüe pueda reducirse drásticamente.
La cuestión del impacto de los microplásticos en el medio ambiente es, además, extraordinariamente grave. Una vez que estas diminutas partículas llegan al sistema hídrico, son prácticamente imposibles de eliminar. Las plantas depuradoras de aguas residuales son capaces de retener una parte considerable, pero ni mucho menos todas: según una investigación publicada en la revista Environmental Science & Technology, un porcentaje nada despreciable de partículas de microplásticos atraviesa las depuradoras y contamina posteriormente los ecosistemas acuáticos. En el agua, estas partículas funcionan como "imanes" para otras sustancias contaminantes: en su superficie adsorben contaminantes orgánicos persistentes, metales pesados y otras sustancias tóxicas. Cuando el plancton, los peces u otros organismos acuáticos ingieren estas partículas contaminadas, las toxinas entran en la cadena alimentaria y, en última instancia, llegan a nuestros platos.
El impacto en los ecosistemas marinos está siendo documentado con cada vez mayor detalle. Los estudios muestran que encontramos microplásticos en los tractos digestivos de aves marinas, peces, crustáceos, moluscos y mamíferos marinos. Algunas investigaciones sugieren que los microplásticos pueden alterar la capacidad reproductiva de los organismos, provocar reacciones inflamatorias e influir en el comportamiento de los animales. No se trata, por tanto, solo de un problema estético de playas contaminadas: se trata de una contaminación sistémica que amenaza la biodiversidad de los océanos.
¿Y qué pasa con la salud humana? Aquí la ciencia se encuentra todavía en una fase relativamente temprana de conocimiento, pero los hallazgos obtenidos hasta ahora no son tranquilizadores. Se han encontrado microplásticos en la sangre humana, los pulmones, la placenta y los intestinos. Un estudio publicado en la revista Environment International en 2022 demostró por primera vez la presencia de partículas de microplásticos en la sangre humana, lo que significa que estas partículas pueden distribuirse por todo el cuerpo. Aún no está del todo claro qué consecuencias a largo plazo para la salud puede tener esto, pero los investigadores advierten de los riesgos potenciales asociados a la inflamación, el estrés oxidativo y la posible alteración del sistema endocrino.
Los organismos reguladores están empezando a reaccionar ante este problema. La Unión Europea aprobó en octubre de 2023 un reglamento que prohíbe progresivamente la adición intencionada de microplásticos en toda una serie de productos, incluida la cosmética. Los períodos de transición varían según el tipo de producto: para la cosmética enjuagable con microesferas exfoliantes, la prohibición es prácticamente inmediata; para otras categorías se contemplan períodos de transición de hasta doce años. Es un paso en la dirección correcta, pero muchos ecologistas advierten de que el ritmo de los cambios es demasiado lento y de que la definición de "microplástico" en la legislación todavía no abarca todas las formas de polímeros sintéticos utilizados en la industria cosmética.
Para los consumidores que no quieren esperar a la legislación y desean actuar ya, existen numerosas alternativas prácticas. Los exfoliantes naturales a base de azúcar, sal, huesos de albaricoque molidos, polvo de bambú o arcilla ofrecen un efecto exfoliante comparable sin generar ningún residuo plástico. Las ceras y aceites naturales pueden sustituir a las sustancias filmógenas sintéticas en la cosmética decorativa. Y numerosas marcas, tanto pequeñas como grandes, ofrecen hoy líneas completas de productos totalmente libres de microplásticos y polímeros sintéticos: solo hay que mirar un poco a su alrededor.
Si reflexionamos sobre la cantidad de productos cosméticos que consume una persona media a lo largo de su vida y lo multiplicamos por el número de habitantes solo de la República Checa, empiezan a perfilarse los contornos de un problema que va mucho más allá de la decisión individual. Cada tubo de pasta de dientes, cada gel de ducha, cada exfoliante representa una gota en el océano, literalmente. Y precisamente por eso tiene sentido prestar atención a lo que compramos, leer la composición en las etiquetas y apoyar a los fabricantes que han decidido tomar el camino de la sostenibilidad. No se trata de la perfección ni de un cambio radical de estilo de vida de la noche a la mañana. Se trata de tomar decisiones conscientes que, en conjunto, pueden tener un impacto verdaderamente fundamental en la salud del planeta y en la nuestra propia.