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Existe un momento que quizás toda mujer conoce. Llega de forma inesperada — tal vez al mirar un viejo álbum de fotos, al encontrarse casualmente con una antigua amiga o simplemente así, en medio de un día cualquiera. De repente, una se detiene y piensa: ¿De verdad era yo esa persona? Y luego, un momento después, llega la segunda pregunta, más silenciosa: ¿Y quién soy en realidad ahora?

Esta experiencia no es señal de inestabilidad ni de pérdida de uno mismo. Al contrario — es la manifestación natural de algo sobre lo que psicólogos y filósofos hablan cada vez con más fuerza: el fenómeno de las microidentidades. Es decir, las pequeñas y cambiantes capas de quiénes somos, que a lo largo de la vida se reordenan, desaparecen y vuelven a surgir constantemente.


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Qué son las microidentidades y por qué importan

Durante muchas décadas, la identidad fue percibida como algo sólido e inmutable — como una base sobre la que la persona se sostiene y que la define a través del tiempo. La psicología del siglo XX trabajaba con la idea de que un individuo sano tiene un yo claro y estable. Sin embargo, esta idea se va desmoronando poco a poco bajo el peso de la experiencia humana real. Las mujeres quizás lo saben mejor que nadie.

Una microidentidad es, en esencia, una versión parcial y situacionalmente condicionada de uno mismo. No es un papel en el sentido teatral — no es una máscara. Es una parte auténtica de la personalidad que se manifiesta en mayor o menor medida en función de la etapa vital, las relaciones, los valores y las circunstancias. Una mujer de veinte años que viaja sola por el sudeste asiático con una mochila a la espalda no es menos «auténtica» que esa misma mujer a los treinta y cinco, que cada mañana prepara la merienda de su hijo y cada noche lee publicaciones especializadas para su carrera. Ambas son reales. Ambas son ella.

La psicóloga e investigadora Carol Ryff de la Universidad de Wisconsin lleva años estudiando el bienestar psicológico y en sus trabajos subraya repetidamente que la capacidad de crecimiento personal — es decir, la disposición a cambiar y a aceptar nuevas versiones de uno mismo — es uno de los componentes clave de la salud mental. No es, por tanto, una debilidad. Es una fortaleza.

Tomemos un ejemplo concreto. Jana es una mujer que hoy tiene cuarenta y dos años. En su juventud fue una apasionada deportista, competía en atletismo y toda su identidad giraba en torno al rendimiento y la condición física. A los treinta vivió un período difícil de maternidad, reconversión profesional y mudanza a una nueva ciudad — y la atleta que había en ella pareció desvanecerse. Hoy Jana no corre por una pista, pero practica yoga por las mañanas, cocina alimentos fermentados y se interesa por un estilo de vida sostenible. Se siente distante de aquella joven competidora, pero al mismo tiempo sabe que algo de ella — la disciplina, la relación con el cuerpo, la voluntad — permanece. Solo ha adquirido una forma diferente.

Así es exactamente como funcionan las microidentidades. No son lineales, no llegan según un plan y desde luego no se rigen por lo que el entorno espera de nosotras.

La presión hacia una identidad única y por qué es perjudicial

La sociedad tiene una relación complicada con la variabilidad de la identidad femenina. Por un lado, se anima a las mujeres a «seguir siendo ellas mismas», a ser auténticas y coherentes. Por otro, son constantemente juzgadas por cómo cambian — y en ambas direcciones. Un cambio demasiado rápido despierta sospechas. Un cambio demasiado lento es calificado de estancamiento.

Esta presión se manifiesta en las situaciones más diversas. Una mujer que a los cincuenta años cambia de carrera se enfrenta a preguntas como: «¿No fue un poco tarde?» Una mujer que tras la maternidad deja de hacer cosas que hacía antes escucha: «No debes olvidarte de ti misma.» Una mujer que empieza a interesarse por cosas que antes no le interesaban — como la filosofía, la ecología o la meditación — es percibida a veces como alguien que «se está buscando a sí misma», como si buscar fuera un problema.

Como señaló acertadamente el filósofo Charles Taylor: «Ser auténtico no significa ser siempre igual. Significa ser fiel a lo que es la verdad más profunda sobre ti en un momento dado.» Y esta verdad evoluciona de forma natural.

La presión hacia una identidad única e inmutable es, en realidad, fuente de un gran sufrimiento psíquico. Las mujeres que se sienten «diferentes» a como eran antes se preguntan a menudo si algo va mal en ellas. Si acaso se han perdido. Si se han traicionado. Cuando en la mayoría de los casos se trata de un proceso natural y saludable de crecimiento personal.

Las redes sociales agravan aún más este problema. El archivo digital de fotos antiguas, publicaciones y estados crea la ilusión de que la identidad es algo que puede cartografiarse y conservarse sin cambios. Pero una persona no es un museo de sí misma. Es un organismo vivo que reacciona al entorno, a las experiencias y al tiempo.

Cómo aceptar la variabilidad de uno mismo como un regalo, no como una pérdida

El cambio clave consiste en dejar de percibir el cambio de identidad como una pérdida y empezar a entenderlo como una expansión. No es que la versión anterior de uno mismo haya desaparecido y la nueva la haya reemplazado. Más bien se ha añadido otra capa — otra microidentidad — que ha entrado a formar parte de un conjunto complejo y rico.

Esta perspectiva tiene consecuencias prácticas concretas. Una mujer que pasó por una enfermedad grave y tras recuperarse empezó a vivir de otra manera no tiene por qué rendir tributo a su versión «anterior» ni avergonzarse de ella. Una mujer que tras un divorcio replanteó sus prioridades y empezó a dedicarse a cosas que antes postergaba no tiene que justificar esta transformación como un «regreso a sí misma». Puede simplemente aceptarla como un movimiento natural hacia adelante.

Aceptar las microidentidades también libera de la necesidad de ser coherente a toda costa. La coherencia es un valor que tiene sentido en el contexto de los valores y la ética — pero no en el contexto del gusto personal, los intereses o el estilo de vida. Es perfectamente válido que una mujer que antes no podía vivir sin la moda rápida hoy compre de forma consciente y prefiera marcas sostenibles. Es válido que una mujer que antes ignoraba la composición de los cosméticos hoy lea las etiquetas y elija productos naturales. No es incoherencia — es crecimiento.

Las investigaciones en el campo de la psicología positiva, como los trabajos de Martin Seligman de la Universidad de Pensilvania, muestran que las personas capaces de reinterpretar de forma flexible su historia de vida — es decir, de ver su desarrollo como algo significativo y no caótico — presentan mayores niveles de satisfacción vital y de resiliencia ante el estrés.

También desempeña un papel importante la manera en que las mujeres hablan de sí mismas — y cómo piensan sobre su cuerpo, sus valores y sus elecciones cotidianas. Un enfoque consciente del consumo, la elección de productos que encajan con los valores actuales, el cuidado de la propia salud y del medio ambiente — todo ello son pequeños actos cotidianos de afirmación de la microidentidad presente. No son grandes gestos, sino pequeñas decisiones que en conjunto forman la imagen de quiénes somos ahora mismo.

Es interesante que esta transformación se manifieste de forma muy notable precisamente en el ámbito del estilo de vida. Las mujeres en distintas etapas de la vida se relacionan de manera diferente con la alimentación, el movimiento, las relaciones e incluso con lo que compran y por qué. Una mujer joven de veinte años puede considerar innecesario pensar en los ingredientes de su champú o en cómo fue fabricada la camiseta que se pone. Esa misma mujer a los treinta o cuarenta puede tener prioridades completamente distintas — y eso no es motivo de autocrítica por el pasado, sino motivo de alegría por el presente.

La transformación de los valores no afecta solo a la ecología o la salud. Penetra en las relaciones, en la vida laboral, en cómo pasamos el tiempo libre, qué leemos, con quién hablamos y qué ha dejado de interesarnos. Cada una de estas áreas es un terreno donde las microidentidades se manifiestan y donde pueden cultivarse conscientemente.

Hay también un aspecto del que se habla menos: las microidentidades no son solo una cuestión individual — también son sociales. Se forman en relación con las personas que nos rodean, con las comunidades a las que pertenecemos o dejamos de pertenecer. Una mujer que se muda a una nueva ciudad, cambia de trabajo o empieza a moverse en un entorno diferente inevitablemente atraviesa una revaluación de parte de su identidad. Y eso es normal — e incluso deseable.

Si aceptamos la idea de que en cada etapa de la vida somos una mujer un poco diferente, abrimos con ello un espacio para una mayor compasión hacia nosotras mismas. Dejamos de juzgarnos por haber cambiado. Dejamos de compararnos con quienes éramos. Y quizás — precisamente por eso — nos orientamos mejor hacia quiénes queremos ser ahora.

Las microidentidades no son un problema que haya que resolver. Son el mapa de una vida rica y plena — una vida que no teme el movimiento, la transformación y los nuevos comienzos. Y la mujer que lo comprende no se pierde a sí misma. Al contrario — va encontrando versiones cada vez más profundas y fieles de quien verdaderamente es.

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