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El sauna es uno de los rituales de bienestar más antiguos del mundo. Los finlandeses lo practican desde hace milenios y, aún hoy, el sauna es una parte indispensable de su vida cotidiana: en un país de cinco millones de habitantes, existen más de tres millones de saunas. No se trata de una moda pasajera ni de un lujo propio de los tiempos modernos. Es una tradición profundamente arraigada en la cultura, que mantiene su popularidad precisamente porque realmente funciona. Pero ¿qué aporta el sauna al cuerpo y a la mente, cómo utilizarlo correctamente y para quién no es adecuado?

Las respuestas a estas preguntas son sorprendentemente complejas. En los últimos veinte años, la ciencia ha profundizado considerablemente en nuestra comprensión de lo que ocurre en el cuerpo durante el sauna, y los resultados son más que alentadores.


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Qué ocurre en el cuerpo durante el sauna y cuáles son sus beneficios

Cuando una persona entra en el sauna, la temperatura del aire se sitúa generalmente entre 80 y 100 °C. El cuerpo reacciona de inmediato a este estímulo térmico: los vasos sanguíneos se dilatan, el corazón comienza a latir más rápido y la temperatura corporal sube ligeramente. La piel se llena de sangre, los poros se abren y se desencadena una intensa sudoración. Este proceso recuerda a un esfuerzo físico moderado y tiene efectos similares en el organismo a los del ejercicio aeróbico.

El uso regular del sauna reduce de forma demostrable la presión arterial y mejora la función del corazón y los vasos sanguíneos. Un estudio finlandés publicado en la revista especializada JAMA Internal Medicine siguió a más de dos mil hombres durante casi veinte años y descubrió que quienes visitaban el sauna entre cuatro y siete veces por semana tenían un 63 % menos de riesgo de muerte cardíaca súbita en comparación con quienes lo hacían solo una vez a la semana. Estas cifras son impresionantes y otorgan una base científica a lo que los finlandeses han sabido de manera intuitiva durante generaciones.

Además de los beneficios cardiovasculares, el sauna contribuye de forma significativa a la recuperación muscular y articular. El calor libera la tensión en el tejido muscular, alivia el dolor y acelera la eliminación del ácido láctico que se acumula en el cuerpo tras el esfuerzo físico. Por eso, deportistas de todo el mundo incorporan el sauna a su programa de recuperación. Pero no solo ellos: cualquier persona que pase el día frente al ordenador y sufra tensión en la espalda o el cuello puede utilizar el sauna como un alivio agradable y eficaz.

También es notable el efecto sobre el sistema inmunológico. La exposición repetida del cuerpo al estrés térmico estimula la producción de glóbulos blancos y aumenta la resistencia del organismo frente a las infecciones. Algunos expertos comparan este efecto con el de la fiebre, la respuesta defensiva natural del cuerpo que destruye patógenos. Por ello, los usuarios habituales del sauna suelen referir que enferman menos, especialmente durante los meses de invierno.

El sauna también tiene un profundo impacto en la psique. Durante la estancia en el calor, el cerebro libera endorfinas, las hormonas de la felicidad, que generan una sensación de bienestar y relajación. Al mismo tiempo, disminuye el nivel de cortisol, la principal hormona del estrés. No es casualidad, por tanto, que muchas personas describan el sauna como uno de los métodos más eficaces para liberarse de la tensión cotidiana y contrarrestar la sobrecarga del mundo moderno. Como señaló en cierta ocasión el escritor finlandés Juhani Aho: «En el sauna, todos somos iguales.» Esta frase captura algo esencial: el sauna es un lugar donde no solo se deja la ropa, sino también los roles sociales y las preocupaciones.

Cómo utilizar el sauna correctamente para que tenga sentido

Usar el sauna no consiste simplemente en sentarse en una habitación caliente y esperar. El procedimiento correcto y el cumplimiento de ciertas pautas determinan si la experiencia será agradable y beneficiosa, o innecesariamente agotadora.

Antes de entrar al sauna, es fundamental ducharse a fondo y secar bien el cuerpo. La piel mojada suda con más dificultad y el efecto global se reduce. Igualmente importante es una buena hidratación: antes del sauna, se deben beber al menos medio litro de agua, ya que con la sudoración el cuerpo pierde grandes cantidades de líquidos y minerales. El alcohol antes del sauna, en cambio, es inadecuado y puede resultar directamente peligroso.

La estancia en el sauna no debería superar los diez o quince minutos en una sola sesión. Para los principiantes, es recomendable comenzar en el banco inferior, donde la temperatura es más suave, e ir subiendo gradualmente a medida que el cuerpo se acostumbra al calor. Tras salir de la sala caliente, llega el enfriamiento, que para muchos es la parte más exigente, pero también la más importante de todo el ritual.

El enfriamiento puede realizarse de forma progresiva bajo una ducha tibia, o de manera más intensa sumergiéndose en agua fría o exponiéndose al aire exterior en invierno. La alternancia de calor y frío es el elemento clave que activa el llamado entrenamiento vasomotor de los vasos sanguíneos. Los vasos se dilatan y contraen de forma alternada, lo que mejora su elasticidad y la función general del sistema circulatorio. Tras el enfriamiento, debe seguir un descanso de al menos diez a quince minutos, durante el cual el cuerpo recupera su temperatura normal y se regenera. Solo entonces tiene sentido repetir el ciclo, idealmente dos o tres veces en una misma sesión.

Durante el descanso, es conveniente reponer líquidos, preferiblemente con agua pura o infusiones de hierbas. Las bebidas minerales o isotónicas son especialmente adecuadas tras sesiones prolongadas, ya que con la sudoración el cuerpo pierde no solo agua, sino también sodio, potasio y magnesio. No se recomienda comer antes del sauna: el estómago lleno y el calor son una combinación desagradable. En cambio, un tentempié ligero después del sauna ayuda al cuerpo a recuperar energía.

Un ejemplo práctico de un enfoque correcto puede ser el de Jana, una profesora de cuarenta y cuatro años de Brno, que empezó a usar el sauna regularmente una vez a la semana por recomendación de su médico de cabecera, debido a dolores crónicos de espalda. Tras tres meses de uso regular, describe una mejora notable: los dolores han disminuido, duerme mejor y se siente menos estresada. «Al principio me parecía extraño que simplemente sentarse en el calor pudiera ayudar tanto. Pero funciona», dice con una sonrisa.

Una parte importante del ritual del sauna es también el cuidado de la piel. El calor abre los poros y la piel está en ese momento preparada para absorber nutrientes. Por eso, muchas personas utilizan aceites corporales naturales o cremas hidratantes después del sauna, que se absorben mejor y dejan la piel suave y tersa. Algunos saunas ofrecen también la posibilidad de realizar un peeling durante la sesión, en el que se eliminan las células muertas de la piel y la tez se renueva de forma natural.

Para quién es adecuado el sauna y para quién representa un riesgo

El sauna es adecuado para la gran mayoría de los adultos sanos. Los usuarios habituales de todas las franjas de edad confirman los beneficios tanto para la salud física como mental. Las personas mayores pueden beneficiarse del sauna igual que los jóvenes deportistas, aunque en el caso de las personas de más edad es importante comenzar con más precaución y reducir el tiempo de permanencia en el sauna.

Sin embargo, existen grupos de personas para quienes el sauna no es adecuado o para quienes se requiere una mayor precaución. Las mujeres embarazadas deben evitar el sauna, especialmente en el primer trimestre, cuando la temperatura corporal elevada puede representar un riesgo para el desarrollo del feto. Los expertos de Mayo Clinic recomiendan a las mujeres embarazadas consultar con su médico antes de visitar el sauna.

Las personas con enfermedades cardíacas graves, hipertensión arterial no controlada o que hayan sufrido recientemente un infarto deben evitar el sauna o consultarlo con un cardiólogo. Aunque el sauna tiene en general un efecto positivo sobre el corazón y los vasos sanguíneos, los estados agudos o las enfermedades no estabilizadas pueden provocar complicaciones en combinación con la carga térmica.

También son contraindicaciones una enfermedad inflamatoria aguda, la fiebre o una lesión reciente. En estos casos, el calor empeora la situación en lugar de mejorarla. Del mismo modo, las personas que sufren epilepsia deben tener precaución y usar el sauna idealmente acompañadas.

Los niños pueden visitar el sauna, pero teniendo en cuenta que su termorregulación no está tan desarrollada como la de los adultos. Los niños pequeños no deben permanecer en el sauna más de cinco minutos y la temperatura debe ser inferior a la de los adultos. El enfriamiento debe ser gradual, sin choque de frío.

Para mayor claridad, se pueden mencionar los grupos en los que se requiere precaución o consulta médica:

  • mujeres embarazadas, especialmente en el primer trimestre
  • personas con enfermedades cardíacas no estabilizadas o que hayan sufrido un infarto reciente
  • personas con hipertensión arterial no controlada
  • personas con inflamación aguda, fiebre o lesión reciente
  • personas con epilepsia sin acompañante
  • niños pequeños sin supervisión de adultos

El sauna es, por tanto, un ritual con una rica historia y beneficios científicamente respaldados, que merece más atención que la de ser simplemente parte de un fin de semana de bienestar. La regularidad es la clave: una visita puntual al sauna proporcionará una experiencia agradable, pero los verdaderos beneficios para la salud solo se manifiestan con un uso prolongado y repetido. Ya sea para mejorar la salud del corazón, aliviar la tensión muscular, fortalecer el sistema inmunológico o simplemente disfrutar de un momento de calma alejado del ajetreo cotidiano, el sauna ofrece algo que pocos rituales son capaces de reunir en un mismo lugar: el cuidado del cuerpo y del alma al mismo tiempo.

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