Regulación emocional en adultos se puede mejorar
Todos lo conocen. Un compañero hace un comentario inocente en una reunión y en uno se levanta una ola de ira que no corresponde en absoluto a la situación. La pareja se olvida de comprar leche y la reacción se parece más a una erupción volcánica que a un pequeño malentendido. O en un atasco aparece una sensación de total impotencia, como si se tratara de una catástrofe vital. En esos momentos, una persona adulta se comporta de una manera que más bien esperaría de un niño de cinco años – y luego siente vergüenza por ello. Sin embargo, detrás de estas reacciones se esconde algo mucho más profundo que un simple "mal humor". Se trata de la regulación emocional, o más bien de su fallo, y es un tema que afecta prácticamente a todo el mundo.
El concepto de regulación emocional suena quizás un poco técnico, pero en realidad describe algo muy sencillo: la capacidad de reconocer lo que sentimos, comprenderlo y reaccionar de forma adecuada a la situación. Cuando esta capacidad funciona bien, la persona es capaz de manejar el estrés en el trabajo sin gritar a los subordinados, sabe afrontar la decepción sin caer en la desesperación y es capaz de gestionar un conflicto en la relación de pareja sin dar portazos. Pero cuando no funciona, el resultado son precisamente esos momentos en los que una persona adulta se comporta como un niño pequeño: de forma impulsiva, exagerada y a veces incluso destructiva.
La pregunta de por qué a veces reaccionamos como niños tiene una respuesta sorprendentemente directa, aunque sus raíces son profundas. La mayoría de los patrones de reacción emocional se forman en la primera infancia, en un período en el que la persona ni siquiera es consciente de lo que le está ocurriendo. Los psicólogos hablan de los llamados esquemas emocionales: una especie de programas internos que se activan automáticamente en cuanto la persona se encuentra en una situación que, aunque sea remotamente, le recuerda algo del pasado. No es cuestión de inteligencia ni de voluntad. Es cuestión de neurobiología y de patrones aprendidos.
Imaginemos, por ejemplo, a Marek, un directivo de cuarenta años que es exitoso, respetado y racional en su profesión, hasta el momento en que siente que alguien lo ignora. Basta con que una compañera no le responda un correo electrónico en una hora para que Marek empiece a sentir una mezcla de rabia y ansiedad que lo absorbe por completo. Empieza a escribir un correo agresivo, luego lo borra, luego lo vuelve a escribir, después se ofende con la compañera y no le habla durante tres días. Cuando reflexiona sobre ello más tarde, él mismo no entiende qué le pasó. La respuesta, sin embargo, está en su infancia: creció con una madre que lo castigaba ignorándolo, a veces durante días enteros. El pequeño Marek aprendió que ser ignorado significa ser rechazado, y este programa se activa en él hasta hoy, aunque la situación real no tenga nada que ver con el rechazo.
Esta historia no es excepcional. Según investigaciones publicadas en la revista Emotion Review, el vínculo temprano con las personas cuidadoras tiene una influencia fundamental en cómo la persona procesa las emociones en la edad adulta. Los niños que crecieron en un entorno donde sus emociones eran aceptadas y reflejadas tienen en la edad adulta una capacidad de regulación emocional significativamente mejor. Por el contrario, los niños cuyas emociones fueron ignoradas, reprimidas o castigadas a menudo arrastran hasta la edad adulta patrones que les complican las relaciones, el trabajo y la relación consigo mismos.
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Por qué la inmadurez emocional se manifiesta precisamente bajo estrés
Es interesante que la mayoría de las personas funciona perfectamente bien mientras todo está en calma. Los problemas con la regulación emocional suelen aparecer en el momento en que la persona está bajo presión: cansada, hambrienta, estresada, en conflicto o en una situación que le recuerda algo doloroso del pasado. La neurociencia lo explica de forma bastante elegante. La corteza prefrontal, es decir, la parte del cerebro responsable del pensamiento racional, la planificación y el autocontrol, es evolutivamente la más joven y también la más vulnerable. Cuando la persona se encuentra en peligro –ya sea real o solo percibido– toma el mando la amígdala, una estructura evolutivamente mucho más antigua que funciona rápido, pero de forma primitiva. Su repertorio es limitado: lucha, huye o paralízate.
Esa es exactamente la razón por la que una persona inteligente, culta y normalmente equilibrada puede comportarse en un momento dado como un niño de tres años que acaba de perder su juguete favorito. No es un fallo del carácter. Es un fallo de los mecanismos de regulación que en ese momento simplemente se sobrecargaron. Como señaló el psiquiatra estadounidense Daniel Siegel, autor del concepto de "ventana de tolerancia": "Cuando nos encontramos fuera de nuestra ventana de tolerancia, perdemos el acceso a aquellas partes del cerebro que nos hacen adultos." Esta idea es liberadora, porque desplaza la atención de la autoculpabilización a la comprensión, y de la comprensión al cambio.
Y precisamente el cambio es lo que más interesa a la mayoría de las personas. La buena noticia es que la regulación emocional en adultos realmente se puede mejorar, y a cualquier edad. El cerebro es plástico, lo que significa que se reconfigura constantemente en función de las experiencias. Los patrones que la persona aprendió en la infancia no están grabados en piedra: se pueden reescribir, aunque eso requiere tiempo, paciencia y a menudo también ayuda profesional.
Uno de los enfoques más eficaces es la llamada mentalización: la capacidad de ser consciente de lo que está ocurriendo en el interior en un momento dado, ponerle nombre y observar la situación desde la distancia. Suena sencillo, pero en la práctica es algo que muchas personas nunca han hecho, porque nadie se lo enseñó. La mentalización no es lo mismo que reprimir las emociones. Al contrario: se trata de vivir plenamente las emociones, pero al mismo tiempo mantener la capacidad de reflexionar sobre lo que está pasando y por qué. Por ejemplo: "Siento una rabia enorme porque mi compañera no me ha respondido. Pero si lo miro con perspectiva, es probable que simplemente tenga mucho trabajo. Esa rabia pertenece más al pasado que al presente."
Otro enfoque con un sólido respaldo en la investigación es la terapia cognitivo-conductual (TCC), o su variante más reciente: la terapia dialéctica conductual (TDC), que originalmente desarrolló la psicóloga Marsha Linehan para pacientes con trastorno límite de la personalidad, pero que hoy se utiliza con éxito en cualquier persona que tenga dificultades con la regulación emocional. La TDC enseña habilidades concretas en el ámbito del manejo del estrés, las relaciones interpersonales y la regulación emocional. Según el National Institute of Mental Health, estos enfoques se encuentran entre los métodos mejor fundamentados para mejorar la estabilidad emocional.
Cómo aplicarlo en la vida cotidiana
La terapia es una herramienta excelente, pero no todo el mundo está preparado o dispuesto a acudir a ella, y eso es perfectamente normal. Existe toda una serie de cosas que la persona puede hacer por sí misma, cada día, y que fortalecen gradualmente la capacidad de regulación emocional. No se trata de técnicas revolucionarias, sino más bien de hábitos que con el tiempo se convierten en una segunda naturaleza.
El ejercicio físico es probablemente la herramienta más infravalorada de regulación emocional. Las investigaciones muestran repetidamente que el ejercicio regular reduce la reactividad de la amígdala y fortalece la corteza prefrontal. En otras palabras, el movimiento literalmente reconstruye el cerebro de una manera que ayuda a la persona a gestionar mejor sus emociones. No tiene que ser un maratón ni horas en el gimnasio. Bastan treinta minutos de caminata enérgica al día, yoga, natación o cualquier actividad que a la persona le guste y que practique con regularidad.
Un papel igualmente fundamental desempeña el sueño. La falta de sueño reduce drásticamente la capacidad de regulación emocional: un estudio publicado en el Journal of Neuroscience demostró que una sola noche en vela aumenta la reactividad emocional en casi un 60 %. Esto significa que una persona que duerme regularmente cinco horas al día tiene significativamente menos posibilidades de afrontar una situación estresante con perspectiva que quien duerme siete u ocho horas.
Otro ámbito que influye directamente en la estabilidad emocional es la alimentación y el estilo de vida en general. Las fluctuaciones del nivel de azúcar en sangre, la falta de ácidos grasos omega-3, la deshidratación o el consumo excesivo de cafeína: todos estos son factores que pueden desestabilizar el estado de ánimo y reducir el umbral de los estallidos emocionales. No es casualidad que las personas que se alimentan de forma equilibrada y cuidan la calidad de lo que introducen en su cuerpo a menudo refieran un mejor equilibrio emocional. Precisamente por eso tiene sentido prestar atención no solo a lo que comemos, sino también a qué productos utilizamos en la vida cotidiana: desde los alimentos, pasando por la cosmética, hasta las cosas con las que nos rodeamos en el hogar.
Entre las técnicas prácticas que se pueden empezar a utilizar de inmediato se encuentra también la respiración consciente. Cuando la persona siente que se levanta en ella una ola emocional, varias inhalaciones y exhalaciones lentas y profundas activan el sistema nervioso parasimpático y literalmente ralentizan la reacción de "lucha o huida". No es magia, es fisiología. Cuatro segundos de inhalación, siete segundos de retención del aire, ocho segundos de exhalación: esta técnica, conocida como respiración 4-7-8, es sencilla, no requiere ningún equipamiento y funciona prácticamente de inmediato.
También es importante mencionar el papel de la meditación y el mindfulness. Según un metaanálisis publicado en JAMA Internal Medicine, la meditación regular tiene un efecto demostrable en la reducción de la ansiedad, la depresión y la reactividad emocional. No se trata de ningún esoterismo: es un entrenamiento sistemático de la atención que modifica la estructura y el funcionamiento del cerebro de forma medible. Ya diez minutos al día pueden producir resultados notables en el transcurso de unas semanas.
Pero, ¿qué hacer en una situación en la que la persona sabe que está reaccionando de forma desproporcionada, pero no puede detenerse? Una de las estrategias más útiles es la llamada "pausa temporal": simplemente alejarse un momento. Salir de la habitación, dar un paseo, beber un vaso de agua fría. Eso no es cobardía ni evitación del conflicto. Es una decisión consciente de no actuar en un momento en que el cerebro no es capaz de procesar racionalmente. Volver a la conversación diez o veinte minutos después, cuando la amígdala deja de dominar y la corteza prefrontal retoma el control, es mucho más productivo que decir cosas de las que uno se arrepentirá.
Todo el tema de la regulación emocional en adultos tiene además una dimensión que suele pasarse por alto: la compasión hacia uno mismo. Muchas personas, cuando se dan cuenta de que han reaccionado de forma desproporcionada, empiezan a culparse y criticarse, lo que paradójicamente empeora toda la situación. La autocrítica activa los mismos sistemas de estrés que una amenaza externa, de modo que la persona que se castiga por su estallido en realidad se mantiene en un estado constante de sobrecarga emocional. La psicóloga Kristin Neff, pionera en la investigación sobre la autocompasión, muestra repetidamente que un enfoque amable hacia uno mismo es un motivador del cambio mucho más eficaz que la dura autocrítica.
El camino hacia una regulación emocional madura no es un sprint, sino un maratón. Hay días en que la persona se comporta exactamente como querría: con calma, con perspectiva, con empatía. Y hay días en que vuelve a sorprenderse reaccionando de una manera cuya intensidad la sorprende. Ambas cosas son normales. Lo importante no es alcanzar la perfección, sino ampliar gradualmente lo que Daniel Siegel llama "ventana de tolerancia", es decir, el rango de situaciones que la persona puede afrontar sin perder el contacto con su yo adulto. Cada paso en esta dirección, ya sea ejercicio regular, mejor sueño, alimentación de calidad, meditación o una conversación con un terapeuta, es un paso hacia una vida más plena y más libre.