Cuando los hermanos se pelean y tú no quieres ser el juez
Todos los padres que tienen en casa más de un hijo conocen ese momento. Acabas de sentarte con una taza de té, del salón llega un golpe, seguido de un grito penetrante e inmediatamente aparecen corriendo dos seres enfadados, cada uno de los cuales afirma que el otro empezó. Las peleas entre hermanos forman parte de la vida familiar de manera tan inseparable como las meriendas sin terminar y los calcetines perdidos. Sin embargo, pocos aspectos de la crianza tocan a los padres de forma tan sensible. ¿Debemos intervenir? ¿Debemos juzgar quién tiene razón? ¿Y es posible fomentar la relación entre los hijos sin convertirnos en árbitros que inevitablemente hacen daño a uno de los niños?
La respuesta no es sencilla, pero existe. Y comienza por comprender lo que realmente se esconde detrás de la rivalidad entre hermanos.
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Por qué los hermanos se pelean – y por qué en realidad es normal
El concepto de "rivalidad entre hermanos" suena dramático, pero en realidad se trata de uno de los fenómenos evolutivos más naturales de la infancia. Los niños se diferencian entre sí por temperamento, necesidades, nivel de desarrollo y también por cómo perciben el mundo que les rodea. Cuando comparten espacio, juguetes y, sobre todo, la atención de los padres, los enfrentamientos son inevitables. La Academia Americana de Pediatría (AAP) en sus materiales para padres recalca repetidamente que una rivalidad moderada entre hermanos es saludable y ayuda a los niños a desarrollar habilidades sociales: negociación, compromiso, empatía y capacidad para gestionar la frustración.
El problema surge en el momento en que los conflictos escalan, cuando un niño se siente permanentemente menos querido o cuando los padres asumen inconscientemente el papel de juez, lo que empeora aún más toda la dinámica. La psicóloga Adele Faber, coautora del libro Siblings Without Rivalry, escribió en una ocasión: "Cuando los padres deciden constantemente quién tiene razón y quién no, los niños dejan de pelearse por el juguete y empiezan a competir por el amor." Y precisamente aquí se esconde el núcleo de todo el problema.
Reflexionemos un momento sobre cómo transcurre una pelea típica entre hermanos en muchos hogares. Anička, de seis años, juega con una muñeca. Tomáš, de cuatro, también la quiere. Anička se niega, Tomáš le arranca la muñeca, Anička se echa a llorar. Mamá llega corriendo, ve a su hija llorando y dice: "¡Tomáš, devuélvela! Ella la tenía primero." Tomáš se siente castigado injustamente, Anička se siente confirmada en que ella es "la buena". La próxima vez Tomáš cogerá la muñeca cuando nadie mire, y el círculo vicioso continúa. El padre juzgó, pero no resolvió la causa del conflicto – y lo que es peor, alimentó inconscientemente una dinámica donde un niño es el ganador y el otro el perdedor.
Este es exactamente el patrón que se puede evitar. No ignorando los conflictos, sino cambiando nuestro papel. En lugar de juez, nos convertimos en guía.
¿Qué significa esto en la práctica? Ante todo, es necesario resistir el impulso de averiguar inmediatamente quién empezó. La mayoría de las peleas entre hermanos no tienen un culpable claro: ambas partes han contribuido con su parte, aunque a primera vista no lo parezca. En lugar de la pregunta "¿Quién lo hizo?", es mucho más eficaz nombrar lo que vemos y sentimos: "Veo que los dos estáis enfadados. Anička, tú estás triste porque alguien te quitó el juguete. Tomáš, tú también querías jugar y no sabías cómo pedirlo." Con este sencillo paso hacemos varias cosas a la vez. Reconocemos las emociones de ambos niños, no colocamos a nadie en el papel de culpable y al mismo tiempo nombramos lo que realmente ocurrió, es decir, una necesidad que no fue satisfecha. Y precisamente desde este punto se puede continuar adelante, hacia la búsqueda de una solución que convenga a ambos.
¿Suena idealista? Quizá un poco. Pero las investigaciones lo confirman. Un estudio publicado en la revista Child Development en 2019 mostró que los niños cuyos padres nombraban las emociones durante los conflictos y les guiaban hacia la escucha mutua en lugar del castigo inmediato mostraban, al cabo de dos años, relaciones significativamente mejores con sus hermanos y también una mayor capacidad para resolver conflictos con sus compañeros en la escuela.
Cómo fomentar la relación entre los hijos sin juzgar
El fomento de una relación saludable entre hermanos no es una acción puntual, sino un enfoque a largo plazo que impregna la vida cotidiana de la familia. No se trata solo de cómo reaccionamos ante las peleas, sino también de cómo hablamos con los niños, cómo organizamos el tiempo familiar y cómo manejamos las diferencias naturales entre hermanos.
Uno de los hábitos más frecuentes – y más perjudiciales – que cometen los padres es la comparación. "Mira a tu hermana, ella ya tiene los deberes hechos." "¿Por qué no puedes portarte bien como tu hermano?" Estas frases, aunque pensadas como motivación, producen exactamente el efecto contrario. Un niño que es constantemente comparado no se siente motivado: se siente insuficiente. Y su rabia y frustración a menudo las dirige precisamente contra el hermano que se le pone como ejemplo. Se crea así una situación paradójica en la que el padre, que quiere motivar a los hijos hacia un mejor comportamiento, en realidad profundiza la rivalidad entre ellos.
En lugar de comparar, es mucho más eficaz fijarse en cada niño por separado, en su propio contexto. "Veo que te has esmerado con esa tarea." "Me he dado cuenta de que hoy has ayudado a tu hermana pequeña con los zapatos, eso ha sido muy bonito por tu parte." Cada niño necesita saber que es visto y valorado por quien es, no por cómo se sitúa en comparación con otra persona.
Otro aspecto importante es el tiempo individual con cada hijo. No tiene que ser nada grandioso: bastan diez minutos antes de dormir en los que el padre se dedica solo a un niño, le pregunta por su día, le lee o simplemente charla con él. Estos momentos tienen un poder enorme. Un niño que sabe que tiene su propio espacio, no compartido, con su padre o madre, no necesita luchar tanto por la atención. Y cuando no necesita luchar por la atención, disminuye también la intensidad de los conflictos entre hermanos.
Merece la pena mencionar también lo importante que es dejar que los niños resuelvan algunos conflictos por sí solos. Los padres tienen el instinto natural de intervenir en cada pelea, pero no toda disputa requiere la intervención de un adulto. Si no hay riesgo de daño físico, puede ser muy beneficioso dejar que los niños encuentren la solución por sí mismos. Por supuesto, esto no significa marcharse y dejarlos a su suerte, sino más bien estar cerca, observar e intervenir solo cuando sea realmente necesario. De esta manera los niños aprenden habilidades vitales enormemente valiosas: negociar, ceder, buscar compromisos y gestionar la frustración de que no siempre consigo lo que quiero.
También desempeña un papel importante la forma en que la familia en su conjunto habla sobre las emociones. En los hogares donde es habitual nombrar los sentimientos – donde se dice "estoy enfadado", "estoy triste", "me siento tratado injustamente" – los niños disponen de herramientas mucho mejores para gestionar los conflictos. No se trata de que los niños nunca se peleen, sino de que se peleen de forma justa. De que sepan que pueden estar enfadados, pero no pueden pegar. Que pueden estar en desacuerdo, pero pueden expresarlo con palabras.
Una herramienta práctica que muchas familias valoran son las llamadas reuniones familiares. Se trata de encuentros regulares, por ejemplo semanales, de toda la familia, donde cada uno tiene espacio para decir qué le preocupa, qué le gustaría cambiar y qué le ha gustado esa semana. Los niños aprenden en estas reuniones a escuchar, a formular sus necesidades y a buscar soluciones conjuntamente. No es ninguna sesión terapéutica, sino más bien un ritual agradable que puede durar quince minutos y que refuerza el sentimiento de pertenencia y respeto mutuo.
Ya que estamos con consejos prácticos, no se puede pasar por alto la influencia del entorno. Los niños que tienen suficiente espacio físico y la posibilidad de estar un rato solos se pelean menos. Esto no significa que cada niño deba tener su propia habitación, pero incluso en un piso pequeño se puede crear un "rincón tranquilo" al que el niño pueda retirarse cuando necesite estar a solas. Igualmente ayuda que los niños tengan al menos algunas cosas que sean solo suyas y que no tengan que compartir. Compartir es un valor hermoso, pero compartir forzado a menudo conduce a una mayor rivalidad, no a una mayor generosidad.
También resulta interesante la perspectiva sobre el orden de nacimiento y su influencia en la dinámica entre hermanos. Los primogénitos a menudo cargan con el peso de las expectativas: deben ser responsables, sensatos, dar ejemplo. Los hermanos menores, por su parte, pueden tener la sensación de que nunca alcanzarán lo que el hermano mayor ya sabe hacer. ¿Y los hijos del medio? Esos a veces se sienten invisibles. Ser consciente de estas dinámicas ayuda a los padres a comprender mejor por qué sus hijos se comportan como se comportan, y a reaccionar con mayor comprensión en lugar de juzgar automáticamente.
Quizá lo más importante de todo sea la conciencia de que la relación entre hermanos es un maratón, no un sprint. Que los niños a los cinco y siete años se peleen por cualquier nimiedad no significa que no se vayan a querer de adultos. Al contrario: muchos hermanos adultos que en la infancia pasaron por una rivalidad intensa describen su relación como una de las más profundas e importantes de su vida. Lo clave es qué base les den los padres. Si aprenden que los conflictos se pueden resolver con respeto, que cada uno tiene derecho a sus emociones y que el amor de los padres no es una tarta de la que hay que ir cortando trozos, entonces tienen una excelente posición de partida para una relación cercana de por vida.
Para los padres que quieran profundizar más en el tema, puede resultar útil el ya mencionado libro Siblings Without Rivalry de Adele Faber y Elaine Mazlish, disponible también en traducción al español. Ofrece ejemplos concretos, diálogos y estrategias que se pueden aplicar de inmediato. Otra excelente fuente es la web Aha! Parenting de la psicóloga Laura Markham, donde encontraréis decenas de artículos sobre la dinámica entre hermanos basados en investigaciones actuales.
Criar a varios hijos es una de las experiencias más exigentes, pero al mismo tiempo más enriquecedoras, que ofrece la paternidad y maternidad. Las peleas entre hermanos no van a desaparecer, ni deberían hacerlo. Son una parte natural del crecimiento y el aprendizaje. Lo que sí puede cambiar es la manera en que reaccionamos ante ellas. Cuando dejamos a un lado el papel de juez y asumimos el de guía, damos a nuestros hijos un regalo que trasciende la infancia: la capacidad de construir relaciones basadas en el respeto, la empatía y la comprensión mutua. Y eso es algo que ningún juguete, ningún compromiso sobre una muñeca y ningún veredicto de "quién empezó" podrá jamás reemplazar.