# Když si dítě stěžuje na bolest břicha bez příčiny
Cada padre lo conoce. Por la mañana, antes de ir a la escuela, el niño se retuerce de dolor, se agarra la barriguita y asegura que no puede levantarse de la cama. El médico no encuentra nada grave, los análisis de sangre están bien y, aun así, las quejas se repiten una y otra vez. ¿Qué está pasando realmente? ¿Y cuándo es el momento de plantearse que el dolor de barriga en un niño puede tener un origen psicológico?
Esta pregunta preocupa a muchos padres, y sin embargo la respuesta no es sencilla ni en blanco y negro. El cuerpo y la mente del niño están conectados de una manera mucho más estrecha de lo que la mayoría de los adultos se da cuenta. La medicina moderna sabe hoy perfectamente que el estrés emocional en los niños se manifiesta muy frecuentemente a través de síntomas físicos, y el estómago o los intestinos suelen ser el primer lugar donde se instala la tensión.
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Cómo influye la psique en el estómago de los niños
El cerebro y el sistema digestivo están conectados a través del llamado eje intestino-cerebro, una compleja red de conexiones nerviosas que funciona en ambas direcciones. Los científicos del campo de la neurogastroenterología llegan a denominar los intestinos como el «segundo cerebro», ya que contienen más de cien millones de células nerviosas. Cuando un niño está estresado, ansioso o triste, su sistema nervioso reacciona, y esta reacción se traslada muy fácilmente al tracto digestivo. El resultado pueden ser calambres, náuseas, diarrea o un dolor indefinido que es absolutamente real, aunque no se encuentre ninguna causa ni en la radiografía ni en el laboratorio.
Según investigaciones publicadas en la revista especializada Pediatrics, aproximadamente entre el 10 y el 15 por ciento de los niños en edad escolar sufren dolores de barriga recurrentes sin causa orgánica detectable. No es un número desdeñable. Y en gran parte de ellos, los factores psicosociales desempeñan un papel clave: la presión escolar, los problemas con los compañeros, la tensión familiar o la propia naturaleza ansiosa del niño.
Es importante entender que el dolor psicosomático no es inventado. El niño lo siente de verdad, sufre de verdad y necesita ayuda de verdad. Solo que esa ayuda puede tener un aspecto diferente al de cuando se trata de una infección intestinal o una intolerancia a la lactosa.
Imaginemos a Sofía, de siete años, que antes de cada examen en la escuela empieza a retorcerse de dolor. Su mamá la lleva al pediatra, este no encuentra nada físico y recomienda reposo. El dolor remite, pero la semana siguiente, antes del próximo examen, vuelve. Sofía no es una manipuladora. Sofía es una niña que no sabe expresar con palabras su miedo al fracaso, y por eso lo expresa con el cuerpo. Así es como funciona esto en los niños de manera completamente natural, porque el vocabulario emocional de los niños todavía está en pleno desarrollo.
Señales que los padres no deberían pasar por alto
¿Cómo reconocer entonces que el dolor de barriga de un niño puede tener una base psicológica? Por supuesto, el primer paso siempre es visitar al médico para descartar causas físicas: alergias, celiaquía, inflamaciones u otros problemas orgánicos. Pero si el médico no encuentra nada y los dolores persisten, merece la pena observar ciertos patrones.
El dolor aparece en situaciones concretas: antes de ir a la escuela, antes de los exámenes, después de una discusión en familia, el domingo por la noche. Si el dolor tiene un desencadenante claro vinculado al estrés o a las preocupaciones, es una señal poderosa. Del mismo modo, si el niño no tiene ningún problema los fines de semana o durante las vacaciones, pero los lunes por la mañana se «pone enfermo» con regularidad.
Otro indicador es la manera en que el niño describe el dolor. Los dolores psicosomáticos suelen ser imprecisos, difíciles de localizar: «me duele aquí en algún punto del medio», «me siento raro». El niño no es capaz de señalarlos con exactitud ni de describirlos, porque en realidad no provienen de un único lugar concreto. En cambio, el dolor causado por, por ejemplo, una apendicitis es agudo, localizado y se agrava.
Los padres también deberían prestar atención al estado emocional general del niño. ¿Es el niño en general ansioso, perfeccionista o tiene miedo a las situaciones nuevas? Estos niños son más propensos a procesar el estrés corporalmente. Del mismo modo, los niños que han vivido algún cambio —una mudanza, el divorcio de los padres, el inicio en una nueva escuela— pueden reaccionar precisamente con síntomas físicos.
Como dice la psicóloga infantil Tina Payne Bryson, coautora del libro The Whole-Brain Child: «Los niños no son adultos en miniatura. Su cerebro sigue en desarrollo y las emociones que no pueden procesar verbalmente buscan otra salida».
Qué pueden hacer los padres al respecto
Cuando un padre descubre que detrás de los dolores de su hijo probablemente está la psique, la primera reacción suele ser la perplejidad. ¿Y ahora qué? ¿Cómo ayudar? Lo importante es, ante todo, no subestimar ni exagerar. Decirle al niño «no te pasa nada, ve a la escuela» es contraproducente: el niño se siente incomprendido y el estrés se intensifica aún más. Por otro lado, ceder constantemente y excusarlo de la escuela refuerza el patrón en el que dolor = huida de una situación desagradable.
El punto medio de oro es reconocer el dolor y al mismo tiempo buscar su causa. En lugar de «no te pasa nada», prueba con «veo que eso te preocupa, cuéntame más sobre cómo te sientes». Este enfoque abre un espacio para hablar de las emociones sin que el niño sienta que no le crees.
Una herramienta muy eficaz es hablar regularmente sobre los sentimientos: no solo sobre lo que pasó en la escuela, sino sobre cómo se sintió el niño, qué le estresó, qué le salió bien. Los niños que tienen espacio para hablar de sus emociones en casa somaticen con menos frecuencia, es decir, trasladan la tensión psíquica al cuerpo con menos frecuencia. La Academia Americana de Pediatría recomienda a los padres dedicar cada día aunque sea un momento a una conversación no estructurada con el niño, sin pantallas y sin prisas.
También puede ayudar el movimiento y el tiempo en la naturaleza. La actividad física reduce de forma natural los niveles de hormonas del estrés y ayuda al cuerpo y a la mente a relajarse. No tiene que ser un deporte organizado: basta con un paseo, jugar al aire libre o ir en bicicleta. Del mismo modo, dormir lo suficiente juega un papel fundamental: un niño cansado y con falta de sueño es más vulnerable al estrés y a las manifestaciones físicas de la ansiedad.
En el ámbito del cuidado diario del bienestar del niño, también resultan útiles los rituales sencillos: una rutina regular, una alimentación saludable rica en fibra y probióticos, porque el microbioma intestinal tiene una influencia demostrada en el estado de ánimo y el estrés. Los alimentos fermentados, los productos integrales o los suplementos alimenticios de calidad pueden ser una parte natural del cuidado del sistema digestivo infantil.
Si los dolores persisten y el niño sufre de manera significativa, es el momento de buscar un psicólogo o psicoterapeuta infantil. La terapia orientada a niños, como la terapia cognitivo-conductual o la terapia de juego, puede ayudar de manera muy eficaz a que los niños aprendan a manejar el estrés y la ansiedad. No es un estigma, es un cuidado.
Los padres también deben ser conscientes de que su propio estrés se transmite a los niños. Un niño que vive en un ambiente doméstico tenso, aunque los padres le oculten los problemas, lo percibe. Los niños son barómetros sensibles del ambiente familiar. Cuidar la propia salud mental de los padres es, por tanto, indirectamente también cuidar la salud de los hijos.
Hay situaciones en las que hay que actuar con rapidez y el dolor de barriga del niño definitivamente no es psicosomático. Entre las señales de alarma que requieren atención médica inmediata se encuentran:
- dolor repentino, intenso y agudo que empeora rápidamente
- dolor acompañado de fiebre, vómitos o diarrea con sangre
- dolor en la parte inferior derecha del abdomen (posible apendicitis)
- el niño se niega a comer y beber, está apático o desorientado
- el dolor despierta al niño del sueño
Nunca atribuyas estos síntomas al estrés sin una exploración médica previa. La psicosomática es un diagnóstico legítimo, pero siempre después de haber descartado las causas físicas.
El mundo en el que los niños crecen hoy está lleno de estímulos, presiones y exigencias que las generaciones anteriores no conocían. Las redes sociales, las comparaciones, la presión por el rendimiento en la escuela: todo ello deja huella. No es de extrañar que los cuerpos de los niños reaccionen a esta carga cada vez con más frecuencia. Comprender lo que el niño está diciendo con su dolor es una de las cosas más valiosas que un padre puede ofrecerle. Porque detrás de cada dolor de barriga que no tiene una causa física clara hay un niño que necesita ser escuchado.