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Cómo establecer expectativas realistas como mamá y dejar de compararte con las demás

Cada mujer que se convierte en madre conoce esa sensación peculiar cuando la realidad de las primeras semanas con el bebé difiere drásticamente de lo que se había imaginado antes. Las redes sociales llenas de mamás sonrientes con camisetas blancas impolutas, hogares impecablemente ordenados y niños que duermen plácidamente toda la noche: todo eso crea una imagen que tiene muy poco que ver con la maternidad cotidiana. Y, sin embargo, es precisamente esa imagen la que muchas mujeres utilizan como vara de medir para evaluarse a sí mismas. El resultado suele ser una sensación de fracaso, agotamiento y la frustrante pregunta: "¿Lo estoy haciendo mal o esto es así para todas?"

La respuesta suele ser sencilla: es así para todas. Pero no se habla de ello lo suficientemente alto. Las expectativas exageradas en la maternidad y la posterior decepción al ver que la realidad es diferente se encuentran entre las fuentes de estrés más frecuentes en las madres primerizas. Según una investigación publicada en el Journal of Reproductive and Infant Psychology, las expectativas poco realistas sobre la maternidad están directamente relacionadas con un mayor riesgo de depresión posparto y ansiedad. No se trata, por tanto, de una nimiedad que se pueda despachar con un gesto de la mano: es un tema que merece una conversación sincera.

Intentemos entonces analizar de dónde surgen esas expectativas exageradas, por qué nos hacen tanto daño y, sobre todo, cómo establecer expectativas realistas como mamá sin renunciar a lo que es importante para nosotras.


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De dónde surgen las expectativas poco realistas y por qué duelen tanto

La imagen de la "madre perfecta" no surgió de la noche a la mañana. Se forma a lo largo de años: desde la infancia, observando a nuestra propia madre, a través de libros, películas y, en los últimos años, sobre todo a través del contenido de Instagram y TikTok. El problema no es que las mujeres busquen inspiración o información. El problema aparece cuando un fragmento curado y filtrado de la vida ajena se convierte en el estándar al que intentamos llegar.

Tomemos como ejemplo a Klára, una primeriza de treinta y dos años de Brno que se preparó para la maternidad con la meticulosidad que la caracteriza. Leyó una docena de libros sobre crianza, completó un curso de hipnoparto, estudió la crianza natural y elaboró un plan detallado para el primer año con el bebé. La lactancia iba a ser algo natural, el ritmo de sueño debía estabilizarse en seis semanas y ella misma iba a ser una madre tranquila, cariñosa y presente. ¿La realidad? El parto terminó en cesárea de urgencia, la lactancia fue dolorosa e insuficiente, su hijo dormía como máximo en intervalos de dos horas y, a los tres meses, Klára acabó en la consulta de una psicóloga con un diagnóstico de trastorno de ansiedad posparto. No porque fuera una mala madre. Sino porque la brecha entre las expectativas y la realidad era tan enorme que no fue capaz de salvarla.

La historia de Klára no es excepcional. La psicóloga y autora del libro What No One Tells You, Alexandra Sacks, advierte de que la sociedad moderna impone a las madres exigencias completamente contradictorias: deben estar entregadas a sus hijos, pero al mismo tiempo no perder su identidad; deben amamantar de forma natural, pero al mismo tiempo recuperar su figura rápidamente; deben ser pacientes y cariñosas, pero al mismo tiempo firmes y constantes. No es de extrañar que a una le dé vueltas la cabeza.

Es importante comprender que la decepción que llega tras las expectativas no cumplidas no es señal de debilidad. Es una reacción humana natural. Los psicólogos denominan este fenómeno "expectation-reality gap" (brecha entre expectativas y realidad) y sus efectos están bien documentados: desde la pérdida de autoestima, pasando por el estrés crónico, hasta los problemas de pareja. Cuando una mamá se imagina que tendrá la misma relación con su pareja que antes del nacimiento del bebé y, en cambio, discuten sobre quién se levanta a atender al bebé que llora a las tres de la madrugada, eso no es un fracaso de la relación. Es una fase normal por la que pasa la gran mayoría de las parejas. Pero si no está preparada para ello, puede percibirlo como una catástrofe.

Y es precisamente aquí donde llegamos al meollo de la cuestión. No se trata de bajar el listón tanto que no esperemos nada de la vida. Se trata de aprender a distinguir entre lo que podemos controlar y lo que simplemente llega como llega. Se trata de dejar de comparar nuestro martes corriente con el mejor momento de otra persona en las redes sociales. Y se trata de aceptar que la maternidad es en gran parte improvisación, y que eso está perfectamente bien.

Cómo establecer expectativas realistas y dejar de avergonzarse por ellas

Establecer expectativas realistas no significa renunciar a los sueños o las ambiciones. Significa abordar la maternidad con apertura, flexibilidad y una dosis saludable de compasión hacia una misma. Suena sencillo, pero en la práctica requiere un esfuerzo consciente, porque toda la cultura que nos rodea empuja en la dirección contraria.

El primer paso es hacer un inventario sincero de nuestras propias ideas. ¿Qué me imagino exactamente que implicará la maternidad? ¿De dónde proceden esas ideas: de mi propia experiencia, de libros, de Instagram, de amigas? ¿Están basadas en información real o en una imagen idealizada? Este ejercicio puede resultar sorprendentemente revelador. Muchas mujeres se dan cuenta al hacerlo de que sus expectativas no son propias, sino tomadas del entorno, y que nunca las aceptaron conscientemente como suyas.

El segundo principio importante es sustituir los planes rígidos por las llamadas intenciones flexibles. En lugar de "voy a dar el pecho como mínimo un año", decirse "me gustaría dar el pecho y haré lo que esté en mi mano, pero si no funciona, encontraré otra forma de alimentar bien a mi hijo". En lugar de "en seis meses volveré a mi peso de antes del embarazo", probar con "intentaré moverme según me lo permita la situación y le daré tiempo a mi cuerpo para recuperarse". La diferencia en la formulación puede parecer cosmética, pero su impacto en la psique es fundamental. Una intención flexible deja espacio para la realidad, mientras que un plan rígido crea las condiciones para la decepción.

El tercer principio se refiere a la comparación con los demás. Como dijo la escritora e investigadora estadounidense Brené Brown: "La comparación es la ladrona de la alegría." Y en el contexto de la maternidad, esto se aplica por partida doble. Cada niño es diferente, cada familia tiene un entorno distinto, recursos distintos, una historia distinta. Comparar nuestro jueves caótico con la foto cuidadosamente iluminada del domingo de otra persona no tiene ningún sentido, y sin embargo lo hacemos constantemente. Uno de los pasos más eficaces que puede dar una madre primeriza es limitar el tiempo que pasa en las redes sociales, o al menos depurar su feed de cuentas que le provocan sensación de insuficiencia. En su lugar, seguir cuentas que muestren la maternidad de forma auténtica: con manchas en la camiseta, con montañas de ropa por lavar de fondo y con descripciones sinceras de los días difíciles.

No menos importante es hablar de nuestros sentimientos en voz alta. Con la pareja, con una amiga, con un terapeuta, con cualquiera que sepa escuchar sin juzgar. Muchas mujeres descubren que, en el momento en que pronuncian en voz alta la frase "siento que no puedo con esto", escuchan del entorno con sorprendente frecuencia la respuesta "yo también". Esa vulnerabilidad compartida tiene un poder enorme. No es casualidad que los grupos de madres —ya sean online o presenciales— se encuentren entre las formas de apoyo más eficaces para las madres primerizas. Según la Organización Mundial de la Salud, el apoyo social es uno de los factores protectores clave de la salud mental en el periodo posparto.

Y, por último, es necesario recordar que las expectativas realistas no se refieren solo al bebé, sino también a una misma. Ser una buena madre no significa ser una madre perfecta. Significa ser una madre "suficientemente buena": un concepto que introdujo el pediatra y psicoanalista británico Donald Winnicott ya en los años cincuenta del siglo XX y que sigue siendo uno de los más citados en psicología infantil. La madre suficientemente buena no es la que nunca comete un error. Es la que está presente, responde a las necesidades de su hijo y —esto es clave— sabe perdonarse cuando algo no le sale bien.

Todo esto, por supuesto, no significa que las mujeres deban dejar de prepararse para la maternidad o que la información y la formación carezcan de sentido. Todo lo contrario. La preparación es valiosa cuando está basada en una imagen realista de lo que implica la maternidad. Los cursos que hablan abiertamente de las dificultades de la lactancia, de la privación de sueño, de la transformación de la relación de pareja y de que el periodo posparto puede ser emocionalmente exigente preparan a las mujeres mucho mejor que aquellos que prometen armonía y dicha natural.

Del mismo modo, tiene sentido invertir en cosas que realmente faciliten el día a día con un bebé, ya se trate de cosmética natural de calidad que cuide la piel sensible del recién nacido, de productos ecológicos para el hogar que reduzcan el contacto con sustancias químicas, o de ropa cómoda y sostenible con la que la mamá se sienta bien, incluso cuando no tiene tiempo ni energía para pensar en su look. No se trata de un lujo, sino de pequeños pasos que añaden una gota de bienestar a un periodo exigente y la sensación de que la mujer cuida no solo de su hijo, sino también de sí misma.

La maternidad es una de las experiencias más intensas que una persona puede vivir. Está llena de amor, pero también de cansancio. Está llena de ternura, pero también de frustración. Está llena de momentos que te dejan sin aliento, y de momentos en los que lo único que querrías es escapar a la habitación de al lado y cerrar la puerta. Y todo eso es normal. Establecer expectativas realistas como mamá no significa renunciar a la alegría de la maternidad. Significa darse la oportunidad de vivirla de verdad: sin filtros, sin comparaciones y sin un sentimiento de culpa innecesario. Porque la mejor versión de una mamá no es la perfecta. Es la auténtica.

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