La migraña infantil se esconde detrás de los dolores de barriga
El dolor de barriga en los niños es una de las quejas más frecuentes con las que los padres visitan al pediatra. Pero ¿qué ocurre cuando detrás de los episodios repetidos de dolor abdominal no hay una gastroenteritis vírica, un alimento mal tolerado ni los nervios antes del colegio? ¿Y si el verdadero culpable es la migraña? Esta idea puede sonar sorprendente, pero los especialistas la confirman cada vez con más fuerza, y muchas familias la conocen por experiencia propia sin saberlo.
La migraña está firmemente asociada en el imaginario colectivo con adultos que yacen en una habitación oscura con la mano sobre los ojos, incapaces de soportar el menor ruido. Sin embargo, en los niños esta enfermedad se manifiesta de forma completamente diferente, y precisamente por eso pasa desapercibida durante tanto tiempo. En lugar de dolor de cabeza, llega una oleada de náuseas, vómitos y un dolor cólico en la zona del ombligo. El niño tiene mal color, rechaza la comida, solo quiere tumbarse, y al cabo de una o dos horas parece resucitado. Los padres respiran aliviados, el pediatra anota «dolores abdominales inespecíficos» y el ciclo vuelve a comenzar pocas semanas después.
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Migraña abdominal: un diagnóstico oculto con un rostro definido
El mundo especializado conoce este fenómeno con el nombre de migraña abdominal (abdominal migraine), y la Sociedad Internacional de Cefaleas la incluye entre los diagnósticos oficialmente reconocidos desde el año 2004. Sin embargo, en la práctica clínica sigue estando infradiagnosticada. Según las estimaciones, aproximadamente entre el 1 y el 4 por ciento de los niños en edad escolar padecen migraña abdominal, siendo las niñas algo más afectadas que los niños. Los episodios aparecen con mayor frecuencia entre los cuatro y los doce años de edad, y en una gran parte de los niños evolucionan gradualmente hacia la migraña clásica con dolor de cabeza en la edad adulta.
La característica clave de la migraña abdominal es su carácter episódico. El dolor aparece en ataques que duran típicamente entre dos y setenta y dos horas, y entre ellos el niño está completamente libre de síntomas. El dolor es de intensidad moderada a severa, localizado alrededor del ombligo o en la zona central del abdomen, y habitualmente va acompañado de náuseas, vómitos, pérdida de apetito y palidez. Algunos niños describen también sensibilidad a la luz o al ruido, síntomas que orientan al médico hacia el diagnóstico correcto con mayor fiabilidad.
Para que el diagnóstico pueda establecerse, los episodios deben cumplir criterios precisos: entre otros, deben haberse producido al menos cinco veces, no deben poder explicarse por otra causa y deben incluir al menos dos de los síntomas acompañantes mencionados. El diagnóstico requiere, por tanto, tiempo, una observación cuidadosa y, sobre todo, un médico que tenga en mente esta posibilidad. La Clasificación Internacional de los Trastornos de Cefalea (ICHD-3) es en este sentido una guía valiosa no solo para los especialistas, sino también para los padres curiosos.
Imaginemos una familia en la que Teresa, de diez años, sufre episodios de dolor de barriga desde los seis. Los padres han pasado por decenas de pruebas: ecografías, análisis de sangre, pruebas de celiaquía, tests alérgicos. Todo normal. Solo un nuevo neurólogo pediátrico se dio cuenta de que los ataques aparecían siempre tras un estrés notable o después de dormir hasta tarde, de que la madre de Teresa padece migraña clásica y de que la niña entre episodios parece completamente sana. El diagnóstico de migraña abdominal transformó por completo el enfoque terapéutico, y los ataques lograron reducirse de forma significativa.
Qué desencadena la migraña infantil y cómo se convive con ella
Los desencadenantes de la migraña infantil son sorprendentemente similares a los de los adultos. Entre ellos se encuentran el ritmo de sueño irregular, saltarse comidas, la deshidratación, el estrés intenso o, al contrario, la relajación tras un período de estrés: los llamados «ataques de fin de semana». También influyen ciertos alimentos como el chocolate, los quesos, los embutidos procesados o los alimentos con glutamato monosódico. En niños más sensibles, incluso los olores fuertes, los destellos de luz o los cambios meteorológicos pueden desencadenar un ataque.
La carga familiar es uno de los factores de riesgo más potentes. Si uno de los progenitores padece migraña, la probabilidad de que el hijo también la tenga es de aproximadamente el cincuenta por ciento. Si ambos padres la sufren, la probabilidad asciende hasta el setenta por ciento. La migraña es, por tanto, una enfermedad en gran medida de base genética, y precisamente por ello la historia familiar debería ser siempre una de las primeras preguntas ante dolores de barriga inexplicables.
¿Pero cómo se vive realmente con este diagnóstico? El tratamiento de la migraña abdominal se divide en dos vertientes. La primera es el manejo agudo del ataque: reposo, oscuridad, líquidos suficientes y, si es necesario, medicamentos para aliviar el dolor o las náuseas. En niños mayores, tras consulta médica, pueden emplearse también triptanes, que son el estándar de tratamiento de la migraña en adultos y cuyo uso en pediatría se va extendiendo progresivamente. La segunda vertiente es el enfoque preventivo, es decir, el esfuerzo por minimizar los desencadenantes y, en su caso, la medicación profiláctica en niños con episodios frecuentes o graves.
Las medidas preventivas sin medicación pueden resultar sorprendentemente eficaces. Un ritmo diario regular —levantarse a la misma hora también los fines de semana, comer con regularidad, ingerir líquidos suficientes y limitar las pantallas antes de dormir— constituye los pilares fundamentales de los que hablan tanto neurólogos como pediatras. La Organización Mundial de la Salud OMS lleva tiempo subrayando que el sueño suficiente y el ejercicio físico son factores esenciales para la salud infantil en general, y en los niños con migraña esto se cumple doblemente.
El bienestar psicológico del niño también desempeña un papel nada desdeñable en el conjunto del cuadro. La ansiedad y el estrés crónico son muy frecuentes en los niños con migraña, y la relación es bidireccional. El estrés desencadena los ataques, pero los propios ataques son estresantes para el niño. Las faltas al colegio, la imposibilidad de planificar actividades, la sensación de ser diferente a los compañeros: todo ello puede acentuar la tendencia ansiosa en los niños más sensibles y crear un círculo vicioso del que es difícil salir sin ayuda especializada. Un psicólogo infantil o psicoterapeuta especializado en síntomas somáticos puede ser en estos casos igual de valioso que un neurólogo.
Cómo pueden ayudar los padres y cuándo acudir a un especialista
Una de las herramientas más prácticas a disposición de los padres es el diario del dolor. Anotar los episodios —cuándo aparecieron, cuánto duraron, qué los precedió, qué comió el niño, cómo durmió— puede revelar en pocos meses patrones que no son evidentes a primera vista. Este diario se convierte entonces en un material inestimable para el médico y puede acortar considerablemente el tiempo hasta el diagnóstico correcto. Existen también aplicaciones diseñadas específicamente para el seguimiento de la migraña en niños, como Migraine Buddy, disponible en español.
¿Cuándo es el momento de dejar de esperar y acudir a un especialista? La respuesta es clara: si los episodios de dolor de barriga se repiten sin causa aparente, si van acompañados de palidez, náuseas o sensibilidad a la luz, y si el niño parece completamente sano entre los episodios, es momento de consultar con un neurólogo pediátrico. El pediatra puede ser el primer paso, pero la migraña abdominal es un diagnóstico que merece la atención de un especialista.
Como señaló el destacado neurólogo pediátrico británico Andrew Hershey: «La migraña en los niños es una enfermedad crónica que afecta significativamente a la calidad de vida de toda la familia, y aun así sigue siendo uno de los diagnósticos infantiles menos reconocidos.» Estas palabras son igual de válidas en el Reino Unido que en la República Checa, donde el acceso a la neurología pediátrica sigue topando con la escasez de especialistas y las largas listas de espera.
También es importante señalar lo que la migraña abdominal no es. No es una invención de padres sobreprotectores. No es una manifestación de que el niño no quiere ir al colegio (aunque el estrés escolar pueda ser un desencadenante). No es una alergia ni una celiaquía, aunque estas enfermedades deban descartarse. Y desde luego no es algo de lo que el niño «se cure solo con el tiempo»: sin el cuidado adecuado puede evolucionar hacia una forma crónica y afectar de manera significativa toda la infancia y la adolescencia.
Los padres que se encuentran por primera vez con el diagnóstico de migraña abdominal describen con frecuencia una extraña mezcla de alivio y sorpresa. Alivio por tener por fin un nombre para lo que aqueja a su hijo. Y sorpresa por el tiempo que tardó alguien en contemplar esa posibilidad. Precisamente por ello la divulgación en este ámbito es tan importante: cuantos más padres, maestros y médicos conozcan la migraña abdominal, antes podrá establecerse el diagnóstico correcto y menos sufrimiento innecesario padecerá el niño.
Un estilo de vida saludable, un ritmo diario regular, un sueño de calidad y un enfoque consciente de la alimentación no son solo temas de moda: para un niño con migraña son literalmente herramientas que determinan si el ataque llegará o no. Y eso es una buena noticia: gran parte de lo que influye en la migraña infantil está realmente en manos de las familias.