La obesidad infantil y los alimentos ultraprocesados van de la mano
El número de niños con sobrepeso u obesidad crece en la República Checa y en toda Europa a un ritmo alarmante. Sin embargo, detrás de esta tendencia no está únicamente la falta de actividad física o la predisposición genética: cada vez más expertos señalan una categoría concreta de alimentos que en los últimos treinta años se ha convertido en la base absoluta de la dieta de la familia moderna. Hablamos de los llamados alimentos ultraprocesados, cuyo consumo en los niños alcanza en algunos países hasta el 60 % del total de calorías diarias. La relación entre su ingesta y la obesidad infantil no es una mera suposición: la confirman amplios estudios de todo el mundo.
Pero antes de adentrarnos en ejemplos concretos y soluciones, vale la pena aclarar qué significa exactamente el término «alimentos ultraprocesados». No basta con decir que se trata de «comida poco saludable», pues eso sería demasiado simplista. Científicos de la Universidad de São Paulo, en Brasil, desarrollaron un sistema de clasificación llamado NOVA, que divide los alimentos en cuatro grupos según el grado de procesamiento industrial. En el más alto, el cuarto grupo —es decir, entre los ultraprocesados— se encuentran los productos que contienen sustancias que normalmente no hallamos en la cocina doméstica: emulsionantes, estabilizadores, colorantes artificiales, potenciadores del sabor, almidones modificados o distintos tipos de jarabes. Están diseñados para ser extremadamente sabrosos, baratos y duraderos, y precisamente esta combinación resulta peligrosa desde el punto de vista de la nutrición infantil.
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Qué comen concretamente los niños y por qué es un problema
Cuando se habla de alimentos ultraprocesados, muchos padres piensan en la comida rápida o en las patatas fritas de bolsa. Sin embargo, la realidad es mucho más sutil. Los productos problemáticos se esconden también donde menos los esperaríamos. Los yogures con sabor a frutas, que parecen un tentempié saludable, pueden contener más azúcar que una bola de helado. Las sopas instantáneas, los cereales con trocitos de colores, las barritas de müsli fabricadas industrialmente, el kétchup, la mayonesa, los quesos fundidos, los perritos calientes o las bebidas azucaradas: todos estos son productos del cuarto grupo de la clasificación NOVA.
Un ejemplo práctico de un día habitual en una familia checa típica podría verse así: por la mañana, los niños desayunan cereales azucarados con leche y los acompañan con zumo de caja. De merienda reciben una barrita de müsli o un yogur azucarado. El almuerzo en el comedor escolar suele ser la excepción, pero después del colegio llega la merienda en forma de patatas fritas o galletas. Para cenar, quizás una pizza del congelador o salchichas con mostaza. Ninguna de estas comidas parece, por sí sola, una catástrofe, pero en conjunto forman una dieta en la que al menos cuatro de cada cinco comidas pertenecen a la categoría de alimentos ultraprocesados.
¿Por qué es esto tan grave? Estos alimentos tienden a alterar la sensación natural de saciedad. Contienen combinaciones de grasa, azúcar y sal que literalmente saturan el cerebro y conducen a comer en exceso, un mecanismo descrito por científicos del Instituto Nacional de Salud de Estados Unidos (NIH) en un estudio de 2019. Los participantes en la investigación que consumían alimentos ultraprocesados ingerían de media 500 calorías más al día que quienes seguían una dieta mínimamente procesada, y eso a pesar de que ambos grupos tenían libre acceso a la comida. En los niños, cuyos mecanismos reguladores aún están madurando, estos efectos son aún más pronunciados.
A esto se añade el hecho de que los alimentos ultraprocesados son típicamente pobres en fibra, vitaminas y minerales, pero ricos en calorías vacías. Un niño que se alimenta de esta manera puede estar, paradójicamente, obeso y malnutrido al mismo tiempo, un fenómeno que los expertos denominan «hambre oculta». El cuerpo recibe energía en exceso, pero le faltan las sustancias necesarias para el correcto desarrollo del cerebro, los huesos y el sistema inmunitario.
La situación se complica aún más por el marketing. La industria alimentaria apunta a los niños con una precisión sofisticada: envases de colores, personajes favoritos, eslóganes que prometen energía o aventura. Las investigaciones de la OMS advierten reiteradamente de que la publicidad de alimentos poco saludables dirigida a los niños contribuye directamente a sus malos hábitos alimentarios y debería estar regulada de forma más estricta de lo que lo está hoy en la mayoría de los países.
No es casualidad que el aumento de la obesidad infantil siga el aumento de la disponibilidad y el consumo de alimentos ultraprocesados. Según datos de la Organización Mundial de la Salud, en Europa aproximadamente uno de cada tres niños en edad escolar sufre sobrepeso u obesidad. En la República Checa las cifras son similares, y la tendencia es ascendente.
Cómo abordar el cambio de dieta de forma práctica y sin estrés
Como dijo en su momento el chef británico y activista por la alimentación saludable infantil Jamie Oliver: «La comida no es solo combustible. Es información. Le dice a tu cuerpo cómo funcionar.» Estas palabras ilustran bien por qué la composición de la dieta importa más de lo que parece a primera vista. Al mismo tiempo, es cierto que los cambios radicales raramente funcionan, especialmente en los niños, que están acostumbrados a ciertos sabores y reciben cualquier novedad con desconfianza.
Los especialistas en nutrición infantil coinciden en que el enfoque más eficaz es gradual y no impositivo. No hace falta vaciar la nevera de un día para otro y pasarse a los productos ecológicos. Es mucho más importante ir sustituyendo progresivamente productos concretos por alternativas mejores e implicar a los niños en el proceso de elección y preparación de la comida. Un niño que se ha preparado él mismo un sándwich o que ha ayudado a hacer una sopa tiene una relación con la comida completamente diferente a la de aquel que recibe un producto listo del microondas.
Los pasos concretos pueden verse, por ejemplo, así:
- Los cereales azucarados, sustituirlos por copos de avena con trozos de fruta y un poco de miel: la preparación lleva tres minutos y el resultado es igual de sabroso
- Las barritas de müsli industriales, cambiarlas por una versión casera de copos, frutos secos y fruta deshidratada, que no contiene emulsionantes ni edulcorantes artificiales
- Los yogures con sabor, reemplazarlos por yogur natural al que el propio niño añade fruta fresca o una cucharadita de mermelada: menos azúcar, sin estabilizadores
- Las bebidas azucaradas y los zumos de caja, desplazarlos progresivamente por agua con rodajas de cítricos o limonada casera diluida
- Los platos precocinados congelados, reducirlos a ocasiones excepcionales y, en su lugar, preparar cenas sencillas y rápidas: pasta con salsa de tomate, huevos con pan integral o sopa de verduras
La clave está en la palabra «progresivamente». Las investigaciones muestran que las preferencias gustativas de los niños son moldeables: si un niño tiene la oportunidad de probar un alimento nuevo repetidamente y en un contexto agradable, tiene muchas posibilidades de acabar gustándole. Un estudio publicado en la revista especializada Appetite documenta que los niños pueden necesitar entre 10 y 15 exposiciones a un alimento nuevo antes de empezar a aceptarlo positivamente. La paciencia es, por tanto, un componente imprescindible de todo el proceso.
El entorno en el que los niños consumen la comida también desempeña un papel importante. Las comidas familiares en común sin pantallas de fondo son uno de los factores mejor documentados para reducir el riesgo de obesidad infantil. El niño que come en la mesa con sus padres come más despacio, percibe la sensación de saciedad de forma más natural y es menos propenso a comer en exceso. Por el contrario, comer delante de la televisión o la tableta crea condiciones en las que el cerebro no presta atención a qué ni cuánto recibe el cuerpo.
La compra de alimentos es otro ámbito donde la familia puede marcar una gran diferencia. Una regla sencilla es hacer la compra principalmente por el perímetro del supermercado, donde suelen encontrarse los alimentos frescos, las verduras, las frutas, los lácteos y la carne. El interior del establecimiento, con sus interminables estanterías llenas de productos envasados, es donde nos aguarda la mayor cantidad de alimentos ultraprocesados. Leer la composición en el envase puede ser un ejercicio sorprendentemente revelador: si la lista de ingredientes contiene más de cinco elementos y la mayoría de ellos suenan a laboratorio químico, casi con toda seguridad se trata de un producto del cuarto grupo.
Los padres, además, no tienen por qué estar solos. Muchos colegios en la República Checa participan en programas de alimentación saludable, los comedores escolares mejoran progresivamente la calidad de sus menús y en el mercado aumentan los productos mínimamente procesados que resultan prácticos para las familias con poco tiempo. Las tiendas en línea orientadas a un estilo de vida saludable, como Ferwer, ofrecen alternativas a los productos habituales de los supermercados, desde alimentos ecológicos hasta opciones de merienda respetuosas con el medioambiente y alimentos sin aditivos innecesarios, que pueden ser la base de una dieta familiar más saludable.
La obesidad infantil no es únicamente un problema estético ni una cuestión de fracaso personal de los padres. Es un fenómeno sistémico que tiene sus raíces en la forma en que funciona la industria alimentaria moderna y en cómo están establecidas las condiciones para la elección de alimentos. Al mismo tiempo, es cierto que incluso dentro de este sistema es posible tomar mejores decisiones, y cada pequeño cambio en la dieta familiar cuenta. En lugar de la perfección, basta con buscar el progreso: un poco más de verdura, un poco menos de meriendas envasadas, un poco más de cenas en familia. Es precisamente de esos pequeños pasos de los que se compone un futuro más saludable, no solo para los niños, sino para toda la familia.